nombresanimados.netnombresanimados.netnombresanimados.netnombresanimados.netnombresanimados.netnombresanimados.netnombresanimados.net

domingo, 20 de noviembre de 2016

Alrededores de la ausencia [Cuento - Texto completo.] Noël Devaulx

http://ciudadseva.com/texto/alrededores-de-la-ausencia/

Noël Devaulx

Francia:
1905-1995

Alrededores de la ausencia

[Cuento - Texto completo.]
Noël Devaulx

Estaba leyendo en el quiosco chino cuando un campanilleo tan leve que habría podido creerse un engaño del viento me hizo dejar a un lado el libro y aguardar una confirmación. Y en efecto, luego se oyó un segundo llamado, aún más incierto y menos diverso de los ruidos del campo. Salí del pabellón echando pestes contra el intruso, algún vagabundo que acudía a mendigar pan antes del viernes, día en que se lo distribuye a los pobres, cuando vi una chiquilla de ocho a diez años que en puntas de pie trataba de alcanzar el cordón para llamar por tercera vez. Había dejado, junto a ella, una maletita como las que yo solía preparar de niño, para mis viajes imaginarios, pero envuelta en una funda que a mí no se me habría ocurrido y que daba visos de autenticidad a ese vagabundeo precoz. Por fin alcanzó el cordón provocando un sostenido repiqueteo que la dejó totalmente aturdida, tanto más cuanto que los postigos de la cocina restallaron y apareció en el umbral el ama de llaves, muy tiesa en su ropa de domingo y dispuesta a dar una lección a la descarada, sorprendida en flagrante delito. Me adelanté para evitar un drama, escoltado de cerca por Madame Grande Yvonne, nombre que la gobernanta debe a mi hermana mayor, de quien fue nodriza, y al cual se ha agregado el título de “Madame” para consagrar sus altas funciones.
-¿Adónde vas, pequeña? -le pregunté con ese tono con que intentaba simular ante los pilletes ladrones y depredadores de nidos una severidad de propietario, y que reforzaba aún más la costumbre que tengo de aconsejar paternalmente a los niños.
-Aquí -respondió.
No pude disimular una sonrisa, y ella, que sin duda aguardaba ansiosamente el resultado de su treta, rompió a reír, tranquilizada, con una confianza que me conmovió.
Del mismo lado de la reja y de las convenciones, Madame Grande Yvonne y yo examinamos estupefactos a aquella visitante extenuada pero decidida, encantadora aunque vestida como una pobre, y sin confesárnoslo ya habíamos consumado la mitad de la traición. Así entró ella en nuestra casa, en nuestras vidas -digo “nuestras” porque mi mayordomo con faldas fue conquistado tan rápidamente como su amo-, con tanta naturalidad como si siempre hubiéramos formado parte de su imperio infantil.
Aquella misma noche, cuando se quedó dormida (cosa que conseguimos no sin dificultad, debido, creo, al enervamiento del viaje, o a nuestra torpeza, pues tan pronto la reñíamos como la acunábamos), celebramos un consejo, en el que después de haber cambiado graves reflexiones sobre la tristeza de los tiempos y el abandono de la infancia, y de haber examinado minuciosamente las hipótesis más pesimistas sobre el sentido moral de los padres, confeccionamos la lista del ajuar, de las provisiones y aun el programa de estudios, que no puedo releer sin reírme: estaba lejos de pensar que mi humilde colaboradora desempeñaría en esto un papel rector, por su competencia en los quehaceres domésticos y su conocimiento de las cosas del campo. A tal punto exageramos nuestras propias luces…
La casa es lo más incómoda que se pueda imaginar y toda en corredores; una casa solariega que han desfigurado sucesivamente los granjeros que la arrendaron mucho tiempo y el gusto por un medioevo excesivo que profesaba la tía de quien la heredé. La fachada, un poco seca, cuidadosamente desahogada de rosales trepadores y de las asimetrías que en ella aclimataba la vida, es de un hermoso fin de siglo XV. Sobre el granito se destacan los marcos de la puerta y de las ventanas, en.piedra azulada de Kersanton. Ese rostro terroso de ojeras profundas se rodea de geranios frescos y de rosas, como de una vieja beldad.
A no ser por el absurdo de un quiosco chino de vidrios multicolores, por las yucas, por un presuntuoso jardín de invierno, el conjunto no estaría desprovisto de armonía. Un huerto rodeado de gruesos muros favorables a las plantas trepadoras, rebosante de flores y legumbres, prolonga la casa, de la que está separado por una zanja antaño unida al estanque, pero que hoy parece no tener otra razón de ser que esa encantadora pasarela sobre la que se abre la puerta de la torre. Una higuera se agobia hasta rozar las ventanas de la trascocina. Cada una de las tres entradas restantes se halla en mitad de un muro, de suerte que los cuadros están repartidos con tierna simetría entre dos alamedas perpendiculares. En el centro, los castaños circundan un estanque encenagado por las hojas muertas. El recinto está tan bien protegido por sus altos muros y el ruedo de árboles, que una mimosa ha consentido en instalarse en él, seducida por el sal y el zumbido de las abejas. Vista de aquí, con su ancho tejado que se inclina para abrigar la torrecilla, la casa cuya fachada es quizá demasiado grave me parece más dulce y más familiar.
Este doble carácter de vieja barraca conmovedora y de mansión señorial vuelve a encontrarse en la disposición de sus dependencias. Raras son las habitaciones de acceso directo. Algunas se abren sobre la escalera de caracol, otras en corredores sombríos, limitados por las paredes de inmensas salas. Este loteo, practicado con tanto acierto como en los terrenos suburbanos, ha cortado en dos una gran chimenea o un ajimez cuyo arquibanco ha sido sacrificado. Es justo añadir que las paredes de abeto están cubiertas de falsos tapices a los que indefinidas hileras paralelas de leones rampantes dan cierta atmósfera heráldica.
Los cuartos serían tristes si el paisaje que desde ellos se contempla no fuera una fuente siempre renovada de satisfacción y de paz. Una avenida maestuosa, concebida para el regreso de las partidas de caza sobre la blanda alfombra del otoño, donde ya no se aventuran las calesas, sube desde la hondonada donde se recata la casa solariega, y su larga procesión hacia la campiña a menudo brumosa lleva el espíritu a esas colinas boscosas al pie de las cuales se presiente el mar. Esta avenida casi regia, desproporcionada a la casa adonde conduce, dispone las hileras de sus hayas en una espaciosa nave central y en dos naves laterales que forman una masa frondosa y compacta, a la que se ordena todo el paisaje circundante. A cien pasos de la reja embiste bruscamente el muro cubierto de musgo, que a través de un pórtico ruinoso solo deja pasar la alameda central; y esta cruza sobre un terraplén lo que antaño fue un estanque. Lo divide esa elevación del terreno en dos saetines, entre los que trabajaba un molino: el molino es ahora la casa del cuidador, y el estanque una pradera. Olvidaba la exquisita capilla cubierta de un tejado tan bajo que de a trechos lo roza la hierba, y al que el único vitral levanta sin ceremonias para mirar curiosamente a las visitas.
Ese nuevo mundo, con sus archipiélagos y sus colonias, fue apenas un bocado para nuestra fugitiva. Ya al día siguiente de su llegada, en un abrir y cerrar de ojos y en dos o tres excursiones vertiginosas, había explorado el dominio a su manera. Comprendí en seguida que, contrariamente a lo que yo imaginaba de una visión infantil (en la que me parecían preponderantes ciertos detalles que nosotros no habríamos advertido), era el conjunto lo que poseía para ella una fisonomía y sin duda un olor especial; y el afectuoso conocimiento que en nuestros mejores momentos tenemos de una casa, de un paisaje, debía ser, si no me engaño, su manera habitual de percibir.
Lo cierto es que, una vez libre, cuando hubo adoptado el perro del molino, el bebé de la cuidadora y una coneja con una graciosa mancha en la nariz, debí ejercitar una tenacidad poco común para persistir en el interrogatorio que me había parecido hábil postergar hasta que descansara esa primera noche. Aun así, mis preguntas más premeditadas solo obtuvieron resultados irrisorios.
Debí recurrir a la Grande Yvonne, cuyo empirismo apenas consiguió algunas ventajas secundarias. Concluimos que la niña debía ser huérfana, no porque esto respondiera a nuestros secretos deseos, sino porque cuando tratábamos de interrogarla sobre su madre, su mirada se clavaba a lo lejos, y esa palabra no despertaba en ella ninguno de los sentimientos violentos que habíamos temido. A juzgar por vagos indicios, nos pareció que pertenecía a una familia acomodada, pero su país, por mucho que insistiéramos, era imposible de identificar, y se reducía a un palomar suficientemente reconocible por su rumor de alas y a un camino interminable cuyo valladar estaba poblado de cantos.
Apenas habíamos extraído de sus descripciones un dato utilizable cuando lo enredaba todo de nuevo mezclando elementos visiblemente imaginarios, o bien, no teniendo ojos más que para el presente, añadía: “Este es mi país”, y llevaba la confusión a su colmo. Su equipaje no pudo suministrarnos indicios más coherentes: un perro de lana negra al que le faltaba un ojo y al que todas las noches había que acostar a su lado era, con un chaleco descosido, lo que en él había de más explícito. La funda no traía inicial. En aquel revoltijo reconocí también una budinera aplastada, un carretel vacío, los restos de un ajuar, cintas, hilo de seda rosa y una gruesa aguja de zurcir.
