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miércoles, 25 de mayo de 2016

Nido de avispas [Cuento. Texto completo.] Agatha Christie

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/christie/nido_de_avispas.htm


Agatha Christie

Inglaterra:
1890-1976

Nido de avispas

[Cuento. Texto completo.]

Agatha Christie


John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire.
Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
-¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. ¡Si es monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
-¡Yo en persona. En cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme." Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
-¡Me siento encantado -aseguró Harrison sinceramente-. Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
-Gracias -repuso Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre-. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no -su voz se hizo plañidera mientras le servían-. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor.
-¿Qué le trae a este tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón-. ¿Es un viaje de placer?
-No, mon ami; negocios.
-¿Negocios? ¿En este apartado rincón?
Poirot asintió gravemente.
-Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.
Harrison se rió.
-Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar.
-Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas.
Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto de importancia.
-¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave?
-Uno de los más graves delitos.
-¿Acaso un ...?
-Asesinato -completó Poirot.
Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular:
-No sé que haya ocurrido ningún asesinato aquí.
-No -dijo Poirot-. No es posible que lo sepa.
-¿Quién es?
-De momento, nadie.
-¿Qué?
-Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado.
-Veamos, eso suena a tontería.
-En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
Harrison lo miró incrédulo.
-¿Habla usted en serio, monsieur Poirot?
-Sí, hablo en serio.
-¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo:
-A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
-¿Usted y yo?
-Usted y yo. Necesitaré su cooperación.
-¿Esa es la razón de su visita?
Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud.
-Vine, monsieur Harrison, porque ... me agrada usted -y con voz más despreocupada añadió-: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye?
El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo:
-Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido.
-¡Ah! -exclamó Poirot-. ¿Y cómo piensa hacerlo?
-Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío.
-Hay otro sistema, ¿no? -preguntó Poirot-. Por ejemplo, cianuro de potasio.
Harrison alzó la vista sorprendido.
-¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en la plantas.
Poirot asintió.
-Sí; es un veneno mortal -guardó silencio un minuto y repitió-: Un veneno mortal.
-Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? -se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio.
-¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo?
-¡Segurísimo. ¿Por qué?
-¡Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton.
Harrison enarcó las cejas.
-¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin.
Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar:
-¿Le gusta Langton?
La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
-¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme?
-Mera divagación -repuso Poirot-. ¿Y usted es de su gusto?
Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta.
-¿Puede decirme si usted es de su gusto?
-¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento.
-Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
Harrison asintió con la cabeza.
-Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado?
-Se equivoca, monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio.
-¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra "sorprendente" y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido.
-No lo comprendo, monsieur Poirot.
La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder:
-Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado.
-¿Odio? -Harrison sacudió la cabeza y se rió.
-Los ingleses son muy estúpidos -dijo Poirot-. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
-Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
-¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
-La vida de una mosca no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas.
Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.
-¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas?
-Langton jamás...
-¿A qué hora? -lo atajó.
-A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás...
-¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirlo Poirot.
Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro.
-No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve.
Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra:
-Sé lo que va a decirme: "Langton jamás...", etcétera. ¡Me aburre su "Langton jamás"! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses!
No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez.
-Unos tres cuartos de hora -murmuró-. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa.
Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto.

Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad.
Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
-¡Ah...! ¡Oh...! Buenas noches.
-Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
El joven lo miró inquisitivo.
-Ignoro a qué se refiere -dijo.
-¿Ha destruido ya el nido de avispas?
-No.
-¡Oh! -exclamó Poirot como si sufriera un desencanto-. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
-He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo.
-Me traen asuntos profesionales.
-Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme.
Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido.
-Dice que encontraré a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. ¡Veamos!
Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot.
-¡Ah, mon ami! -exclamó éste-. ¿Cómo se encuentra?
Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió:
-¿Qué ha dicho?
-Le he preguntado cómo se encuentra.
-Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no?
-¿No siente ningún malestar? Eso es bueno.
-¿Malestar? ¿Por qué?
-Por el carbonato sódico.
Harrison alzó la cabeza.
-¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?
Poirot se excusó.
-Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos.
-¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso?
Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños.
-Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana.
Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados.
-Es muy peligroso -murmuró- llevarlos sueltos.
Curiosamente y sin precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado.
Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
-Una muerte muy rápida -dijo.
Harrison pareció encontrar su voz.
-¿Qué sabe usted?
-Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario.
-Siga.
-Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor.
-Siga.
-Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no?
-Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo.
-Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo.
-Siga -apremió Harrison.
-No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado.
-¿Por qué vino? -gritó Harrison-. ¡Ojalá no hubiera venido!
-Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia.
-¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir!
-No -la voz de Poirot sonó claramente aguda-. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan.
Harrison gimió al repetir:
-¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido!
-Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese?
Tras una larga pausa, Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
-Fue una suerte que viniera usted.
FIN

martes, 24 de mayo de 2016

Microrrelato de Mario Halley Mora: Genealogía

http://narrativabreve.com/2016/05/microcuento-mario-halley-mora-genealogia.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=373a0170de-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-373a0170de-172078117


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Microrrelato de Mario Halley Mora: Genealogía

Una raza más agresiva de monos expulsó de los árboles a otra raza más pacífica y conformista. La Tribu vencida se exilió de la arboleda y fue a instalarse en la llana tierra. Pero allí el pastizal era alto y tupido, y para verse unos a otros y para observar el peligro, los monos derrotados tuvieron que aprender a andar erguidos, sobre dos patas. Y fue así que sin proponérselo, los conquistadores de los árboles, partiendo del pariente más infeliz, inventaron al Hombre, que se vengaría conquistando al Mundo.

