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viernes, 21 de octubre de 2016

Cántiga de los esponsales [Cuento - Texto completo.] J. M. Machado de Assis

http://ciudadseva.com/texto/cantiga-de-los-esponsales/

J. M. Machado de Assis

Brasil:
1839-1908

Cántiga de los esponsales

[Cuento - Texto completo.]
J. M. Machado de Assis

Imagine la lectora que está en 1813, en la iglesia de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor diversión pública y lo mejor del arte musical. Sabe cómo es una misa cantada; puede imaginar lo que sería una misa cantada en aquellos años remotos. No llamo su atención hacia los curas y sacristanes, ni hacia el sermón, ni hacia los ojos de las jóvenes cariocas, que ya eran bonitas en aquel tiempo, ni hacia las mantillas de las señoras graves, las casacas, las cabelleras, las cortinas, las luces, los inciensos, nada. Ni siquiera hablo de la orquesta, que es excelente; me limito a mostrarle una cabeza blanca, la cabeza de ese viejo que dirige la orquesta con alma y devoción.
Se llama Román Pires. Tendrá sesenta años, no menos en todo caso, nació en el Valongo, o por esos lados. Es un buen músico y un buen hombre; todos los colegas lo quieren.
El maestro Román es su nombre familiar; y decir familiar o público era la misma cosa en tal materia y en aquellos tiempos. “La misa será dirigida por el maestro Román”, equivalía a esta forma de anuncio, años después: “Entra en escena el actor João Caetano”. O a esta: “El actor Martinho cantará una de sus mejores arias”. Era la sazón adecuada, el aliciente delicado y popular. ¡El maestro Román dirige la fiesta! ¿Quién no conocía al maestro Román, con su aire circunspecto, recatado el mirar, sonrisa triste y paso lento? Todo esto desaparecía al frente de la orquesta; y entonces la vida se derramaba por todo el cuerpo y todos los gestos del maestro; la mirada se encendía, la sonrisa se iluminaba: era otro. No significaba esto que él fuera el autor de las misas; esta, por ejemplo, que ahora dirige en el Carmo es de João Mauricio; pero él se aplica a su trabajo poniendo en ello el mismo amor que pondría si fuera suya.
La fiesta terminó; y fue como si se apagara un resplandor intenso, dejándole el rostro iluminado apenas por la luz ordinaria; helo aquí descendiendo del coro, apoyado en el bastón; va a la sacristía a besar la mano a los padres y acepta un sitio en su mesa. Permanece todo el tiempo indiferente y callado. Termina la cena, sale, camina en dirección a la Calle de la Madre de los Hombres, en donde vive, en compañía de un negro viejo, papá José, que es como si fuera su verdadera madre, y que en este momento conversa con una vecina.
–Ahí viene el maestro Román, papá José –dijo la vecina.
–¡Eh!, ¡eh!, adiós vecina, hasta luego.
Papá José dio un salto, entró en la casa, y esperó a su amo, que entró poco después con el mismo aire de siempre. La casa no era rica, por supuesto; ni alegre. No había en ella el menor vestigio de mujer, vieja o joven, ni pajaritos que cantasen, ni flores, ni colores vivos o cálidos. Casa sombría y desnuda. Lo más alegre que allí había era un clavicordio, donde el maestro Román tocaba algunas veces, estudiando. Sobre una silla, al lado, algunos papeles con partituras; ninguna suya…
¡Ah!, si el maestro Román pudiera, sería un gran compositor. Tal parece que hay dos clases de vocación, las que tienen lengua y las que no la tienen. Las primeras se realizan; las últimas representan una lucha constante y estéril entre el impulso interior y la ausencia de un modo de comunicación con los hombres. La de Román era de estas. Tenía la vocación íntima de la música; llevaba dentro de sí muchas óperas y misas, un mundo de armonías nuevas y originales que no alcanzaba a expresar y poner en el papel. Esta era la causa única de la tristeza del maestro Román. Naturalmente, el vulgo no se daba cuenta; unos decían esto, otros aquello: enfermedad, falta de dinero, algún disgusto antiguo; pero la verdad es esta: la causa de la melancolía del maestro Román era no poder componer, no poseer el medio de traducir lo que sentía. Y no porque escatimara el gasto de papel o el paciente trabajo, durante muchas horas, al frente del clavicordio; pero todo le salía informe, sin idea ni armonía. En los últimos tiempos hasta sentía vergüenza de los vecinos, y ya ni siquiera intentaba nada.