Después de darle mil vueltas al asunto, decidí publicar un anuncio donde no sin repugnancia y contra la formal opinión del “Concejo” incluí su fotografía. Presté mi declaración ante los gendarmes y el secretario de la Alcaldía, quienes me escucharon con el más vivo interés. El secretario, antiguo patrón de barca, enternecido y deseoso de complacerme, tomó el asunto tan a pecho y desplegó tanto celo que bien pronto evité encontrarlo, cansado de enterarme diariamente de sus nuevos descubrimientos y de oírle decir que seguía una buena pista. Al mismo tiempo consulté a mi abogado en vista de una posible adopción.
Bien pronto fue necesario aceptar la evidencia: la gramática y la aritmética le disgustaban tanto como la atraían los quehaceres domésticos y la cocina. No porque fuese poco dotada, sino porque sin duda su herencia la inclinaba más a los trabajos manuales que al estudio, contradiciendo una distinción natural en sus modales y manera de expresarse, que me había asombrado desde el primer momento. Me prestó un poco más de atención en botánica y geografía, en lo que yo mismo estaba muy flojo y reducido a los manuales. Su obediencia era ejemplar, mas resultaba tan evidente que se aburría, y se embrollaba de tan buena fe en la terminología más elemental, que después de haber perseverado honestamente un mes, variado mis métodos, amenizado la clase con sesiones de prestidigitación y gritos de animales -cosas todas estas por las que revelaba pronunciada afición-, debí inclinarme ante el cepillo y la gamuza. Pero si bien los quehaceres domésticos y las labores de aguja ejercían sobre ella tal seducción (lo que llenaba de orgullo el corazón de Madame Grande Yvonne), no por eso dejaba de ser el juego su verdadero elemento, y el vaciado de un flan o de una tarta no podía alejarla por mucho tiempo de un partido de croquet.
Como yo vacilaba en darle por amigos a los ganapanes de la aldea, brutales y mentirosos, de suerte que los compañeros de su edad quedaban reducidos al chico del molino y al viejo podenco, sacaba de su propia cosecha los figurantes y el decorado de una comedia inagotable. La vida familiar y social: comidas, viajes, visitas, constituía el tema de una especie de ballet con transformaciones parecidas a las de un sueño, donde un poco de barro resultaba una torta de chocolate y una hoja de acebo un escalope; donde ella misma interpretaba los personajes más diversos: un guarda de tranvía, sugerido por una hilera de sillas; el salvaje emplumado y armado hasta los dientes, cuya vida primitiva transcurría bajo una alfombra sostenida por un palo de escoba; el ama de casa afligida por una criada insoportable, y esa misma criada charlando con el almacenero.
Pero me equivocaría si dijera que esta pasión del juego era una pasión exclusiva, pues la Grande Yvonne, muy piadosa ella misma, me hizo notar desde los primeros días la inclinación que nuestra protegida mostraba por la plegaria. En efecto, ponía en ella la misma avidez, la misma energía infatigable que en sus pantomimas y brincos. La capilla la había fascinado inmediatamente. Desde la muerte del capellán, yo no tenía autorización para conservar la hostia y rara vez se cantaba allí la misa. Pero tocábamos el Ángelus y los granjeros vecinos se reunían para la oración de la tarde. Clara -es tarde para decir que se llamaba así, y sin embargo ese nombre no debía significar para mí, al cabo de tantos años, otra cosa que luz y paz-; Clara, apenas arrodillada, se sumía en un recogimiento tan profundo que la plegaria de los mayores, torpe o distraída, me asombraba de pronto como el aturdimiento de un ciego.
A menudo, cuando la creíamos en el molino o paseando con el podenco, la sorprendíamos en una de esas conversaciones silenciosas que me parecían excesivamente graves para su edad, y de buena gana habría compartido yo el ingenuo temor, abrigado por Madame Grande Yvonne, de que los niños demasiado piadosos no estuviesen destinados al cielo. Sin embargo, una autoridad no menos considerable era de opinión diferente: el cura de la aldea, hombre excéntrico pero bueno, había empezado a dar clases particulares a Clara, abreviándole la enseñanza del catecismo con el fin de que ese mismo año pudiera tomar la primera comunión. Y cuando yo mismo iba a buscarla al presbiterio, los días en que mi trabajo no adelantaba, en que tenía necesidad de refrescar mis ideas, hablábamos de ese fervor que me parecía revelar una perturbadora discordancia en un carácter tan exuberante.
Pero el anciano sacerdote, que durante mucho tiempo frecuentara la infancia más desheredada de las ciudades, había observado a menudo las mismas tendencias profundas, y pensaba que lo sobrenatural era la atmósfera ordinaria de esas almas que aún no han atesorado su amor ni su tiempo.
-Porque la divisa de los hombres de negocios -me decía- trasciende en mucho su pensamiento: el oro es literalmente el pasado mezquino, el porvenir frío y temeroso. Nada obliga tanto a la Providencia como el espíritu de abandono, resorte de esas vidas nuevas y pródigas, y si el ángel que las asiste ve en el cielo la faz de Dios, ellas, en este mundo, ven a menudo ese ángel que las custodia.
Se mostraba encantado de una réplica de Clara, sobre la que volvía a menudo. Para ilustrar una lección sobre los ángeles y mostrar que están siempre a nuestro lado en las circunstancias peligrosas, refería la aventura de un chiquillo que a pesar de hallarse sobre la acera estuvo a punto de ser aplastado por un acoplado sin gobierno. El vehículo, cargado de hierro, rozó al chico y, al parecer, le arrancó su cartera de colegial. A lo que Clara repuso:
-Entonces habrá sido el ángel guardián quien sufrió el revolcón.
El buen sacerdote, echándose a reír, no distó mucho de hallar una confirmación de sus puntos de vista allí donde yo, conociendo a la maliciosa chiquilla, sospechaba que se trataba de otra cosa enteramente distinta.
De esta malicia que a veces lindaba con el descaro, yo mismo he conservado punzantes recuerdos, y a medida que el alivio de mi pena me permite evocarlos con mayor serenidad, más me asombra su profunda lección.
Alarmado por el vacío que se producía en mi huerto y que comprometía la cosecha, en vez de reprender a la culpable, intenté neciamente vincular ese pecadillo a los grandes principios e hice de ello ocasión para un sermón en tres puntos digno del vicario de Wakefield. Admití, como buen horticultor, que mis productos eran particularmente sabrosos, y la tentación muy comprensible, pero añadí que era preciso saber privarse de lo más agradable, no en previsión de las conservas de frutas que se preparan para el invierno -cosa que ese año sería imposible- sino por amor del buen Dios. Escuchó mi filípica sin decir palabra, con una compunción que me pareció poco auténtica. Luego no pensé más en el asunto.
Poco después debíamos festejar el día de Santa Clara. La Grande Yvonne había empezado, con mucha anticipación, a encerrarse con su ayudante de cocina, preparando sus recetas. Yo había ocultado cuidadosamente, para ofrecerlo a Clara la noche de la fiesta, un horno magnífico, algo más que un juguete, en el que se podía preparar una verdadera comida, provisto de una chimenea acodada con su correspondiente mariposa y de un reluciente escalfador, amén de los atizadores y un surtido de sartenes. Reconozco que en estas ocasiones la gobernanta y yo hacíamos gala de una gran emulación y acaso -quién sabe- un poco de celos. Y, cosa bastante divertida, manteníamos el uno respecto del otro, y ambos ante la niña, idéntico secreto.
Asistí pues, pensando que ya llegaría mi turno, al triunfo de mi rival y aplaudí los pichones rellenos, las tartaletas de fresas silvestres, el monumental Diplomático. Clara comió hasta hartarse, como si la hubiéramos tenido ayunando ocho días. Debí rechazar la mezquina e inoportuna idea de que mis consejos de mortificación no habían obtenido el resultado deseable. Madame Grande Yvonne, abrazada, halagada, ostentaba una alegría poco discreta, y aunque parezca cómico, yo tenía prisa por que llegara la noche.
Ahora bien, ante el magnífico regalo que, según advertí, impresionaba a la concurrencia, Clara permaneció perfectamente insensible: No sabía dónde poner un juguete tan pesado. Además, era un objeto inútil, ya que ella solía acercarse a la gran cocina de la casa e inclusive estaba autorizada a vigilar la sopa que hervía en el fogón, lo que era mucho más peligroso. Llegó a pretender que su muñeca preferida se quemaría al tocar el hornillo, o se rasgaría el vestido con los mangos de las sartenes. Yo no me atrevía a mirar a Madame Grande Yvonne. Pero cuando llegó la noche, al besarla antes de dormirse, interrogué a la pequeña Clara. Ella me escrutó con insolencia apenas disimulada, y repitiendo textualmente el sermón que yo temía no hubiese ejercido en ella el menor efecto, me aseguró que por amor a mí se había privado de aquello que le resultaba más agradable. Y dicho esto cayó sumida en profundo sueño, y tuve que aguardar hasta el día siguiente, después de una noche de humillantes reflexiones, para retractarme honorablemente y acabar con esa querella inútil.
Naturalmente, el argumento de una chiquilla, por extravagante que fuese, no podía poner en tela de juicio, contra el sentimiento unánime de la Tradición, el valor de la ascesis. Pero me fue más fácil pensar que existieran ciertas almas superiores, almas de santos o de niños, para quienes los dones de Dios excluyen toda segunda intención, para quienes el Valde bonum de la Creación, lejos de ser un comunicado oficial o un slogan electoral, fuese una realidad comestible.