Mario Halley Mora, Microcuentos y articuentos (1987)

domingo, 22 de mayo de 2016

Microrrelato de Itsván Örkeny: Información

http://narrativabreve.com/2016/05/cuento-itsvan-orkeny-informacion.html
Itsván Örkeny
Itsván Örkeny
Itsván Örkeny. Fuente de la imagen

Microrrelato de Itsván Örkeny: Información
Lleva catorce años sentado en el portal, detrás de una ventanilla. Solamente le formulan dos tipos de preguntas:
–¿Dónde quedan las oficinas de Montex?
A lo cual responde:
–En el primer piso de la izquierda.
La segunda pregunta es:
–¿Dónde se encuentra la Procesadora de Desperdicios Resvencijosa?
A lo que él responde así:
–Segundo piso, segunda puerta a la derecha.
Nunca, en catorce años, ha cometido ningún error, cada quien ha recibido la información requerida. Sólo sucedió una vez que una dama se detuvo frente a su ventana y le formuló una de las preguntas de costumbre:
–Dígame por favor, ¿dónde queda Montex?
En este caso, excepcionalmente, su mirada se perdió en la lejanía y dijo:
–Todos venimos de la nada y a la grande y hedionda nada regresaremos.
La dama puso una queja. La queja fue investigada, discutida y luego archivada.
Realmente, no era para tanto.

István Örkény, Cuentos de un minuto, Thule, 2006, página 24. Traducción de Judit Gerendas.

“La historia de la verdadera muerte de Francisco Franco”, de Max Aub

http://narrativabreve.com/2016/05/los-mejores-1001-cuentos-literarios-de-la-historia-la-historia-de-la-verdadera-muerte-de-francisco-franco.html

La verdadera historia de la muerte de Francisco FrancoLa verdadera historia de la muerte de Francisco Franco
Max Aub, autor del cuento “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”
En la entrevista de Página 2 (TVE) que Óscar López le hizo al periodista y escritor Gregorio Morán, autor de libros polémicos como El cura y los mandarines, le preguntó por alguna recomendación literaria. Morán, que no aprecia demasiado la novela del siglo XX, recomendó La colmena, de Cela, Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, y “un cuento precioso, ese sí que es divertido, se lo pueden pasar muy bien, que es ‘La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco’, de Max Aub.
Y podéis ver el vídeo al final del cuento.
Enero sin nombre
Enero sin nombre
Enero sin nombre, de Max Aub (Alba, 1995)