Y, no obstante, si pudiera, terminaría al menos cierta pieza, un canto de esponsales, comenzado tres días después de su casamiento, en 1799. La mujer, que tenía entonces veintiún años, y murió de veintitrés, no era bonita, ni mucho ni poco, pero sí muy simpática, y lo amaba tanto como él a ella. Tres días después de su boda, el maestro Román sintió en su interior algo parecido a la inspiración. Imaginó entonces el canto esponsalicio, y quiso componerlo; pero la inspiración no logró salir. Como un pájaro que acaba de ser aprisionado, y forcejea por atravesar las paredes de la jaula, abajo, encima, impaciente, aterrorizado, así batía la inspiración de nuestro músico, encerrada dentro de él sin poder salir, sin encontrar una puerta, nada.
Algunas notas llegaron a reunirse; él las escribió; asunto para una hoja de papel, apenas. Insistió al día siguiente, diez días después, veinte veces durante sus años de casado. Cuando murió su mujer releyó aquellas primeras notas conyugales, y se sintió más triste aún, por no haber podido dejar en el papel la sensación de esa felicidad ya extinta…
–Papá José –dijo él–, hoy no me siento muy bien.
–Tal vez el señor comió algo que le cayó mal…
–No, desde esta mañana estaba así. Vaya a la botica…
El boticario mandó cualquier cosa que él tomó esa noche; al día siguiente el maestro Román no se sentía mejor. Es preciso agregar que padecía del corazón: molestia grave y crónica.
Papá José sintió temor cuando vio que el malestar no cedía al remedio, ni al reposo, y quiso llamar al médico.
–¿Para qué? –dijo el maestro–. Esto pasa.
El día no terminó peor y él pasó buena noche; no así el negro, que solo consiguió dormir dos horas. Los vecinos, una vez que se hubieron enterado de aquella dolencia, no tuvieron otro motivo de conversación; los que mantenían relación con el maestro fueron a visitarlo. Y le decían que no era nada, que eran achaques de la edad; alguien agregaba graciosamente que era un truco, para librarse de las derrotas que el boticario le propinaba en el juego de “gamao”; otro, que era cuestión de amores. El maestro Román sonreía, pero para sus adentros se decía que aquello era el final. “Todo acabó”, pensaba.
Una mañana, cinco días después de la fiesta, el médico lo encontró realmente mal; y el maestro se lo notó en la expresión, por detrás de las palabras engañadoras:
–Esto no es nada; es preciso no pensar en músicas…
¡En músicas! De pronto esta palabra del médico trajo al maestro una idea casi olvidada.
Al quedarse solo con el esclavo, abrió la gaveta donde guardaba desde 1799 el canto de esponsales iniciado. Releyó aquellas notas arrancadas con tanto trabajo y nunca concluidas. Y tuvo entonces una idea singular:
–Terminar la obra, fuese como fuese; cualquier cosa estaría bien, con tal de que significara dejar un poco de alma sobre la tierra.
–¿Quién sabe? En 1880, tal vez, se interpretará esta obra y se contará que un tal maestro Román…
El comienzo del canto remataba en un cierto la: este la, que resultaba bien allí donde estaba, era la última nota escrita. El maestro Román ordenó llevar el clavicordio a la habitación del fondo, que daba al solar: necesitaba aire.
Por la ventana vio, en la ventana trasera de otra casa, una dulce pareja de recién casados, asomados, abrazados por los hombros y de manos unidas. El maestro Román sonrió con tristeza.
–Ellos llegan –se dijo–, yo salgo. Compondré al menos este canto que ellos podrán tocar…
Se sentó ante el clavicordio; reprodujo las notas y llegó al la…
–La, la, la…
Nada, no lograba seguir. Y, sin embargo, él sabía de música como el que más.
La, do… la, mi… la, si, do, re… re… re…
¡Imposible! ninguna inspiración. No aspiraba a una pieza profundamente original; tan solo algo que no pareciese de otro y que se relacionase con la idea comenzada. Volvía al principio, repetía las notas, intentaba revivir un retazo de la sensación extinguida, se acordaba de su mujer, de aquellos tiempos primeros. Para completar la ilusión, dejaba correr su mirada por la ventana en dirección a la pareja de recién casados. Ellos seguían allí, con las manos unidas y rodeándose los hombros con los brazos; pero ahora se miraban uno al otro, en vez de mirar hacia abajo. El maestro Román, agotado por el malestar y la impaciencia, tornaba al clavicordio; pero la visión de la pareja no le traía la inspiración, y las notas siguientes no sonaban.
–La, la, la…
Desesperado, dejó el clavicordio, tomó el papel escrito y lo rompió. En ese momento, la joven absorta en la mirada del esposo, empezó a canturrear de cualquier modo, inconscientemente, alguna cosa nunca antes cantada ni sabida, una cosa en la cual cierto la proseguía después de un si con una linda frase musical, justamente aquella que el maestro Román había buscado durante años sin hallarla jamás. El maestro la oyó con pesar, sacudió la cabeza, y esa noche expiró.
FIN