En conjunto, sin embargo, la educación moral de mi pupila me proporcionaba menos sinsabores que la esfera de los conocimientos prácticos. Sin excesiva amargura delegué en el ama de llaves la enseñanza doméstica, pero cuando nos paseábamos los tres por el bosque, yo envidiaba sus disertaciones sobre el pico verde o el cucú, la hormiga león, la culebra y la comadreja, evidentemente plenas de leyenda y falsarias de la realidad, pero que Clara, es preciso reconocerlo, escuchaba sin fatigarse. Infinitamente curiosa de los animales, así como de los nombres familiares de las flores, que recogía en grandes ramilletes campestres, lo era aún más de los trabajos y las vidas de los campesinos. Y como era la época de la trilla, la Grande Yvonne la llevaba a dar grandes caminatas, a las que no me invitaban por temor de perturbar ese misterioso trabajo, al que rodeaba la atmósfera de espanto del sacerdocio antiguo. Al regreso, yo sabía qué eras habían visitado, en qué granjas habían bebido leche cuajada y saboreado hojuelas. El viento nos traía de los cuatro puntos del horizonte un zumbido de trilladoras, y siempre quedaba una, un poco más lejos, que no habían visitado, de suerte que Clara solo me dedicaba los días de lluvia.
Entonces, en los ratos que le dejaban libres sus quehaceres en la cochera, en la cocina o en la capilla, la enseñanza de las artes que no me eran disputadas tendría, en justicia, que haberme resarcido de mis afrentas en otros dominios. Y en efecto, durante mucho tiempo creí que esa satisfacción me sería acordada. Infortunadamente, la pequeña Clara tenía el peor gusto imaginable. Lo ridículo, inclusive lo absurdo, la atraían invenciblemente. El quiosco chino, con sus vidrios de colores y su complicado techo, era su ideal en arquitectura, y poco a poco había atestado su cuarto de todos los bibelots que yo había proscrito del salón y relegado a las bohardillas, de donde desenterraba con infalible instinto los más atroces: un pozo de porcelana que se podía llenar de agua y cuyo mecanismo funcionaba aún, un barómetro con muñecos que trajo mi tía de unas vacaciones alpinas, una celda de carmelita cuyas paredes de vidrio dejaban ver hasta las pantuflas y el misal; más aún, bajo enormes globos de cristal, una multitud de caracolas, una colección de cruces, un arbusto petrificado.
Me esforcé por corregir ese gusto vulgar. Tengo algunos buenos cuadros que en aquella época, es cierto, palidecían junto a inmensos mazacotes -el lado flaco de mi herencia- que no me atrevía a quitarme de encima antes de la desaparición total de mi parentela. Pero a mi Rouault y mi Cézanne, a pesar de todos mis esfuerzos por disuadirla, mi discípula prefería las abominables copias de Murillo y de Zurbarán que nos había impuesto la ascendencia española de mi tía. En mis álbumes, el único. que gozaba de su buena opinión era Louis Lenain, por la figura del niño que disimula tras una chimenea o en la abertura de una puerta. Tímido, aunque curioso del mundo de los mayores abrumados por las preocupaciones, ese personaje ínfimo y por añadidura inútil agradaba a Clara en virtud de no sé qué secreta afinidad. En suma, solo admitía la pintura en la medida en que pudiese reconocer fácilmente el tema, y su repulsión por la Inmaculada Concepción que sirve de retablo al altar (repulsión tanto más sorprendente para mí cuanto que nada diferenciaba ese cuadro de los horrores del salón) se debía, según ella, a que la santa Virgen era irreconocible.
Nuestra música, que siempre he considerado nuestra actividad más elevada y diferente de la de Virtudes y Serafines solo en esto: en que nos vemos obligados a volver las páginas, nuestra música le era igualmente extraña. Mal pianista, no podía yo aspirar a develarle sus arcanos. Solo toco para mí, y siempre que una especie de necesidad me impulse a revivir aquellas entre mis obras predilectas que están por azar al alcance de mi mano. Esto no impidió que me sintiera profundamente lastimado cuando al concluir aquella Alemanda de Mozart que me había costado varias semanas de estudio, o tal exquisita melodía que preludia una Suite de Bach y que me parecía cargada de cosas inefables, la veía defraudada, como si le hubiese ofrecido, para engañarla, el papel cuidadosamente plegado de un bombón o la cáscara vacía de una naranja. Pero cesé de atribuir esa indiferencia a la mala calidad de mi ejecución cuando después de comprar un gramófono le hice escuchar a Horowitz y a Gieseking. Porque la frase o la cadencia perturbadoras a las que mi vida me parece tan ligada que sigo con angustia la curva que las lleva a resolverse, cuando quería comprobar si la habían conmovido, me valían una mirada de profunda conmiseración.
Felizmente, pasábamos el anochecer sentados en un banco de piedra delante de la casa y Madame GrandeYvonne respetaba nuestro coloquio. Mirando las estrellas, que son un frágil vínculo entre la tierra y el cielo, rivalizábamos en desentrañar las formas más diversas en las nubes ya vacilantes, en los árboles, sobre todo en los abetos, donde esas formas se prodigan. Y mis ocasionales hallazgos atenuaban quizá el desfavorable juicio que se formaba Clara de mis dones.
A medida que se modificaban, una a una, mis ideas sobre la educación de las niñas, nos acercábamos a la fecha fijada para la primera comunión. Ella se mostraba tan recoleta que me costaba trabajo deshacerme de las necias aprensiones que ya he mencionado, y según esta inquietud, renovaba otra, descubría en el fondo de mis menores alegrías el temor, a decir verdad nunca adormecido, de que la pequeña Clara me fuese reclamada. Un sentimiento de precariedad echaba a perder hasta sus muestras de ternura.
Una noche en que la preocupación del trabajo que estaba realizando me tenía despierto más tarde de lo habitual, creí oír un ligero roce en el descanso, contra la puerta de mi cuarto. Sin duda había soñado, entre dormido y despierto, e iba a dormirme definitivamente esta vez cuando un ruido de pasos, discreto pero prolongado, me aterrorizó. Sabe Dios qué ideas atravesaron mi espíritu en aquel instante. La más tranquilizadora era que la niña, no pudiendo conciliar el sueño e ignorando los temores nocturnos, bajaba a la cochera para entregarse a su juego favorito. Porque esa cochera tiene una extraña ubicación dentro de la misma casa. Es un recinto inmenso, que se extiende a todo lo ancho del edificio, con una puerta que desemboca en el aguilón. Desde el interior se llega a ella a través de un pasaje abovedado y de varios peldaños, bajo la escalera de caracol. Guarda tres vehículos antiguos: una diligencia inglesa, una jardinera y una calesa que constituían, como fácilmente se adivina, una fuente de apasionantes aventuras, indefinidamente renovadas. Me incorporé y salí silenciosamente. Desde el descanso que domina la hélice de piedra vi entonces, en mitad de la escalera, iluminada de espalda por la luna que entraba por una saetera, a Clara, sentada en camisa de dormir y con los cabellos aureolados de luz. No muy seducido por este nuevo capricho, pensé mandarla a dormir, cuando un cuchicheo me detuvo. Clara rezaba, velando sobre la casa y sin duda sobre mí mismo. Me invadió un extraño sentimiento de respeto y volví a mi lecho en silencio.
Por lo demás, el mundo invisible con que ella estaba tan familiarizada y que irrita nuestros ojos de carne parecía desplazar sus fronteras a su arbitrio. Y aunque mis impresiones sean tan frágiles cuanto es posible y, fríamente consideradas, el buen sentido las rechace con violencia, debo reconocer que en algunos raros momentos pude creer que la atmósfera de la casa estaba llena de presencias, o bien yo salía del sueño con un soplo sobre los ojos.
Sin embargo, las cosas seguían su curso habitual. Madame Grande Yvonne se aprestaba a superar en mucho las hazañas de la fiesta de Santa Clara. La víspera de la solemnidad los preparativos se multiplicaron febrilmente; los cristales y la platería brillaban sobre el aparador; la costurera hilvanaba un pliegue, retocaba un frunce, secundada por nuestra postulante, cuya piedad no le impedía, en absoluto, mirarse al espejo. Nos acostamos muy tarde en la emoción del júbilo del siguiente día.
Pero a la mañana no la encontramos. No estaba en su cama, ni orando en la escalera, ni en el fondo del pasillo, ni en el huerto. Los granjeros salieron a buscarla, en automóvil o en bicicleta. Yo telefoneé a las gendarmerías y puse sobre aviso a los pescadores que habían sido sus amigos. Luego, muy rápidamente, comprendimos que se había ido como vino y que a esa hora estaría llamando a otra reja, contestando: “Aquí es” y llevando a otros su alegría.
Sin convicción me dirigí a los periódicos y a las agencias, y vi nuevamente al secretario de la Alcaldía, quien debió abandonar una pista todavía fresca para lanzarse a una búsqueda diametralmente opuesta.
No obstante, una cosa permanecía inconcebible para Madame Grande Yvonne y para mí: que ella se hubiera sustraído, no a nuestras torpes atenciones, sino a ese don de Dios al que la sentíamos tan maravillosamente predispuesta. Hasta que pocos días más tarde cayó bajo mis ojos una frase de la Epístola a los Hebreos que me hizo renunciar a toda búsqueda:
“No olvidéis la hospitalidad. Al practicarla, algunos -sin saberlo- han albergado ángeles.”
FIN