Cuento de Max Aub: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco


I
Ignacio Jurado Martínez nació en El Cómichi, congregación del municipio de Arizpe, en el estado de Sonora, el 8 de agosto de 1918. Tres años después, la familia bajó al ejido del Paso Real de Bejuco, en el municipio de Rosamorada, en Nayarit. De allí, cuando la mamá enviudó por un “quítame estas pajas”, se trasladaron –eran cinco hijos– a la villa de Yahualica, en Jalisco. Al cumplir los ocho años, Ignacio se largó a Guadalajara donde fue bolero hasta que, a los quince, se descubrió auténtica vocación de mesero. Un lustro después entró a servir en un café de la calle del 5 de Mayo, en la capital de la República.
–¿Usted, de dónde es?
–De Guadalajara.
Ser mozo de café es prestar servicios, no famulato; dependencia, no esclavitud; tiénese ocasión de ofrecer, indicar, recomendar, reconocer; lazarillo de gustos ajenos; factótum, no lacayo; maestresala, copero, no mono; camarero, no siervo ni siquiera apellidando libertad. Un mesero tiene personalidad, mayor con los años si cuenta con parroquia fija, más ligada ésta a la costumbre que el servidor Sólo el peluquero se le puede comparar, y no en la asistencia, menos frecuente.
Ser mesero titular otorga derechos y conocimientos múltiples. Nacho, del café Español, llegó a institución. Renunció a su semanal día libre porque nada le gusta tanto como andar de la cocina a sus mesas –ocho, del fondo–, al tanto de las conversaciones, metiendo cuchara en cualquier ocasión, que no faltan.
Le place tener relación directa con las cosas: el mármol –tan duro, tan fino, tan liso, tan resbaladizo al paso del trapo húmedo–; el vidrio, todavía un poco mojado, de los vasos; la loza, blanca brillante, de tazas y platos; las agarraderas de ébano –luego de baquelita– de las grandes cafeteras de aluminio.
El aseo, la nitidez, el abrillantamiento de la piedra, logrado por el rodeo vivo del paño. (No recoge los trastos; hácelo Lupe, la «Güera»; la trata poco, teniendo en cuenta las categorías. Mándala con mirar, pocas palabras, alguna seña de la mano.) Vierte el café y la leche con precisión, a chorro gordo, de pronto cortado a ras del borde de la taza o vaso, con un recorte que demuestra, a cada momento, su conocimiento profundo del oficio.
–¿Mitad y mitad?
–¿Basta?
Le molestó la introducción del café exprés, que le daba servido el brebaje.
Desde el día de su llegada a la capital, el 7 de octubre de 1938, halló un cuarto en la azotea de una casa de la calle de 57, a dos pasos de su trabajo; allí siguió. Bastábale su cama, una silla, una comodita, el baño común –al final del pasillo–, un aparato de radio, para que las noticias no le cogieran desprevenido, a la hora de los desayunos. Come y cena en el café, según lo que sobra en la cocina. Vida sentimental nunca tuvo; carece de interés masculino: nació neutro, lo dio por bueno. Abundaban busconas por el rumbo, sobre todo los primeros años –las alejó el crecimiento, a borbotones, de la capital–; le conocieron, dejándole de ofrecer sus servicios; él, en cambio, no dejó de prestarles algunos, con lo que fue bien visto, como en todas partes; que eran pocas. La ciudad, para él, empieza en el Zócalo, acaba en la Alameda: la calle del 5 de Mayo, algo de las de Tacuba y Donceles; mojones impasibles, a izquierda y derecha: la Catedral, el Palacio de Bellas Artes; enfrente, los Ferrocarriles Nacionales: la Religión, el Arte, el Mundo, todo al alcance de la mano; le bastaba, sin darse cuenta de ello.
Pequeño, hirsuto, canicas de obsidiana los ojos vivísimos; barba cerrada, magro, tirando a cobrizo, limpio a medias, los dienten muy blancos de por sí y de no fumar, se movía sin prisas, seguro de su importancia, de llevar a cabo sus funciones con perfección –lo cual era relativo.
–Dos exprés, dos capuchinos, un tehuacán.
–Una coca, un orange, un cuarto de leche.
–Unos tibios, tres minutos; pan tostado. Dos jugos de naranja.
–Una limonada preparada. Dos cafés americanos.
Conoció las paredes del establecimiento cremas, grises y verdes claras (1938–1948–1956); el mostrador al fondo, luego a la izquierda (1947); el cambio de ventiladores (1955), la subida paulatina de precio del café, de 0,25, en 1938, a un peso, en 1958. Un cambio de dueño, en 1950, sin que se alteraran rutina, lista de consumiciones, ni disposición del local, como no fuese el cambio de lugar del mostrador, antes mencionado.
–Téllez renuncia la semana que viene.
–El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras.
–Ruiz pasa a Economía.
–Desaforarán a Henríquez.
–Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila.
Cierto odio hacia los vendedores de billetes de la lotería nacional, que juzga institución inútil no teniendo necesidades económicas; añádese la protección un tanto prosopopéyica que otorga a los boleros, por su pasado.
Con los años y el oído se hizo una “cultura”. Su concepción del mundo es bastante clara; aceptable como está. Más, constante, la curiosidad por los problemas de sus parroquianos y los planteados por los mismos; nada preguntón, por oficio, seguro de que su clientela acaba revelando, a la corta o a la larga, a unos u otros, la solución de sus casos, si la hay.