Histórias sem data, 1884

martes, 11 de octubre de 2016

Microrrelato de Miguel Ángel Molina López: Loca de venganza

http://narrativabreve.com/2016/10/microrrelato-de-miguel-angel-molina-lopez.html?utm_source=Newsletter+de+Narrativa+Breve&utm_campaign=08a2ff1269-Campa%C3%B1a+de+RSS&utm_medium=email&utm_term=0_eae174c202-08a2ff1269-172078117

99 X 99 MICRORRELATOS A MEDIDA
Tras varios meses de hospitalización recibió el alta. Aunque físicamente estaba bien, psicológicamente la herida seguía abierta. Tardó bastante tiempo en salir a la calle, pero cuando se decidió, el destino hizo que se topara con el salvaje que casi le arrebata la vida por un portátil y calderilla.
Le siguió hasta un callejón. Un adoquín, junto a la rabia acumulada, transformó aquel rostro odiado en una masa deforme y sanguinolenta. De vuelta a casa, soboreando su venganza, se cruzó con un compro-oro y le vio, miró al vendedor ambulante y le vio, observó al taxista y le vio.
99 x 99 (Microrrelatos a medida), Baile del Sol, Colección Sitio de Fuego, página 13.

Miguel Ángel Molina López es licenciado en Química y se dedica a la enseñanza. Los números, las fórmulas y las reacciones químicas son las que le dan de comer, pero hace cuatro años descubrió su afición por la escritura y los microrrelatos, y desde entonces no ha parado. Además de en su blog “En 99 palabras”, algunos de sus textos han aparecido publicados en revistas literarias, y otros en antologías colectivas, la última de ellas De antología (la logia del microrrelato) publicada por la editorial Talentura en mayo de 2013. Su primer libro en solitario es 99 x 99 MICRORRELATOS A MEDIDA (Tenerife, 2016).

miércoles, 5 de octubre de 2016

Un viejo que se pone de pie | Eduardo Sacheri

https://cerradopormelancolia.wordpress.com/2014/08/05/un-viejo-que-se-pone-de-pie-eduardo-sacheri/