martes, 15 de noviembre de 2016

Cuento corto de Alicia Steimberg: El sexo, la muerte y los medios


Cuento Alicia Steimberg, sexo, muerte

http://narrativabreve.com/2016/11/cuento-corto-de-alicia-steimberg-sexo-muerte.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=8bec27d1f1-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-8bec27d1f1-172078117



Un señor de 60 se tomó una pastilla azul junto con el café mientras su compañera, distraída, recorría los vestidos de las otras mujeres que comían en el restaurante para comprobar que otra vez el negro hace furor.
No referiré, por inútiles, los pequeños acontecimientos que ocurrieron desde la toma de la pastilla hasta el momento de la penetración propiamente dicha, donde, de todos los lugares posibles, este señor se encontró con su muerte. No conozco a los actores de la tragedia ni las circunstancias exactas en que el alma del hombre voló a un mundo mejor; el diario que leí publica una foto de familiares que lloran en el entierro, entre ellos un chico, tal vez hijo o nieto del muerto, a quien veremos asediado por desconocidos que, micrófono en mano, le preguntan: “¿Qué se siente cuando el papá de uno muere por haber intentado una erección mejor?”.
Y a la amante, si ella lo permite: –¿Puede decirnos con exactitud qué longitud del miembro viril había penetrado en su cuerpo cuando ocurrió el deceso? –No sé, dos, tres centímetros.
–¿Usted llegó al orgasmo? –¿Tengo que responder a esa pregunta? –Al público le debemos la verdad, señorita.
–Señora.
–¿Estaba casada con el difunto? –No, estuve casada con mi ex marido. Tengo derecho a conservar el título de señora aun después del divorcio, soy madre de varios hijos. Además ya casi no se usa el “señorita”, está pasado de moda.
–¿La erección bajó de inmediato cuando se produjo el deceso? –!Ah, no, señor! –¿Es decir que usted, en esas trágicas circunstancias, dedicó tiempo a observar qué sucedía con el falo, en lugar de pedir auxilio de inmediato? –No, no, yo pedí auxilio de inmediato; el número de emergencias estaba bien visible, pegado al teléfono.
–Curioso. En una casa particular esos números están pegados en la base del teléfono, por una cuestión de estética.
–No estábamos en una casa particular. Estábamos en un hotel.
–¿Por qué? –Unsustained.
–¿Qué quiere decir eso? –Lo dicen en los juicios públicos en las películas norteamericanas cuando el juez no admite que se hagan ciertas preguntas.
–Esto no es una corte de justicia. Es un programa de televisión.
–Eso creía, señor. Que la erección continuaba lo comprobé después, porque se notaba cuando lo taparon con una sábana, y la mortaja hubo que plegarla para disimular que continuaba en el ataúd. Con respecto a lo anterior, estábamos en un hotel porque en mi casa o en la suya…
–Perdón, me están haciendo señas para indicarme que se nos terminó el tiempo.
–Creí que eso ya no se decía más…
–Buenas noches, señorita.
–Señora…
CLARIN, Domingo 09 de agosto de 1998
Cuento seleccionado por Ernesto Bustos Garrido

Cuento corto de Alicia Steimberg: El sexo, la muerte y los medios

http://narrativabreve.com/2016/11/cuento-corto-de-alicia-steimberg-sexo-muerte.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=8bec27d1f1-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-8bec27d1f1-172078117