Existen, naturalmente, consumidores de paso, sin interés, a menos que entren a dilucidar un problema, y lo logren, lo cual se refleja en la propina. De por sí, el oído fino; lo afinó, como sucede con todo, con el diario ejercicio. Las fuentes de su saber fueron variadas, según las horas y el tiempo. Temprano, desayunaban en la mesa de la esquina unos altos empleados de la Compañía de Luz y Electricidad comentando la actualidad puesta de relieve por los titulares de los diarios. Dejando aparte a don Medardo García, bilioso, que sólo se preocupa de su salud, a menos que salte el tema de las inversiones extranjeras, su fuerte, y a don Gustavo Molina, frotándose siempre las manos, lector de algunas revistas norteamericanas, que pasa por listo, a pesar de los cuernos, apasionado por los chistes. Fijos eran, en la mesa contigua, dos libreros, don Pepe y don Chucho, que parecen hermanos, sin serlo; dos funcionarios de los Ferrocarriles, don Juan y don Blas, que sólo se afeitan los miércoles; dos joyeros, don Antonio y don Sebastián; todos viejos, con aficiones a la política aduanera, al cine y a los toros. Dos jóvenes empleados de confianza de un banco gubernativo hablaban, con una regularidad digna de mejor causa, de lo ingurgitado la noche anterior y sus, para ellos, naturales consecuencias. Nacho tuvo así –a lo largo de cinco años, al cabo de los cuales, por cambio normal de Presidente de la República, pasaron a ocuparse de los problemas nacionales de la pesca– conocimiento preciso de casas de lenocinio de todas calañas; lo cual le dio autoridad hasta en este tema, que no le atañía. Juntábanse, a la misma hora, en las otras mesas, tres masones, dependientes de la Secretaría de Comunicaciones, comentando tenidas y los avatares escondidos de la política nacional; el sonorense se dio pronto cuenta de que no se debían tornar muy en serio sus constantes vaticinios de cambios en los equipos burocráticos y ministeriales. A pesar de ello, le servían, sirviendo, para darse por enterado:
–Téllez renuncia la semana que viene.
–El 1 de septiembre, Casas será nombrado embajador en Honduras.
–Ruiz pasa a Economía.
–Desaforarán a Henríquez.
–Luis Ch. es el futuro gobernador de Coahuila.
En las horas semivacías que siguen, aparecen forasteros; se encuentran amigos que se ven de tarde en tarde; cuéntanse sus peripecias, el nacimiento del último hijo, el cambio de «chamba», la perspectiva de un negocio, cómo les fue en un viaje reciente. Algún senador bebe agua mineral con un amigo particular en busca de recomendación; otro toma café con un conocido apenas, que intenta lo mismo.
De dos a tres y media, el café se puebla de oficinistas: de Comunicaciones, de Agricultura, del Senado, de Correos, de Bellas Artes, del Banco de México, de Ferrocarriles, cuyos edificios fueron construídos alrededor del «Español».
Es la hora menos interesante: se comentan hechos pequeños, se truena contra los jefes y compañeros, se hacen planes para la tarde, se habla –poco– de la familia, se interpretan las noticias de los periódicos de mediodía, algún artículo o caricatura de los de la mañana, las agruras, el dolor de riñones, la solapada intención de un columnista.
A las dos y treinta y cinco don Luis Rojas Calzada se sentaba en su mesita cercana al mostrador, hablaba, con Elena Rivas, la cajera, mientras trasegaba sus primeros tequilas antes de irse a la cantina de la esquina, a seguir tomando y jugar dominó hasta la una de la mañana. Don Luis, cajero de Ferrocarriles en tiempos de don Porfirio, se conservaba en alcohol; rojito, rejileto, feliz. Faltó el 14 de junio de 1948 porque le enterraron esa misma mañana. Sólo hablaba de lo muy pasado; el mundo, para él, acabó en 1910.
Pegado, a la calle –en la mesa que por la mañana ocupaban los de la Compañía de Luz– se reúnen, antes de comer en un restorán de las calles de Brasil, Celerino Pujadas, Nemesio Santos, Mauricio González y Norberto Moreno; suele añadírseles algún conocido de todos. Para ellos no hay más universo que el que forjaron, en la década de los veinte, Carranza, Obregón y Calles. Discuten y añoran tranquilamente, aportando datos (todos guardan, a su decir, documentos inéditos que causarán gran revuelo).
–Cuando Maytorena…
–Cuando el general González…
–Cuando el coronel Martínez…
–Cuando Lucio…
–Cuando Villa…
–Eso fue cuando Emiliano.
–No, hermano, perdóname, fue Cárdenas, en 1929.
A lo largo de los años, Nacho tuvo por esa sola mesa, aunque algo unilateralmente –lo reconocía–, un conocimiento pormenorizado de la Revolución; anecdótico y parcial desde luego, pero suficiente para sus afanes históricos, lo que compensaba ciertas exigencias acerca de la temperatura de los brebajes que tragoneaban: tibio el café de don Nemesio, hirviendo el de don Mauricio.
Cuando se retiran los «revolucionarios», empiezan a llegar los «intelectuales», que ocupan, durante tres horas –de tres y media a seis y pico–, las tres mesas del centro.
Los Revueltas, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Octavio Barreda, Luis Cardoza y Aragón, Lolito Montemayor, José y Celestino Gorostiza, Rodolfo Usigli, Manuel Rodríguez Lozano, Lola Álvarez Bravo, Lupe Marín, Chucho Guerrero Galván, Siqueiros, a veces Diego Rivera, hablan de literatura, de la guerra española, de arte; unos de otros, mal por lo común. De teatro, de política, de viajes, de las noticias de los ausentes. Comentan las revistas propias y ajenas. De cine.
La noche, en México, no es propicia para el café; sí para el amor. Entran y salen mujeres al acecho, cinturitas, jotos. Algunos empleados cansados; varios provincianos haciendo recuerdo de lo hecho y por hacer antes de recogerse en los hoteles cercanos. Dos o tres burócratas en mal de horas extraordinarias.
Las meretrices callejoneras le tienen al corriente de los chismes de unas y otras, cuidadosas de callar –como no sea de bulto– los azares de su profesión.
A las nueve y media se bajan las Cortinas de fierro. A las diez, tras mojar dos panes de dulce en su café con leche, a dormir despaciosamente. Todo cambió a mediados de 1939: llegaron los refugiados españoles.