Algunas historias son fáciles de contar. Otras no. Como si fuesen demasiado complejas, huidizas, inabarcables. La que en estas páginas me empeño en narrar pertenece a estas últimas.
Como casi todas las historias nace a partir de una única imagen, cargada de sentido. Esa imagen primera, esa que me subyuga al punto de querer contarla es ésta: en una tribuna baja, una tribuna de tablones de madera, en la que, salteados aquí y allá, hay unos cuantos espectadores, un hombre mayor, un viejo, se pone de pie.
Claro: escrito así no dice casi nada. No explica quién es el viejo, ni qué es lo que lo conduce a incorporarse del tablón en el que está sentado, ni por qué es importante que lo haga, eso de levantarse con los ojos absortos clavados en la cancha, con los ojos absortos y húmedos.
La historia debe explicar todo eso, o de lo contrario conduce a un callejón sin salida en el que no dice nada. Y no hay peor destino para una historia. El problema radica precisamente en el modo de juntar esa imagen, la del viejo alzándose desde la grada, con las otras imágenes que deben encadenarse con ella para formar una trama y que haya cuento. Ni más ni menos.
El primer obstáculo con el que me topo es decidir quién contará la historia, o sea, la dichosa cuestión de la voz del narrador. ¿Quién relatará los sucesos que conducen al viejo y a esa acción final del viejo? Podría contarlos el propio anciano, porque hay asuntos, algunos muy importantes, de los que le dan sentido a esta historia, que sólo él conoce. Pero el desenlace de la historia tiene que ver con el asombro, con la sorpresa infinita del viejo, y entonces ese hombre no puede narrar su propio asombro. Porque al asombro no le quedan bien las palabras. Casi me atrevería a decir que es al contrario. El asombro aparece cuando se retiran las palabras. Como la marea, o como el reflujo de una ola, que al bajar deja la arena lisa sin otra cosa que ella misma, sin nada más que la arena lisa. Claro que en algún momento, más tarde o más temprano, las palabras vuelven. Y cuando eso sucede el asombro ha terminado. Cuando somos capaces de encontrar explicaciones, o por lo menos de buscarlas echando mano a las palabras, ya no estamos asombrados. Podemos estar conmovidos, felices o dañados, pero ya no asombrados.
Por eso el viejo que se pone de pie en la tribuna —agreguemos que lo hace bajo un cielo gris, un cielo de siesta de sábado de mayo—, aunque sabe —y porque sabe puede ponerle palabras a buena parte de la historia—, no puede hacerse cargo del final, porque ese final lo deja sin palabras.
Ninguno de los otros personajes sabe tanto de esta historia como el viejo, y si hay cosas que hasta el mismo viejo ignora, no me queda más que acudir a un narrador omnisciente. Que como van las cosas vengo a ser yo mismo, metido a tal. Y en general no me agradan gran cosa los narradores omniscientes, sobre todo en las historias cuyo desenlace guarda al menos una módica dosis de sorpresa. No me cae bien alguien que al mismo tiempo me cuenta y me esconde, me dice y me engatusa, hasta que a último momento se sincera. Un desencanto parecido al de los trucos de magia: un navegar fallido entre las dos aguas de la verdad y de la inocencia.
Otra cuestión espinosa es la del manejo de los tiempos. También con eso me encuentro en un apuro. Se supone que un cuento transcurre en un lapso no demasiado prolongado. No es bueno que la trama abarque un período demasiado extenso, o que abuse de los saltos temporales. Pero esta historia requiere esos recursos del ir y del venir y del detenerse en varias estaciones intermedias. No es que la trama carezca de un tiempo presente. Tiene un presente: efímero, pero lo tiene. Es el del anciano, en el exacto momento en que se pone de pie. Pero son varios los pasados que le dan origen y sentido a ese breve presente. Si esos pasados no están, no tengo idea de cómo suplirlos. Y si no puedo acudir a ellos, esto que estoy escribiendo es cada vez menos un cuento y es cada vez más otra cosa que en el fondo no sé lo que es.
Con los personajes el aprieto no es tan grave, y si los cánones del cuento clásico establecen que los personajes deben ser pocos esta historia acepta bien esa limitación. Los personajes principales son dos: el viejo en la tribuna y un muchacho que juega al fútbol, al otro lado del alambrado. Hay varios ausentes. Varios que han sido pero que ya no son. Unos cuantos fantasmas que sueldan esos pasados dispersos, lejanos y cercanos y necesarios a la trama, con el presente del sábado a la tarde en el momento en que el viejo se pone de pie.