Cuento Alicia Steimberg, sexo, muerte


Un señor de 60 se tomó una pastilla azul junto con el café mientras su compañera, distraída, recorría los vestidos de las otras mujeres que comían en el restaurante para comprobar que otra vez el negro hace furor.
No referiré, por inútiles, los pequeños acontecimientos que ocurrieron desde la toma de la pastilla hasta el momento de la penetración propiamente dicha, donde, de todos los lugares posibles, este señor se encontró con su muerte. No conozco a los actores de la tragedia ni las circunstancias exactas en que el alma del hombre voló a un mundo mejor; el diario que leí publica una foto de familiares que lloran en el entierro, entre ellos un chico, tal vez hijo o nieto del muerto, a quien veremos asediado por desconocidos que, micrófono en mano, le preguntan: “¿Qué se siente cuando el papá de uno muere por haber intentado una erección mejor?”.
Y a la amante, si ella lo permite: –¿Puede decirnos con exactitud qué longitud del miembro viril había penetrado en su cuerpo cuando ocurrió el deceso? –No sé, dos, tres centímetros.
–¿Usted llegó al orgasmo? –¿Tengo que responder a esa pregunta? –Al público le debemos la verdad, señorita.
–Señora.
–¿Estaba casada con el difunto? –No, estuve casada con mi ex marido. Tengo derecho a conservar el título de señora aun después del divorcio, soy madre de varios hijos. Además ya casi no se usa el “señorita”, está pasado de moda.
–¿La erección bajó de inmediato cuando se produjo el deceso? –!Ah, no, señor! –¿Es decir que usted, en esas trágicas circunstancias, dedicó tiempo a observar qué sucedía con el falo, en lugar de pedir auxilio de inmediato? –No, no, yo pedí auxilio de inmediato; el número de emergencias estaba bien visible, pegado al teléfono.
–Curioso. En una casa particular esos números están pegados en la base del teléfono, por una cuestión de estética.
–No estábamos en una casa particular. Estábamos en un hotel.
–¿Por qué? –Unsustained.
–¿Qué quiere decir eso? –Lo dicen en los juicios públicos en las películas norteamericanas cuando el juez no admite que se hagan ciertas preguntas.
–Esto no es una corte de justicia. Es un programa de televisión.
–Eso creía, señor. Que la erección continuaba lo comprobé después, porque se notaba cuando lo taparon con una sábana, y la mortaja hubo que plegarla para disimular que continuaba en el ataúd. Con respecto a lo anterior, estábamos en un hotel porque en mi casa o en la suya…
–Perdón, me están haciendo señas para indicarme que se nos terminó el tiempo.
–Creí que eso ya no se decía más…
–Buenas noches, señorita.
–Señora…
CLARIN, Domingo 09 de agosto de 1998
Cuento seleccionado por Ernesto Bustos Garrido

Cuento corto de Alicia Steimberg: El sexo, la muerte y los medios

http://narrativabreve.com/2016/11/cuento-corto-de-alicia-steimberg-sexo-muerte.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=8bec27d1f1-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-8bec27d1f1-172078117

Cuento Alicia Steimberg, sexo, muerte


Un señor de 60 se tomó una pastilla azul junto con el café mientras su compañera, distraída, recorría los vestidos de las otras mujeres que comían en el restaurante para comprobar que otra vez el negro hace furor.
No referiré, por inútiles, los pequeños acontecimientos que ocurrieron desde la toma de la pastilla hasta el momento de la penetración propiamente dicha, donde, de todos los lugares posibles, este señor se encontró con su muerte. No conozco a los actores de la tragedia ni las circunstancias exactas en que el alma del hombre voló a un mundo mejor; el diario que leí publica una foto de familiares que lloran en el entierro, entre ellos un chico, tal vez hijo o nieto del muerto, a quien veremos asediado por desconocidos que, micrófono en mano, le preguntan: “¿Qué se siente cuando el papá de uno muere por haber intentado una erección mejor?”.
Y a la amante, si ella lo permite: –¿Puede decirnos con exactitud qué longitud del miembro viril había penetrado en su cuerpo cuando ocurrió el deceso? –No sé, dos, tres centímetros.
–¿Usted llegó al orgasmo? –¿Tengo que responder a esa pregunta? –Al público le debemos la verdad, señorita.
–Señora.
–¿Estaba casada con el difunto? –No, estuve casada con mi ex marido. Tengo derecho a conservar el título de señora aun después del divorcio, soy madre de varios hijos. Además ya casi no se usa el “señorita”, está pasado de moda.
–¿La erección bajó de inmediato cuando se produjo el deceso? –!Ah, no, señor! –¿Es decir que usted, en esas trágicas circunstancias, dedicó tiempo a observar qué sucedía con el falo, en lugar de pedir auxilio de inmediato? –No, no, yo pedí auxilio de inmediato; el número de emergencias estaba bien visible, pegado al teléfono.
–Curioso. En una casa particular esos números están pegados en la base del teléfono, por una cuestión de estética.
–No estábamos en una casa particular. Estábamos en un hotel.
–¿Por qué? –Unsustained.
–¿Qué quiere decir eso? –Lo dicen en los juicios públicos en las películas norteamericanas cuando el juez no admite que se hagan ciertas preguntas.
–Esto no es una corte de justicia. Es un programa de televisión.
–Eso creía, señor. Que la erección continuaba lo comprobé después, porque se notaba cuando lo taparon con una sábana, y la mortaja hubo que plegarla para disimular que continuaba en el ataúd. Con respecto a lo anterior, estábamos en un hotel porque en mi casa o en la suya…
–Perdón, me están haciendo señas para indicarme que se nos terminó el tiempo.
–Creí que eso ya no se decía más…
–Buenas noches, señorita.
–Señora…
CLARIN, Domingo 09 de agosto de 1998
Cuento seleccionado por Ernesto Bustos Garrido

Microrrelato de Alonso Ibarrola: Grandes almacenes

http://narrativabreve.com/2016/11/microrrelato-de-alonso-ibarrola-grandes-almacenes.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=5899bef113-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-5899bef113-172078117

Alonso Ibarrola, Microrrelato, grandes almacenes,

La sorprendieron robando unos pañuelos. Un inspector de los grandes almacenes le condujo a una discreta sala para interrogarla. La mujer, de modesta apariencia, lloraba y aseguraba que no había podido evitarlo, que “un impulso desconocido” le había empujado a ejecutar aquel bochornoso acto. El inspector, escéptico, le advirtió que por ser la primera vez no llamaría a la policía. Pero le pidió su dirección y requirió la presencia de su marido. Al cabo de una hora llegó éste, escuchó el relato del detective y propinó una sonora bofetada a su mujer, que no había cesado en sus sollozos. Se despidieron del inspector y se perdieron entre la muchedumbre de clientes, camino de las puertas de salida. El marido, nervioso, no advirtió que su mujer, distraidamente, cogía un par de medias de un mostrador introduciéndolas en su bolso subrepticiamente.
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

Cuento breve recomendado: “Náufragos en la nieve”, de Luis Mateo Díez

http://narrativabreve.com/2016/11/cuento-luis-mateo-diez-naufragos-en-la-nieve.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=5899bef113-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-5899bef113-172078117