II
Varió, ante todo, el tono: en general, antes, nadie, alzaba la voz y la paciencia del cliente estaba a la medida del ritmo del servicio. Los refugiados, que llenan el café de la mañana a la noche, sin otro quehacer visible, atruenan: palmadas violentas para llamar al «camarero», psts, oigas estentóreos, protestas, gritos desaforados, inacabables discusiones en alta voz, reniegos, palabras inimaginables públicamente para oídos vernáculos. Nacho, de buenas a primeras, pensó regresar a Guadalajara. Pudo más su afición al oficio, la cercanía de su alojamiento, la comodidad, el aprecio del patrón (feliz con el aumento consumicionero, que le permitió traspasar provechosamente el establecimiento a los tres años). El hondo resquemor del inesperado y furioso cambio no desapareció nunca. Sufrió el éxodo ajeno como un ejército de ocupación.
Los recién llegados no podían suponer –en su absoluta ignorancia americana– el caudal de odio hacia los españoles que surgió de la tierra durante las guerras de Independencia, la Reforma y la Revolución, amasado lo mismo con los beneficios que con las depredaciones. Ni alcanzarían a comprenderlo, en su cerrazón nacionalista, con el orgullo que les produjo la obra hispana que descubrieron como beneficio de inventario ajeno, de pronto propio. Jamás las iglesias produjeron tanta jactancia, y más en cabezas, en su mayor número, anticlericales.
Los primeros años, la prensa más leída, partidaria de Franco, les solía llenar de lodo; mientras los revolucionarios, en el poder, antihispanistas por definición, los acogían con simpatía política, los opositores —carcas y gachupines– los vieron con buenos ojos, por españoles, repudiándolos por revolucionarios. Un lío. Para Ignacio la cosa resultó más fácil, los despreciaba por vocingleros.
A los dos meses, supo de la guerra española como el que más.
Hasta este momento, las tertulias habían sido por oficios u oficinas, sin hostilidad de mesa a mesa. Los españoles –como de costumbre, decia don Medardo– lo revolvieron todo con sus partidos y subdivisiones sutiles que sólo el tiempo se encargó de aclarar en la mente nada obtusa, para estos matices, del mesero sonorense; por ejemplo: de cómo un socialista partidario de Negrín no podía hablar sino mal de otro socialista, si era largocaballerista o «de Prieto», ni dirigirle la palabra, a menos que fuesen de la misma provincia; de cómo un anarquista de cierta fracción podía tomar café con un federal, pero no con un anarquista de otro grupo y jamás –desde luego– con un socialista, fuera partidario de quién fuera, de la región que fuese. El haber servido en un mismo cuerpo de ejército era ocasión de amistad o lo contrario. El cobrar los exiguos subsidios que se otorgaron a los refugiados los primeros años, subdividía más a los recién llegados: los del SERE frente a los del JAKE, así fuesen republicanos, socialistas, comunistas, ácratas, federales, andaluces, gallegos, catalanes, aragoneses, valencianos, montañeses o lo que fueran. En una cosa estaban de acuerdo: en hablar sólo del pasado, con un acento duro, hiriente, que trastornaba. Nacho llegó a soñar que le traspasaban la cabeza, de oreja a oreja, con un enorme alfiler curvo, en forma de C, en un pueblo catalán. De tanto español le nació afición por Cuauhtémoc, que supo perder callando –rémora de cierta tertulia de los jueves por la tarde, de algunos escritores de poco fuste y mala lengua, amenizada por un coronel de tez muy clara y ojos azules, enemigo personal de Hernán Cortes y sus descendientes que (para él) eran, sin lugar a duda, todos los refugiados–. A pesar de que Carmen Villalobos –zapoteca puro– le hizo ver, el 11 de febrero de 1940 (lo hago constar porque luego las frases se han repetido como propias), que los recién llegados no parecían haben tenido gran cosa que ver en la toma de Tenochtitlán, sino más bien los ancestros del bizarro coronel Chocano López.
El mal era otro: traíanse impertérritos en primer lugar y voz en grito:
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–Cuando yo le dije al general…
–Cuando tomamos la Muela…
–Cuando yo, al frente de mi compañía…
De la compañía, del regimiento, de la brigada, del cuerpo de ejército… Todos héroes. Todos seguros de que, a los seis meses, regresarían a su país, ascendidos. A menos que empezaran a echarse la culpa, unos a otros:
–Si no es porque la 47 empezó a chaquetear.
–Si no es porque los catalanes no quisieron…
–¡Qué carajo ni qué coño!
–Si no es porque Prieto…
–¡Qué joder!
–Si no es porque los comunistas…
–¡No, hombre!
–¡Mira ése!
–¿Qué te has creído?
–Ese hijo de puta…
Todos con la c y la z y la ll a flor de labio, hiriendo los aires. Horas, semanas, meses, años.
En general, los autóctonos emigraron del local. Quedaron los del desayuno –que los españoles no eran madrugadores– y los «intelectuales». Ese grupo creció en número y horas. A los mexicanos, se sumaron puntuales Pedro Garfias, León Felipe –barba y bastón–, José Moreno Villa –tan fino–, José Bergamín –con el anterior, únicos de voz baja–, Miguel Prieto, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, José Herrera Petere, Juan Rejano, Francisco Giner de los Ríos, Juan Larrea, Sánchez Barbudo, Gaya: veinte más que trajeron aparejados otros mexicanos en edad de merecer: Alí Chumacero, José Luis Martínez, Jorge González Durán, Octavio Paz. Con ellos transigió Nacho. A pesar de lo parco de las consumiciones: ocupábanse del presente, hablaban de revistas y de libros; pronto, el número se redujo por incompatibilidades personales, a las que no solían referirse en voz alta. Además, las conversaciones variaban al aire de las circunstancias, lo que no era el caso en las otras mesas:
–Cuando atacamos la Muela…
–Si los murcianos no hubieran empezado a gritar: ¡estamos copados!…
–Si el gobierno no hubiera salido de naja, el 36…
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–Cuando yo…
–No, hombre no.
–¡Qué carajo ni qué coño!
–La culpa fue…
–Pues joder…
–Ahora, cuando volvamos, no haremos las mismas tonterías…
No sólo las lides militares: los jueces, los fiscales, los directores generales, los ministros, rememorando –siempre como si fuese ayer–, y la esperanza, idéntica:
–Cuando caiga Franco…
Ahí estaba el quid:
–Cuando caiga Franco…
–Cuando caiga Franco…
Horas, días, meses, años. Vino la guerra, la otra; contó poco:
–En Jaén, cuando atacamos…
–En el Norte, durante la retirada…
–En Lérida…
–¡Que te crees tú eso!
–En Brunete, cuando yo…
–Y veíamos Córdoba. Si no hubiera sido por el traidor del general Muñoz, nos colábamos…
–Vete a hacer puñetas…
En 1945 todo parecía arreglado. No hubo tal. Algunos murieron; otros no aparecieron más por el café, trabajando. Llegaron más: de Santo Domingo, de Cuba, de Venezuela, de Guatemala, según los vaivenes de la política caribeña. Lo único que no variaba era el tema, ni el tono, de las discusiones:
–Cuando caiga Franco…
–Aquello no puede durar…
–Tiene que caer…
–¿Ya leíste que…?
–Es cuestión de días…
De semanas, de meses –a lo sumo–. Los que dudaban acababan callando, apabullados.
El ruido, las palmadas (indicadoras de una inexistente superioridad de mal gusto), la algarabía, la barahúnda, la estridencia de las consonantes, las palabrotas, la altisonancia heridora; días, semanas, meses, años, iguales a sí mismos; al parecer, sin remedio.