Del viejo pueden decirse unas cuantas cosas. Unas cuantas más de las que pueden decirse del muchacho. Por algo el viejo es el núcleo sobre el que debería descansar el relato, si se me desanudan las manos y las ideas y consigo a fin de cuantas escribirlo. Él, el viejo, es el paño sobre el que se cruzan los hilos cosidos por diferentes destinos.
Empecemos diciendo que el viejo ese que escruta la cancha con el ceño fruncido —porque aunque está nublado se trata de un nublado claro y desvaído, de frío más que de lluvia, un nublado con reflejo de sol que le fatiga la vista—, carga sobre sus hombros una historia dolorosa. Iba a agregar, después del calificativo «dolorosa» y de una coma, «como todos los hombres, o por lo menos como todos los viejos». Pero ahora no estoy del todo seguro de esa sentencia. ¿Por qué iba a escribirla? ¿Por qué me arrepentí? Supongo que me resulta torpemente tranquilizador suponer que el dolor es algo que se reparte con criterio más o menos igualitario, y que cada ser humano se lleva una dosis más o menos equivalente. Que unos sufren primero y que otros sufren después, pero que a fin de cuentas a todos nos corresponde sufrir más o menos lo mismo. Aunque sea una idea torpe, supongo que la prefiero porque su contraria es inquietante: pensar que estamos destinados a sufrir mucho más que nuestros semejantes, que puede tocarnos precisamente a nosotros la peor parte en una distribución azarosa y desigual de tragedias, es un principio angustiante. Suponer que existen personas particularmente señaladas por el dolor suena a injusto, a abusivo, a caprichoso. Y debe ser así, salvo que alguien nos venga con la novedad de que el mundo es un sitio justo, equilibrado y ecuánime.
De todos modos mi divagación no hace al caso. Baste asentar aquí que este viejo, el de la historia, el que está sentado en el vigésimo tablón de una grada que en total tiene menos de treinta, el que todavía ignora que terminará por ponerse súbitamente de pie, ha sufrido mucho; y «mucho» significa aquí que le ha tocado atravesar la pena sin nombre de perder a un hijo. Muchos hombres viven y mueren sin que les ocurra eso. Este viejo, no. Este viejo ha sido atravesado por ese dolor horrendo y particular. También por otros, pero fundamentalmente por ése.
Eso no significa que el anciano viva recordando su dolor: ése o los otros. Tiene recuerdos tenebrosos, pero no son los únicos que tiene. También tiene numerosos recuerdos bellos y plácidos. Y a veces evoca esos recuerdos y no los otros. Y a veces no recuerda ninguno, porque su mente está ocupada con cosas sencillas y triviales, de esas que pueblan las compañías y las soledades.
Es muy posible que este sábado en que lo tenemos al viejo sentado en la tribuna pertenezca a esa categoría de días simples y corrientes. Y en la sencillez hay sitio para placeres igual de sencillos. Ese partido, por ejemplo, que el viejo disfruta desde la grada. Un partido entre muchachos que todavía no tienen edad de profesionales. No sólo les falta edad de tales, puede pensar el viejo, mientras mira. El viejo sabe de fútbol, y sabe detectar el talento, las condiciones, la predisposición. Y también sabe advertir su ausencia. Por eso para el viejo es evidente que muchos de esos chicos que juegan un preliminar, mientras la gente llega de a poco y sin apuro para ver un partido de la Liga Regional, no se convertirán jamás en profesionales. Terminarán trabajando en las chacras o en el pueblo, pero no podrán vivir del fútbol. Los mejores se darán el gusto de jugar en la propia Liga, y cumplirán el sueño de jugar por algo, y hacerlo en una cancha con tribunas y una hinchada, escuálida pero animosa, y eso será todo.
Muy excepcionalmente alguno escapará a esa medianía y logrará convertirse en jugador profesional. No lo conseguirá allí, claro. No en ese pueblo. Para lograrlo deberá irse a alguna ciudad con las espaldas suficientes como para aguantar un equipo en el Nacional, o en el Torneo Argentino con aspiraciones de ascender. Estará ausente unos años. La gente del pueblo, mientras dure su ausencia, buscará su nombre en la página del suplemento de deportes del diario del domingo. Y en algún momento volverá a casa, y terminará trabajando en las chacras o en el pueblo.