Luis Mateo Díez

NÁUFRAGOS EN LA NIEVE
Luis Mateo Díez (España, 1942)
El mismo día en que naufragó en la nieve el coche de línea de Beltrán, que venía de León y debía llegar al valle de Laciana, en alguna de las rutas de los valles Luna y Omaña, que en él confluyen, se perdieron mis hermanos Floro y Miguel. Ellos son los niños que se divisan en la fotografía, como si en la nieve regresaran de un más allá no muy lejano. El coche aparcado con el delantal de la nieve es el mismo que naufragó y que luego, tras el rescate, estuvo abandonado muchos días al pie de la casa de mis abuelos maternos.Luis Mateo Díez, cuento
Luis Mateo Díez, cuento
Fuente de la imagen
Lo trajeron arrastrado por unas caballerías, el motor se heló y el coche nunca volvió a ser el mismo, renqueaba con el estertor de los bronquios averiados, se paraba en las cuestas, tuvieron que retirarlo antes de que hubiera cumplido los kilómetros que le correspondían. Aunque la certeza de ese cumplimiento no tenía reglamentación en los coches de línea de Beltrán, viejos fords, dodges, de vida imprevisible, siempre eterna. Los autocares semejaban viejas gabarras que jamás entregarían el alma, aunque el cuerpo se desmadejara, y las revisiones y los recauchutados les diesen el pulimento de la subsistencia.
Era un día de noviembre, y se trataba de una de las primeras nevadas fuertes del año. Mis hermanos estaban con mis abuelos en La Magdalena, mis padres habían ido a Madrid y lo habitual es que ellos quedaran con los abuelos cuando mis padres viajaban, cosa que no podía complacerles más. Con los abuelos maternos vivía mi tío Miguel llamado Muralda, un patrocinador incondicional de los sobrinos. Muralda regentaba el bar donde paraban los coches de línea, y precisamente el trasiego de ese bar estaba entre los mayores alicientes para los sobrinos, que fuimos heredando la condición de ayudantes en todos los trabajos en que Muralda entretenía sus aficiones: pesca fluvial, jardinería, motos, apicultura. Y por supuesto la condición de barman tras una barra muy surtida, capaces de servir lo que el cliente demandara y, al tiempo, de consumir lo que nos diese la gana. Cinco hermanos, todos varones, enseguida muestran diversas inclinaciones y caprichos, y la bodega de un bar tan cuidado como el de Muralda contenía, entre otras cosas, un arsenal de conservas. El traguito de vermú era un buen aliciente y las caladas a los pitillos rubios daban cierta aureola de perfumado mareo.
No contribuyó Muralda al vicio de sus sobrinos, pero la verdad es que el vicio eran para él sus sobrinos. Yo he hecho siempre que he podido la reivindicación de ese parentesco como uno de los más entrañables y generosos, quien no haya tenido tíos como Muralda, o María, Esteban y Luciano, que con él formaron el trío familiar que mayor felicidad aportó a la infancia de aquellos cinco hermanos, no sabe lo que se puede cocer en un cierto orden de los afectos, donde nada se debe ni se evalúa ni se dice, todo se resuelve en el acompañamiento y la complacencia.
El coche naufragó entre Otero y La Magdalena. No había sido la mejor ocurrencia salir de León en una mañana tan amenazadora, pero en aquella ocasión el conductor era Piti y el cobrador Robledano, probablemente los más aguerridos servidores de la línea. Nevó desde que dejaron la ciudad y la nieve se hizo especialmente invasora en el alto de Camposagrado, y los viajeros comenzaron a arrepentirse en la sinuosa bajada, de modo que las lamentaciones se conjugaron con las pestes cuando ya el coche apenas podía avanzar y Robledano caminaba delante para que Piti no perdiese la referencia de la carretera. El cobrador había cubierto el cuerpo con periódicos, la liviana chaquetilla de mahón para nada servía y las botas y los pantalones apenas aguantaban la mojadura. Hubo un alivio en la demorada mañana, los copos se esparcieron en la ventisca, los viajeros contuvieron el miedo, mientras Piti intentaba animarles, con esa confianza con que el capitán del navío entretiene al pasaje.
Naufragaron. El coche quedó vencido entre la nieve. Las olas no se lo llevaban, lo sepultaban. El mar era un inmediato horizonte blanco, sin relieves. El pasaje había enmudecido, apenas los llantos de algunas mujeres se mezclaban con el rezo de un hombre que, al fin, se supo que era un misionero que volvía del Amazonas a su aldea de Sacarejo, alguien que no tuvo suerte a la hora de colgar la sotana ya que, además, volvía palúdico y medio ciego. Piti y Robledano hicieron cábalas sobre las medidas a tomar. El frío, la congelación, eran los mayores riesgos. El coche no respondía, el motor estaba muerto. Alguien tenía que pedir ayuda, y fue Piti quien tomó la resolución, convencido de que el esfuerzo de su compañero lo tenía extenuado, los temblores habían convertido a Robledano en un enfermo de San Vito.
El rescate se produjo con las correspondientes caballerías. Desde Otero se hizo la operación sin más riesgos de los previsibles, y fue entonces cuando Piti, desembarcado el pasaje, decidió quedar en el navío, como ese capitán que no abandona el mando, que se responsabiliza de lo que la Compañía puso en sus manos. Un coche herido de muerte, una gabarra entre la nieve que derrotaba la línea de flotación en la soledad más absoluta.
Supongo que los avatares de aquel suceso, vivido con minuciosa angustia y la correspondiente curiosidad, contribuyó a que nadie se percatase a lo largo del día de la desaparición de mis hermanos. El hecho es que ni Floro ni Miguel estaban donde debían, y el recuerdo que de ellos quedaba remitía a media mañana. La posibilidad de que anduviesen por cualquier casa, dada la disposición y propiedad con que podían hacerlo, suavizaba la preocupación, pero el día iba cayendo y la noche no daba soluciones.
Mis hermanos no estaban en ningún sitio. La verdad es que en ninguno estuvieron, aunque entre las cosas que Piti contó de su noche de capitán solitario en el navío naufragado hizo referencia a su compañía, quiero decir que los dos alipendes pasaron a ver al náufrago al que, al parecer, encontraron dormido sobre el volante, como si la vigilancia no le eximiera de la extenuación o el sueño.
No quiero que lo que cuento se contamine de cierta sensación de inoportuna fantasía. En la infancia de mis hermanos, también en la que compartí más intensamente con mi teórico mellizo, Antón, hay varios extravíos, perdiciones propias de eso que solía pasar en los cuentos de los niños perdidos. Nadie se iba de casa y, sin embargo, muchas veces desaparecimos, con frecuencia acompañados por amigos que tampoco daban fe de por dónde habíamos andado. Soy dueño de una infancia perdida, menos literaria de lo que aparentase, y también, aunque me dé cierta vergüenza confesarlo, de una adolescencia no menos extraviada. El hecho de ser cinco, todos varones, parecía avalar esa disposición de aventura y desaparición, en la que si alguno faltaba parecía notarse menos y, además, la costumbre de que alguien no estuviese donde debía no creaba excesiva alarma. El amparo se correspondía en la familia con una suerte de orientación previsible con regreso garantizado. Y no está de más, ahora que hablo de ello, que mencione a la persona que más nos quiso a todos, que ayudó a mi madre a criarnos, y que para mayor consuelo se llamaba precisamente Amparo. Está enterrada en el pueblecillo donde nació, acaso el más recóndito y hermoso de una provincia como León que tiene tantos: Vivero. Antón y yo buscamos su tumba sin nombre hace unos años. La certeza de su amparo nos guio a ella. Fue la otra madre. Rezó por nosotros cuantas veces nos supo perdidos, y jamás hizo de las desapariciones un drama.
Floro y Miguel volvieron tan campantes como se habían ido. Dijeron que habían dormido en Viñayo, que se habían acercado hasta Benllera, que Piti les había dado las gracias porque se le habían mojado las cerillas y no podía encender un cigarro. Ellos llevaban cerillas y un paquete de Buby, lo que Floro fumaba a escondidas y obviamente requisándolo del correspondiente cartón en el bar de Muralda.
No me resigno, finalmente, a no dejar constancia no ya de otros naufragios, en la nieve y en el monte, sino de la más sonada desaparición familiar, precisamente la de Floro, ya mayor, camino de Salamanca, donde avistó, quiero ser fiel a la terminología técnica, un objeto volante no identificado, y padeció la correspondiente abducción de los extraños seres que lo gobernaban. Una vez escribí un cuento a partir de esta historia verdadera, es un cuento que a mi hermano no le gusta nada. El más allá fue, en aquella ocasión, una amenaza virtual pero extraordinariamente poderosa.
Los hermanos perdidos le tenemos mucha envidia a Floro, el hermano mayor. Viajar en un platillo volante y a toda leche, como él decía, es algo que jamás se nos hubiese ocurrido. Lo que Floro vislumbró en la abducción ya sólo se lo cuenta a su nieto Carlitos, más interesado en esa historia que en las azarosas hazañas de su abuelo con una manada de osos pardos.
(El País, 19 de agosto de 2006)
 Luis Mateo Díez
Luis Mateo Díez
Luis Mateo y Miguel en La Magdalena
Comentario
Aunque me estaba resistiendo, tenía que suceder. Uno no es en vano hermano de un “famoso” escritor, y yo lo soy de Luis Mateo Díez, dos veces Premio de la Crítica y dos también Premio Nacional de Literatura, además del de la Crítica de Castilla y León, etc. Y, para acabar de rematarlo, Académico de la Lengua (en familia se le conoce como el Mateo o el Académico).
Pues bien, tenía que suceder, y sucedió que en esta sección de Cuentos Breves Recomendados del blog Narrativa Breve –en el que, por cierto, ya hay varios títulos suyos– apareciese un cuento en el que el encargado de la susodicha sección, yo mismo, fuese uno de los protagonistas de un relato del Mateo.
La culpa la tiene mi mujer, Paz.