III

En 1952, entró a servir en otro turno Fernando Marin 0lmos, puertorriqueño, exiliado en México por partidario de Albizu Campos, cabeza cerrada –y encerrada– de los independentistas de Puerto Rico.
Fernando, hablar cantarino y nasal caribeño, menudo, oliváceo, pelo lacio –tan abundante como oscuro–; nariz afilada, larga; boca fina, de oreja a oreja, había sido maestro rural. Luego, en Nueva York, probó toda clase de oficios; en México, después de intentar vender libros a plazos, entró a servir al café Español; cumplido y de pocas palabras. Entendióse bien con Nacho, que respetaba su desmedido afán por las mujeres, y aun le ayudó en alguna ocasión en que el sueldo no le daba para satisfacer su cotidiano apetito sexual.
Tenía Nacho sus ahorros; empujado por su compañero, que no carecía de ideas comerciales, aunque no las supiera poner personalmente en práctica –¿con qué?, siempre en la quinta pregunta–, empezó a prestar pequeñas cantidades a gentecillas de los alrededores, con elevados réditos, que acrecieron su capital con cierta rapidez. Pronto Fernando Marín fue confidente de la indignación que le producían el tono –y las salidas del mismo–, los temas obsesivos de los refugiados españoles. No compartió el isleño esa opinión, antes muy al contrario. Nacho cesó inmediatamente su lamentación; le molestaba hablar con quien no fuera de su parecer. Su reconcomio siguió, solitario, carcomiéndole el estómago. De ahí cierta úlcera que, desde entonces, le ató al bicarbonato y al insomnio.
–Cuando caiga Franco…
–El día que volvamos…
Las interminables discusiones hurgaban al sonorense de la glotis al recto. Pensó, con calma, midiendo estrechamente ventajas y desventajas, cambiar de establecimiento; tuvo proposiciones: una de San Ángel, otra en Puente de Vigas, otra al final de la Calle de Bolívar; todas lejos de su casa, que no quería abandonar a ningún precio, entre otras razones porque parte de sus obligados económicos solían pagarle allí los intereses semanales de sus préstamos; otros lo hacían en el café (el W. C. era buen despacho). Sin contar que no quería perder la compañía de Fernando, siempre dispuesto a sustituirle mientras despachaba con su clientela reditora. Supo corresponder, duplicando su turno, cuando después de un frustrado atentado, en Washington, de unos irredentos puertorriqueños contra el Presidente Truman (germen, tal vez, de su gran idea), detenían a Marín cada vez. que llegaba a México algún personaje norteamericano en viaje oficial (si venía de vacaciones, le dejaban en paz).
Marin solía discutir con los refugiados españoles acerca de las ventajas e inconvenientes del atentado personal. No comprendía cómo habiendo tantos anarquistas en España no hubieran, por lo menos, intentado asesinar a Franco. Los comunistas se oponían asegurando que no serviría de nada su desaparición violenta, como no fuera para reemplazarlo por otro general de la misma clase; los republicanos objetaban sus propios convencimientos liberales; algún federal, opuesto a la pena de muerte, se sublevaba con la sola idea. Los ácratas traían a colación las insalvables dificultades policíacas y militares.
(Nacho no sabe abstraerse; no puede oír el alboroto como tal y desentenderse: tiene que saber y, si puede, meter baza, pegar la hebra, sacar consecuencias. Los diálogos, la cháchara, el chisme, son su sustento, si no mete cuchara, si no echa su cuarto de espadas, si no comenta –que no es discutir–, no está contento. Lo que le gusta del oficio es el ruido confuso del café, pero con sentido: el palique, el cotorreo, el oír mantener opiniones contra viento y marea, una pregunta tras otra, atropelladas; ver crecer, aproximarse como una ola reventona, el momento en que alguien no puede zafarse más que con insultos; resiente propias las victorias de la dialéctica, pero no aguanta –aguantándolas– tantas alusiones, parrafadas, retruques, indirectas, memorias, acerca de si hicieron o dejaron de hacer fulano y zutano en Barcelona, éste o aquél en Lérida, Pedro o Juan en Valencia, Negrín, Prieto, Caballero, Azaña, en Madrid, en Puigcerdá, en Badajoz, en Jaén, en Móstoles, en Alcira, en Brunete, en Alicante. Todos los días, uno tras otro, durante doce horas, desde 1939; desde hace cerca de veinte años:
–Cuando caiga Franco…
–El día que Franco se muera…
–Cuando tomamos la Muela…
–No entramos en Zaragoza por culpa de los catalanes.
–¡Vete a hacer puñetas!
Ignacio Jurado Martínez —casi calvo, casi en los huesos (la úlcera), casi rico (los préstamos y sus réditos)– no aguanta más. A lo largo de sus insomnios, el frenesí ha ido forjando una solución para su rencor, entrevé un café idílico al que ya no acuden españoles a discutir su futuro enquistados en sus glorias multiplicadas por los espejos fronteros de los recuerdos: resuelto el mañana, desaparecerá el ayer. Tras tanto oírlo, no duda que la muerte de Francisco Franco resolverá todos sus problemas –los suyos y los ajenos hispanos–, empezando por la úlcera. De oídas, de vista –fotografías de periódicos españoles que, de tarde en tarde, pasan de mano en mano–, conoce las costumbres del Generalísimo. Lo que los anarquistas españoles –que son millones al decir de sus correligionarios– son incapaces de hacer, lo llevará a cabo. Lo hizo.
(Nunca se supo cómo; hasta ahora se descubre, gracias al tiempo y mi empeño. ¿Hasta qué punto pesaron en la determinación de Nacho los relatos de las arbitrariedades, de los crímenes del dictador español, tantas veces relatados en las mesas que atendía? Lo ignoro. Él, negando, se alzaba de hombros.)