Difícilmente trabaje en el regimiento. Porque aunque, lindero con el pueblo, se encuentra el regimiento del ejército, es difícil que los dos —el pueblo y el regimiento— se mezclen demasiado. Es verdad que los del regimiento están, en cierto modo, dentro del pueblo. Pero al mismo tiempo, no. En algún sentido están adentro, pero en otro están afuera. Por empezar porque a los militares que lo habitan los trasladan cada tanto, y nunca dejan de ser un poco forasteros. Pero no es sólo una cuestión de rotación de personal. Ni es sólo el alambrado que rodea el perímetro del cuartel. Ni las garitas. Es algo que flota en el aire cuando están y cuando no. Cuando están presentes, se los saluda con cortesía, aun con amabilidad. Pero cuando no están la cosa es diferente. Como si el aire se moviese más. Por algo en el pueblo se refieren a ellos como «los milicos». Nunca delante de ellos. Pero cuando no están, cuando acaban de irse de los lugares, sí.
El viejo, desde donde está sentado, podría ver, si quisiera, el regimiento. Está un poco lejos, porque la cancha queda al oeste de la rotonda y del camino de acceso, y el cuartel está del otro lado de esa línea recta y gris del asfalto que viene de la ruta. Pero en las dimensiones de ese pueblo, «lejos» no lo es tanto. Por eso el viejo, si alzara la cabeza y aguzase la vista, vería las líneas grises y horizontales de los techos de las barracas, las manchas claras y regulares de las casas de los suboficiales, el verde del campo de tiro, la torre de agua. Podría ver todo eso pero no lo hace. No le agrada mirar para ese lado. Si hubiese una tribuna que le diese la espalda a ese horizonte, probablemente el viejo la utilizaría. De todos modos no hay, y la que existe le da las espaldas al oeste para que a los espectadores no los moleste el sol de la tarde. El viejo podría quedarse junto al alambrado, a la altura del césped, pero no lo hace. Antes sí. Pero de eso hace muchos años. Ahora el viejo mira siempre desde la tribuna, y lo cierto es que desde allí arriba el partido se ve mejor. Por eso está ahí arriba, mezclado con otros veinte o treinta espectadores. Los demás son familiares de los jugadores. Por eso la tribuna está casi vacía. A la hora del partido principal la cosa será distinta. Este año el pueblo ha formado un equipo bastante bueno para el torneo Regional, y anda derecho, y por eso el público acompaña.
Entre las piernas el viejo tiene una botellita de agua y un envoltorio de papel con un sándwich de salame. Tiene pensado almorzar en el entretiempo de ese partido preliminar. Siempre lleva lo mismo. Le encanta el sabor del pan con el salame. Y el agua es para bajarlo. Aparte el médico le dijo hace poco que tiene que tomar más líquido y el viejo es un paciente dócil y le hace caso.
Una vez, cuando vivía en Santa Fe, un policía quiso sacarle la botella de agua en el acceso a la cancha de Colón. El viejo, que entonces era un poco menos viejo, se lo había quedado mirando sin comprender, y el otro le dijo algo de prohibir los proyectiles en la cancha. Pero por suerte había intervenido otro policía, que lo conocía y que le dijo al primero que lo dejara pasar, que con ese señor no pasaba nada. Eran los años en que, por vivir lejos del pueblo, había tenido que prescindir de esa cancha y esos partidos. Se las había rebuscado con Colón y con Unión, pero no era lo mismo. Al viejo le gustaba esa cancha. Esos partidos. Ese salame. Aunque últimamente las urgencias de orinar lo asaltaran de repente y lo obligasen a bajar de la tribuna dos o tres veces en un rato. Maldita próstata. Menos mal que la tribuna era tan chica, porque podía ir y volver enseguida. En la cancha de Unión, o en la de Colón, hubiera sido un problema.
También por eso, estar de vuelta en el pueblo es una suerte. Porque para el viejo esos diez años en Santa Fe han sido vivir en un exilio. Su mujer había insistido en irse, después de lo de Lito, y el viejo había aceptado. En realidad había dicho «quiero irme para siempre de este pueblo de mierda». Y el viejo había respondido que sí.
Por eso fueron a Santa Fe y vivieron diez años allá. Pero cuando murió su mujer, el viejo decidió pegar la vuelta. No para contradecirla, sino para hacerle caso a su propia nostalgia. Además, no compartía el criterio de ella. Él no le echaba la culpa al pueblo por lo de Lito. «Lo de Lito y Graciela», solía aclarar para sus adentros. Su mujer nunca la nombraba. El viejo sí. Para adentro, pero la nombraba. Su mujer no. Jamás pronunciaba su nombre. También a ella, a Graciela, le echaba la culpa de lo de Lito. Al pueblo y a Graciela. El viejo no. De lo contrario, no habría vuelto.
El viejo había dudado, cuando murió su esposa, acerca de dónde enterrarla. Se decidió por Santa Fe, aunque él hubiera preferido el cementerio del pueblo. No lo hizo porque temió que para ella significase una especie de traición. Lamentó no haberlo hablado a tiempo, aunque también pensó que es muy difícil hablar de ciertas cosas. Y en verdad con su mujer era difícil hablar de todas las cosas.