–Deberías incluir en tu sección de Cuentos Breves Recomendados alguno de los cuentos familiares del Académico. Sobre vosotros, los hermanos, tiene varios muy curiosos, graciosos y, desde luego, muy bien escritos. Es una faceta del Mateo muy orillada y desconocida para sus fieles seguidores. Algún día puede que se editen reunidos y, parafraseando a Gerald Durrell, el libro podría titularse Mis hermanos y otros animales. Adelántate y vete publicando alguno de ellos. A lo mejor, el Mateo te encarga su edición. Para facilitarte el trabajo te brindo uno con el que me he divertido mucho. Se titula “Náufragos en la nieve”. No sé si te acuerdas de él. Los protagonistas sois Floro y tú y apareció hace mucho tiempo en El País. No está en ninguna recopilación de sus cuentos y con toda seguridad nadie se acordará ya de él. Yo lo incorporé al archivo de mi ordenador, “Cuentos para pasarlo bien en situaciones extremas”, y, cuando con mucha frecuencia me ronda la depre, ese es uno de mis preferidos con el que suelo espantar la tormenta que se me viene encima como la de la nieve en dicho cuento.
-Claro que recuerdo ese relato y yo también me he divertido al leerlo más de una vez, pero, Paz, es que tú y yo estamos en el ajo y conocemos todas las circunstancias e intríngulis familiares sobre las que se asienta la imaginación calenturienta del Mateo. Para un lector ajeno, lo que narra en ese cuento seguramente le resultará un tanto difuso o distante. La idea de una recopilación de los relatos familiares ya se me había pasado por la cabeza, pero el título que sugieres, descontextualizado de aquel tan divertido al que se refiere, no me cuadra por lo de y otros animales, ¡hasta ahí podíamos llegar! Yo me olvidaría de Mr. Durrell y apostaría por algo así como Orzo y sus hermanos y en este caso chuparía rueda de Luchino Visconti. –Orzoya sabes que es el nombre literario asignado por el Mateo al nuestro hermano mayor, Floro, siempre en el papel de “malo de la película”. Sin embargo, el que yo pudiese publicar esa sugerida recopilación es francamente problemático porque el Académico con dificultad daría su visto bueno. Diría que son alucinaciones de un viejo profesor de Literatura, antólogo por profesión que, aunque a veces acierta, en este caso desvariaría con estrépito, seguramente debido a su edad ya demasiado provecta.
–Muy bien, pues déjate de proyectos quiméricos y haz lo que está en tu mano: publica en tu sección de Narrativa Breve este relato, con unas breves indicaciones familiares para que pueda ser mejor comprendido, y olvídate del Mateo, que parece que tiene mucho trabajo en la Academia.
Y me convenció, y aquí tienen ustedes, queridos lectores, un cuento de mi hermano en el que quien esto escribe es uno de sus protagonistas.
Hay en el relato un fondo geográfico-familiar real, como reales eran las duras nevadas muy parecidas a la que asalta el coche del relato. La Magdalena es un pueblo leonés de la comarca de Luna, situado casi en la mitad de la ruta que va desde León a Villablino y que allí se bifurca en dos carreteras, una que pasa por la comarca de Babia y otra por la de Omaña para confluir en el citado Villablino, capital del valle Laciana, al noroeste de la provincia y cerca del límite con Asturias. Allí nacieron los tres hermanos más pequeños, Antón, Luis Mateo y Fernando, y allí sitúa nuestro autor parte importante de su obra literaria.
En La Magdalena nacimos los dos hermanos mayores, Floro y yo y también nuestros padres Florentino y Milagros (Milos), pertenecientes a dos familias vecinas y muy unidas, formadas en el momento literario del cuento por nuestros cuatro abuelos y los tíos con los que los cinco hermanos pasábamos maravillosos veranos.
Real era la empresa Beltrán, cuyos coches cubrían aquella ruta con la doble bifurcación indicada, y uno de sus conductores, muy famoso, se llamaba Piti. Los coches hacían una parada en el bar de nuestro tío materno, Miguel (Muralda), padrino mío y personaje inolvidable que abanderaba nuestros baños en el río Luna, la pesca a mano, con arpón o trasmallo, las excursiones en bici a pescar cangrejos con rateles en Mora de Luna y las excursiones por el monte siempre acompañados por el perro Listo.
Y no quiero olvidar el verdadero y sentido homenaje que se hace de Amparo, la segunda madre de nuestra niñez. Y, en fin, todos los topónimos son reales y con resonancias muy cercanas y queridas en la familia, tan apegada a aquella delimitada geografía.
Pues bien, asentada sobre este panorama real y familiar, la imaginación efervescente del Mateo teje en pura ficción el presente relato. Relato que se desvía en tres únicos momentos: con la referencia al tío Miguel (Muralda), a Amparo y al final a Floro –aquí excepcionalmente sin el sobrenombre de Orzo. Las dos primeras están suficientemente explicadas en el cuento y en mi comentario, sin embargo la de nuestro hermano mayor merece una especial y detenida atención.
El día 13 de mayo del año 1973, Floro, cuando viajaba por motivos profesionales en dirección a Salamanca, a dieciocho kilómetros de la capital notó que el motor del coche empezaba a “ratear” y que de repente se paraba. Se bajó, lo empujó y lo dejó orillado en el arcén de la carretera. Levantó el capó y, cuando estaba intentado averiguar cuál era el problema, oyó una especie de silbido penetrante. A unos trescientos metros en un pequeño altozano a su derecha y de donde suponía que venía el sonido, vio un enorme objeto de forma circular, de color gris oscuro. No estaba apoyado en el suelo sino en suspensión a unos metros del suelo y tenía una considerable altura y enorme diámetro. Estupefacto, tuvo muy claro que se trataba de un platillo volante.
De pronto se abrió una puerta de grandes dimensiones y de su parte inferior se desprendió una rampa que no llegó a apoyarse en el suelo. Del interior de la nave salió un ser con formas totalmente humanas, aunque muy alto, enfundado en un traje, pegado a su cuerpo, de color gris oscuro. A lo lejos aparecieron tres naves muy pequeñas que se acercaron ralentizando su velocidad y se fueron introduciendo lentamente en la gran nave.
Terminada la operación, el personaje se introdujo en la nave nodriza, la rampa se recogió, la puerta se cerró y aquel artefacto se elevó unos metros y desapareció a una increíble velocidad.
Floro quedó tan impresionado que no tuvo conciencia de si aquella visión fuera una alucinación o realidad. Desconcertado, se acercó al coche, bajo el capó y, al sentarse y girar automáticamente la llave del contacto, el motor arrancó sin ningún problema. Los pocos kilómetros que faltaban para llegar a Salamanca los hizo como un autómata, con la mente en blanco. Cuando llegó al hotel se dio cuenta de que su reloj se había retrasado diez minutos. Era justo el tiempo que había durado el avistamiento.
A la mañana siguiente, al hojear en el desayuno el periódico local, se encontró en primera página grandes titulares con la noticia de que Platillos Volantes habían invadido la provincia de Salamanca con numerosos avistamientos en diversas localidades y con la coincidencia de una gran nave y dos o tres más pequeñas.
Este es muy resumido el relato que Floro hizo del extraño suceso vivido por él. En muchas ocasiones, e incluso mucho tiempo después y hasta hoy mismo, siempre mantuvo contra viento y marea la veracidad de aquel avistamiento.
Luis Mateo publicó en Las lecciones de las cosas (2004) un cuento titulado “Objeto Volador”, recogido poco después en la recopilación de todos sus cuentos escritos y publicados entre los años de 1973 hasta 2004, El árbol de los cuentos (2006). El relato está contado desde el punto de vista de un supuesto amigo, Armiño, y el autor solo se limita a transcribirlo con algún puntual comentario. Se trata de una extraña historia familiar cuyo protagonista se llama Orzo, el menor de cuatro hermanos uno de los cuales es Armiño. El Orzo de este cuento tiene un avistamiento de Platillos Volantes narrado con mucha similitud al de Floro, que arriba he descrito, pero, al final de la historia contada por Armiño, el lector se entera de que Orzo tuvo también una abducción –con el significado ratificado por la RAE: “Supuesto secuestro de seres humanos, llevado a cabo por criaturas extraterrestres, con objeto de someterlos a experimentos diversos en el interior de sus naves espaciales”. Esta abducción explica misteriosamente los sorprendentes sucesos familiares allí narrados.
Para finalizar, volviendo a nuestro cuento, resalto la soltura y gracia con la que el Mateo cuenta esta pseudohistoria familiar, las acertadas y originales metáforas –característica inequívoca de su estilo literario– entre las que sobresale la imagen marina que ya desde el mismo título campea a lo largo de todo el relato (naufragio, gabarra, capitán de navío, olas, mar, navío…) y en fin, otra seña de identidad suya es la aparición de personajes extraños y perdedores pero muy humanos, que pueblan sobre todo sus novelas y de los que aquí aparece un pequeño atisbo en el fraile misionero que regresa del Amazonas a su aldea leonesa, exclaustrado, palúdico y medio ciego. El Mateo en una lectura pública de este cuento comentó que, al escribirlo, se le había olvidado indicar que el sufrido exmisionero traía en su precaria impedimenta una cabeza reducida por los Jíbaros, allá en la cuenca amazónica al norte del río Marañón, y una cría de caimán disecada.
Y nada más. Perdonen mis sufridos lectores tantas referencias y divagaciones personales, pero es que me interesaba mucho explicar todas las referencias para que uds. pudiesen comprender mejor el cuento de esos náufragos en la nieve. Uno no sale todos los días como protagonista en un cuento de un “famoso” novelista y, encima, académico de la Lengua Española.
Miguel Díez R.
Luis Mateo Díez
Luis Mateo Díez
Luis Mateo y Miguel en la montaña de la comarca leonesa de Omaña