IV
El 20 de febrero de 1959 habló con su patrón, don Rogelio García Martí, haciéndole presente que, en veinte años, jamás había tomado vacaciones.
–Porque usted no quiso.
–Exactamente, señor.
–¿Cuánto tiempo faltará?
–¿Mande? (A veces, desde hacía tiempo, se le iba el Santo al cielo, aun en el servicio.) No sé. Pero no se preocupe, el Sindicato le enviará un sustituto.
–¿Para qué? Marcial (su entenado) no tiene mucho que hacer. ¿Dónde va a ir?
–A Guadalajara.
–¿Por mucho tiempo?
–Pues a ver.
–¿Un mes, dos?
–Quién sabe.
–Pero, ¿volverá?
–Si no, ¿qué quiere que haga, señor Rogelio?
–También es cierto… Y ¿cuándo se va?
–Ya le avisaré con tiempo.
Sacó su pasaporte. Tuvo una larga conversación con Fernando:
–México no reconoce al gobierno de Franco.
El puertorriqueño le miró con cierta conmiseración:
–Chico, si no tienes algo más nuevo que decirme…
–¿Me vas a guardar el secreto?
–¿De qué? ¿De qué Mexico…?
–No. Voy a ir a España.
–¿De viaje?
–¿Qué crees? ¿A quedarme en la mera mata? No, hermano; con los que hay aquí me basta.
–Entonces ¿a qué vas?
–Eso es cuestión mía.
–Chico, perdona.
–Quiero que me hagas un favor.
–Tú mandas.
–México no reconoce al gobierno de Franco…
–Chico, y dale.
–Me molesta ir con mi pasaporte.
–¿Por qué?
–Cosas mías. Pero tú tienes un pasaporte americano.
–Por desgracia de Dios.
–Préstamelo.
–Nos parecemos como una castaña a una jirafa.
–Perico lo arregla de dos patadas. Nos cambia las fotos como si nada.
 (Perico Guzmán, «EI gendarme»; porque lo fue después de ladrón, antes de volver a serlo. No le gustó el «orden».)
–Y yo ¿mientras tanto?
–¿Para qué lo quieres?
–Chico, a veces, sirve.
–Te quedas con el mío.
–A ti no te puedo negar nada.
Así se hizo: por mor de unos papeles, exactamente a las 11 p.m. del 12 de marzo, Ignacio Jurado Martínez se convirtió, para todas las naciones del universo, en Fernando Marín 0lmos sin que, por el momento, hubiera reciprocidad. El flamante ciudadano norteamericano obtuvo sin dificultad un visado de tres meses para «pasearse» por España; añadió Francia e Italia, con la buena intención de conocer esos países antes de regresar a la patria. Voló a España el 2 de junio, en un avión de la compañía Iberia.
En Madrid, se alojó en el 16 de la Carrera de San Jerónimo, en una pensión que le recomendó don Jesús López, que iba y venía con frecuencia «de la Corte a la Ciudad de los Palacios», como le gustaba decir, rimbombante y orondo representante de una casa de vinos de Jerez de la Frontera (gastaba una de las pocas rayas en medio que quedaban –Peinado de libro abierto a la mitad, como decía Juanito, el bolero– y reloj de bolsillo).
Sabía, por Fernando, que en la embajada norteamericana de la capital española trabajaban algunos paisanos de la Isla. Como sin querer, Nacho se relacionó, a los pocos días, con uno de ellos, en el local del consulado de la gran república. Para curarse en salud, evitando preguntas a las que no pudiera dar cumplida respuesta, se inventó una vida verosímil: salido niño de San Juan, años en Nueva York (sin necesidad del inglés), muchos más en México, de donde el modo de hablar.
Madrid le gustó. Le pareció que los de la «Villa del oso y del madroño» –otra expresión aprendida de don Juan López— «pronunciaban» menos que sus parroquianos del café Español. Sintióse a gusto en tantos cafés de los que salió poco, como no fuera para acompañar a Silvio Ramírez Smith, su nuevo amigo, empleado puntual, aficionado a los toros y a la manzanilla, deseoso de permanecer en España, con el miedo constante de ser trasladado a Dinamarca o a Suecia, lo que parecía muy posible; casado con una madura flaca de Iowa que, al contrario, ansiaba abandonar la península, que la molestaba en todo.
El 21 de junio, conoció a Silvano Portas Carriedo, teniente de infantería, ayudante de uno de los cien agregados militares de la embajada. Liberal de sí y de sus dólares, bien parecido, menudo, de ojos verdes, no daba abasto al tinto ni a las mujeres bien metidas en carnes, de su real gusto, generalmente compartido. Nacho le fue útil por sus conocimientos profesionales en ambas materias; así, por su ser natural y la úlcera, no fuera más allá de los consejos, eso sí, excelentes; como tal, agradecidos. El sonorense iba a lo suyo, sin esforzarse; callar y mentir no le costaba. Vivía el teniente Portas en un hotel de la calle de Preciados, en el que ocupaba dos cuartos para mayor facilidad de algunos compañeros que los pagaban a escote, utilizándolos de cuando en cuando. Silvano era de los pocos solteros de la misión. (La palabra misión hacía gracia en el caletre más bien estrecho de Nacho: la misión norteamericana, que le recordaba las españolas de California –un poco más arriba de su Sonora natal– y la que le llevaba a Madrid.).
Dejando aparte unos solitarios paseos por la Castellana, Nacho Jurado no hizo nada para preparar el atentado; tenía la convicción de que todo saldría como se lo proponía. De lo único que no prejuzgaba: de la fuga. En el fondo, le tenía sin cuidado. Lo que llevaría a cabo, respondiendo a un impulso natural, era completamente desinteresado, como no fuese por librarse, si salía con bien, de las conversaciones españolas en «su» café mexicano. Puede ser que obedeciera, sin saberlo, a los intereses de su clase meseril. De todos modos, no esperaba agradecimiento: de ahí el anonimato en que permaneció el autor del hecho hasta hoy.
El 18 de julio, víspera del Gran Desfile, convidó a Silvano Portas a comer en la Villa Romana de la Cuesta de las Perdices; el invitado prefirió dar vueltas por algunas tascas y freidurías en busca de pájaros fritos, a los que era muy aficionado, entre otras cosas porque daban ocasión de distinguir entre los tintos vulgares, ciencia en la que demostraba un conocimiento que dejaba atónitos a los dueños de las tabernas. Recalaron, hacia las tres, en el Púlpito, en la Plaza Mayor, donde comieron, muy a gusto, una tortilla de espárragos.
–¿Qué pasa contigo hoy, viejo?
–Es mi santo.
–No es cierto.
–Bueno, mi cumpleaños.
–¿Cuántos?
–Tanto da.
Tomaron café y coñac en el Dólar, en la calle de Alcalá, y tanto hablaron de cocina y en particular de corderos asados que, después de haber tomado unos vasos de tinto en una taberna de la Cava Baja, donde era muy conocido el militar puertorriqueño, fueron a comerse uno, al lado, en el Mesón del Segoviano, tras una visita a casa de la Lola, en la calle de la Luna, frente a las Benedictinas de San Plácido.
–Tú, ¿no?
–No.
–No eres poco, misterioso en este asunto.
–Cada uno es como es.
–¿No te gusta ninguna? Te advierto que esta trigueña no está mal.
–Otro día.
–Tú te lo pierdes, viejo.
A las dos de la mañana fueron, paseando la noche, al Heidelberg, en la calle de Zorrilla, a comerse un chateaubriand, como resopón. Transigió el de la isla con un Rioja, aún emperrado:
–Con todo y todo, prefiero mi Valdepeñas…
Uva perdido, salieron los últimos.
–Me tengo que acostar temprano, viejo. Mañana tengo que estar a las diez en la Castellana. El desfile ese de mierda.
–¿Nos tomamos un coñac? ¿El del estribo?
–¿Tú, viejo?
–Por una vez…
Mientras su invitado iba al urinario, el sonorense echó unas gotas de un compuesto de narcotina en la copa del mílite, al que tuvo que sostener regresando al hotel, y meter en la cama.
Lo despertó a las nueve, el de la isla no podía entreabrir los ojos:
–Agua.
Se la dio, con más soporífero.
–No te preocupes: tienes tiempo.
Antes de dar media vuelta, Portas regresó al mundo de los justos. Nacho se vistió, con toda calma, el uniforme de gala, recién planchado, dispuesto en una silla. Le venía bien. Se detuvo a mirarse ante el espejo –cosa que nunca hacía–. El verse le dio pie al único chiste que hizo en su vida, de raíz madrileña para mayor inri:
–Hermano, das el opio.
El botones le vio salir sin asombro: los militares norteamericanos suelen vestir de paisano. Sin embargo, pensó:
–Creí que éste no lo era.
Ignacio tomó un taxi, hizo que lo dejara en la calle de Génova. Bajó hacia la Plaza de Colón, tranquilamente se dirigió hacia la tribuna de los agregados militares extranjeros. Hacía un tiempo espléndido, el desfile había comenzado; la gente se apretujaba por todas partes; aviones por el cielo; pasaba la tropa con pasos contados y recios por el centro del paseo. El cielo azul, los árboles verdes, los uniformes y las armas relucientes, los espectadores bobos. Todo como debía ser.
Se acercó a la entrada de la tribuna:
–Traigo un recado urgente para el general Smith, agregado militar norteamericano.
Se cuadró el centinela. Pidiendo perdón, Nacho se abrió paso hacia la esquina izquierda del tablado. Apoyó la pierna zoca contra el barandal. A diez metros, en el estrado central, Francisco Franco presidía, serio, vestido de capitán general. Jurado sacó la pistola, apoyó el cañón en el interior de su codo izquierdo doblado –exactamente como lo pensó– ¿quién podía ver el estrecho círculo de la boca?). Disparó al paso bajo de unos aviones de caza. El estruendo de los motores cubrió el de los tiros. El Generalísimo se tambaleó. Todos se abalanzaron. Nacho entre los primeros, la pistola ya en el bolsillo del pantalón. Poco después, se zafó de la confusión, subió por Ayala hasta la calle de Serrano; frente a la embajada de la República Dominicana alcanzó un taxi.
–¿Ya acabó? –preguntó el chófer, interesado.
–Sí.
Se referían a cosas distintas.
–¿Adónde vamos?
–A la Puerta del Sol.
–No se puede pasar.
–De el rodeo que ea.
–A sus órdenes, mi general.
Silvano Portas, como era de esperar, seguía dormido. Nacho tuvo tiempo de limpiar y engrasar la pistola. A los diez días, tras dos pasados en Barcelona, asombrado de tanto catalán, pasó a Francia. Estuvo un día en Génova, otro en Florencia, tres en Roma, dos en Venecia, según el itinerario establecido por la agencia Hispanoamericana de Turismo, de la plaza de España. Llegó a París el 7 de agosto. A su asombro, le sobraba dinero, el suficiente para quedarse un mes más en Europa. Pensando en dejar boquiabierto a Fernando Marín se pagó un tour por Bélgica, Holanda, Dinamarca y Alemania. Desembarcó en Veracruz el 13 de septiembre, del Covadonga que había tomado en Vigo. Dejó pasar las fiestas patrias y se presentó a trabajar el 17, muy quitado de la pena.

V
Parece inútil recordar los acontecimientos que, para esa época, se habían sucedido en España: formación del Directorio Militar bajo la presidencia del general González Tejada; el pronunciamiento del general López Alba, en Cáceres; la proclamación de la Monarquía, su rápido derrumbamiento; el advenimiento de la Tercera República. (Todo ello oscura razón verdadera de la tardanza de Ignacio Jurado en regresar a México; dando tiempo a que los refugiados volvieran a sus lares.)
Don Rogelio –el patrón– le acogió con el mayor beneplácito:
–Ya era hora. Y ¿cómo le fue?
–Bien.
–¿Cuándo entra a trabajar?
–Ahora mismo, si le parece.
–Perfecto. Ya podía haber enviado alguna postal.
Acudía presuroso Fernando Marín:
–¿Te cogió allá el bochinche?
–No. Estaba en Dinamarca.
–Chico: ¡vaya viaje!
–¿Y tú? ¿Mucho trabajo?
–No quieras saber.
–¿Qué pasa?
Lo supo enseguida. Allí estaban los de siempre –menos don Juan Ceballos y don Pedro Torner, muertos–, todos los refugiados, discutiendo lo mismo.
–Cuando yo…
–Calla, cállate la boca.
–Cuando yo mandaba…
–Cuando tomamos la Muela…
–Cuando yo, al frente de la compañía…
–¡Qué coño ibas tú!
Más cien refugiados, de los otros, recién llegados:
–Cuando yo…
–Al carajo.
–¿Eras de la Falange o no?
–Cuando entramos en Bilbao…
–Allí estaba yo.
–¡Qué joder!
–¡Qué joder ni qué no joder!
Ignacio Jurado Martínez se hizo pequeño, pequeño, pequeño; hasta que un día no se le vio más
Le conocí más tarde, ya muy viejo, duro de oído, en Guadalajara.
–El café es el lugar ideal del hombre. Lo que más se parece al paraíso. ¿Y qué tienen que hacer los españoles en él? ¿O en México? Sus ces serruchan el aire; todo este aserrín que hay por el suelo, a ellos se debe. Un café, como debiera ser: sin ruido, los meseros deslizándose, los clientes silenciosos: todos viendo la televisión, sin necesidad de preguntarles: –¿Qué le sirvo? Se sabe de antemano, por el aspecto, el traje, la corbata, la hora, el brillo de los zapatos, las uñas. Las uñas son lo más importante.
Hecho una ruina.
–¿Ya se va? Cuando de veras se quiere hablar de cosas que interesan, siempre se queda uno solo. De verdad, sólo se habla con uno mismo. ¿Usted no es mexicano, verdad? A mí me hubiera gustado mucho hablar. Por eso fui mesero; ya que no hablaba, por lo menos oía. Pero oír veinte años lo mismo y lo mismo y lo mismo, con aquellas ces. Y eso que soy muy aguantador. Me ha costado mucho darme cuenta de que el mundo no está bien hecho. Los hombres, a lo más, se dividen en melolengos, nangos, guarines, guatos, guajes, guajalotes, mensos y babosos. Cuestión de matices, como el café con leche. ¿O cree que el café con leche ha vuelto idiota a la humanidad?
Al día siguiente, en su puesto de tacos y tortas, me contó la verdad.
(Guadalajara, amarilla y lila, tan buena de tomar, tan dulce de comer.)
Max Aub, Enero sin nombre. Los Relatos Completos del Laberinto Mágico, Alba Editorial 1994
https://youtu.be/P7XQkutXKBk