domingo, 13 de noviembre de 2016

Cuento de Cristina Civale: Bette Davis en el cuarto de baño

http://narrativabreve.com/2016/11/cuento-de-cristina-civale-bette-davis-en-el-cuarto-de-bano.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=1af5cfab14-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-1af5cfab14-172078117

Cristina Civale, Bette Davis

Rudy corrió hasta el baño apenas terminamos. Me empezó a molestar esa costumbre suya, deliberadamente bestial, de enjuagarse mientras la última gota de semen le chorreaba entre los testículos. Me dejó tirada en la cama sin siquiera tiempo para advertir la calidad de su orgasmo. En el mejor de los casos, él debió haber supuesto que yo ya había tenido lo mío, esa chance de grititos entrecortados y efímera felicidad. Sorete, murmuré esa vez, las cosas no van a quedar así. Fue un pensamiento imbécil. Me sentía incapaz de hacer nada. Por supuesto, yo había acabado. Pero esa no era la cuestión –me pasaba con frecuencia ante ciertos estímulos–: que saliera eyectado de la cama de ese modo era algo imperdonable, poco sutil y falto de glamour. No esperaba una escena romántica. Sólo un gesto convencional e hipócrita, la cortesía moderna del postcoito. Su fobia era como la de un manual escolar muy básico, pero sobre todo me daba fastidió su falta de sinceridad.
Honesto hubiese sido vestirse y atravesar la puerta con un esbozo de saludo. Lo de él fue una demostración de un mal gusto intolerable. Y de improvisación, cero de estrategia. La impunidad de las bestias. Este tipo, pensé, me da vergüenza.
A esta altura de la vida estaba lejos de la queja, la melancolía o la autocompasión. Había visto cosas peores. Rudy no era un mal tipo. Era apenas un hombre obvio. No me alteré: sabía que en unos minutos ya estaría fuera de mi departamento y, claro, de mi vida. Me equivocaba. Un sonido de agua me anunció que su lamentable estadía iba a durar por lo menos, unos cuantos minutos más. Se estaba duchando. Mejor que se fuera limpio.
Decidí distraerme. Agarré todos los controles remotos que suelo tener al lado de la cama –en el piso, acomodados sobre mi alfombra gris, pulcra como pocas– y los usé para lo que servían. Música: un cidí de Orb hizo que gruñera un cerdo. Perfecto. Tevé: un canal de cable transmitía una película con Bette Davis, me pareció que era “La carta”. Le saqué el sonido y la dejé adornando con sus destellos las paredes oscuras de la habitación. Me puse boca abajo, sólo concentrada en los graznidos de la música ambiente. Podía olerlo o, mejor, podía reconocer el inconfundible olor a mango de mi jabón favorito. Con mi toalla negra envolviéndole el cuerpo, Rudy volvía a mi dormitorio. Cómo me gustan estas toallas gruesitas, me alabó, con una alegría infantil que me pareció patética.
Azorada lo vi volver a meterse en el baño. El ruido del secador de pelo flagelaba la música y me hacía sentir incómoda. Qué mierda se está secando si es casi pelado. Quería que se fuese de una vez. Sucio, con olor a mí o a que le sudase de la piel: lo quería afuera, en particular de mi baño y en general de mi casa. Todo había sido puro y simple morbo. ¿Por qué continuarlo con una sesión prolongada en mi baño? Todo este rito me fastidiaba. Puerta, ya mismo, puerta, pensé, como en tantos otros momentos y, como siempre, no me animé a decirlo.
¿Cuántas veces lo habíamos hecho? Siete, diez, doce. Seguro que más de una. No tendría que haber existido ni una segunda, pero allí estaba, instalado como si hubiéramos tenido una relación en vez de un prolongado malentendido. Tendría que haber sentido lástima por mi impotencia, pero la soberbia no me daba tregua. Mientras le ponía volumen a la tevé, un pensamiento empezó a machacarme la cabeza. Rudy estaba pasando más tiempo en mi baño que en mi cama.
Al rato apareció por el dormitorio y, como al descuido, me lo largó. Se quemó. Igual era de los baratos. En cualquier parte conseguís uno por diez dólares. No sólo me había quemado el secador sino que tenía el descaro de pasar por alto las disculpas y de refregarme que había comprado un electrodoméstico barato.
Rudy tenía que volver a la candidez de su hogar con buen olor y bien peinado. Estaba casado. Así que lo del baño duró un rato más. Me importaba menos su mujer que el amor inexplicable que le tengo a cada uno de mis objetos. No pude tolerar la idea de que él hubiese destruido alguno de ellos de una manera definitiva, brutal y para siempre. Fui hasta el baño. Sacudí el secador, lo apagué y lo prendí con insistencia, pero nunca más volvió a funcionar. Estaba irreversiblemente roto. Lo miré con desprecio, a mi secador y de paso también a Rudy, que ahora había agarrado mi gel nuevo que deja el pelo siempre húmedo y, sin exageración, estaba terminándose el pomo.
Volví al dormitorio con ganas de llorar. Desde la tevé, Bette me miraba fijo con una de sus inolvidables caras malditas. Entonces se me ocurrió. Estaban junto a mis controles remotos. No fue difícil. Los agarré tratando de no hacer ruido; en uno de los bolsillos traseros Rudy guardaba dinero suelto. Esta vez no tenía mucho, doscientos pesos y monedas. No quería abusar: tomé cien. Podría reponer mi secador y quizás comprarme algo más, alguna bombacha cara o las flores que a Rudy nunca se le había ocurrido traerme. En ese momento, de algún modo, yo era como una prostituta. Nunca había esperado una recompensa en metálico, pero como no había ninguna otra clase de recompensa, el dinero me calmó. Quizás por haber correteado de chica entre monjas, me dio un poco de vergüenza. No sentí, sin embargo, la necesidad de pedir perdón.
Rudy finalmente se fue. Mientras se vestía sentí el temor que debe atormentar a los criminales después de cometer un delito. Pero no pasó nada. Rudy atravesó la puerta y seguí disfrutando de la película. Más que antes. Cuando el cartel de The End se imprimía en la pantalla, sonó el teléfono. Desde su celular, Rudy me preguntaba sin ningún tipo de prólogo si no se le habían caído cien pesos en mi alfombra. Querido, le dije, si recolectás palmitos en Brasil durante mil horas, seguramente podrás recuperarlos. Le corté sin epílogo y eché su billete por el inodoro: sólo quería fastidiarlo. Esa fue la primera vez. Ahora lo único que espero es que se metan en el baño. Nadie lo nota. Piensan que son unos billetes extraviados, plata perdida en un descuido involuntario. A Rudy no volví a verlo. No creo que haya sido por lo del dinero. Lo nuestro ya estaba terminado.
Del libro Chica fácil, de Cristina Civale. © 1995 Espasa-Calpe, Buenos Aires.
Cuento seleccionado por Ernesto Bustos Garrido