Como de Lito y de Graciela. O del pueblo. Ella había preferido callar y odiar en silencio. Y desde lejos. Por eso Santa Fe.
Si al final se decidió por enterrarla en Santa Fe fue por eso que ella había dicho de no querer volver a pisar el pueblo nunca jamás, y el viejo pensó que tenía que respetárselo. Pero cuando pasaron unas semanas de su muerte el viejo decidió que ahora él podía elegir dónde vivir sin faltarle a nadie, y armó su valija y pegó la vuelta.
Había encontrado todo igual. Diez años y los mismos negocios sobre la calle principal. Los mismos juegos en la plaza. Faltaba su mujer, por supuesto. Y Lito. Los primeros días había tenido la sensación fea de que los demás cuchicheaban apenas él se alejaba dos pasos. Después se le pasó. A lo mejor no había sido cierto, eso de que murmuraran. O a lo mejor sí, y lo que había ocurrido era que una vez que todos se habían puesto recíprocamente al tanto de la historia del viejo se habían calmado y listo. A veces termina siendo bueno que la gente se aburra.
El viejo se había acomodado rápido en ese retorno al pago, y sus pocas rutinas simples lo habían ayudado. Unas compras diarias. El viaje quincenal a Santa Fe para visitar la tumba y emprolijarle los floreros y las flores. Al viejo le gusta hacer el viaje. Le pone algo distinto a la semana. Y le lleva todo el día. Y no lo entristece visitar el cementerio. Extraña mucho a su mujer, pero no es que la extrañe más de pie frente a la tumba que sentado en la galería de su casa, a la hora del mate. Como con Lito, que lo extraña en cualquier momento y en cualquier lado. De todos modos no puede comparar porque con Lito no tiene una tumba para ir a visitar, ni en el pueblo ni en otra parte. De Graciela tampoco hay tumba. Si hubiera, la visitaría. El viejo siente que le quedó trunca la curiosidad de conocerla. Ahora ya no puede. A Lito se le notaba cuánto la quería.
Ya llevo varias páginas escritas y temo haberme ido por las ramas. O no. Tal vez lo que ocurre simplemente es que mi temor inicial estaba plenamente justificado y lo que sucede es que esta historia no se deja contar y punto. Porque es todo tan intrincado, y tan antiguo, que he tenido que hablar del viejo, y de sus afectos idos, y del pueblo, y hasta del regimiento, y todavía tengo al viejo sentado en la tribuna, mirando ese partido de muchachitos, y nada de lo dicho parece acercarme lo suficiente al momento en el que el viejo, de una vez por todas, se pone de pie.
Y para peor no he dicho nada del muchacho. El muchacho, que es uno de los veintidós que juegan. Uno de los veintidós a los que el viejo mira desde la grada. Ya que entra en esta historia como jugador, tal vez corresponda describirlo primero como tal.
Juega de cinco. Tal vez le faltan unos centímetros de estatura y unos cuantos kilos de peso para dar la talla del cinco clásico, ese capaz de salir a mandar, a barrer y ordenar el medio. También es cierto que hay cincos y cincos, que existen los cincos de marca y los cincos de creación. Pero este chico es difícil de encasillar. Porque es hábil y ligero y uno podría entonces pensar que es un cinco creativo. Pero aparte mete y mete y entonces uno puede definirlo como un cinco de marca. Por eso el viejo le dedica más atención que a los otros. El viejo ha visto suficiente fútbol como para advertir que en general los tipos que saben, saben; y los que meten, meten. Pero este pibe parece pertenecer a ese género extraño de los que por un lado saben pero por otro meten. Esos jugadores distintos que aprovechan lo mucho que tienen y que suplen con huevos lo poco que les falta.
A los tres minutos de juego el muchachito ya le ha llamado la atención. En la primera o segunda pelota que tocó, en lugar de dar el pase cortito y hacia atrás, como hacen todos, encaró al cinco rival y lo gambeteó hacia adelante. Y en la siguiente, cuando tuvo que cortar un ataque de los contrarios, el pibe no dudó en poner la patita y trabar fuerte la bola, a sabiendas de que el delantero rival venía jugado e iba a llevárselo puesto. El viejo lo anticipó y lo vio, y también vio que cuando el árbitro pitó para él, se levantó, se sacudió la tierra del trasero y tocó rapidito para habilitar al diez. No se quejó, ni pidió tarjeta amarilla para el rival.
Y el viejo se lo agradeció.
Por eso el viejo lo mira. Porque ha detectado que es distinto. O tal vez empezó a mirarlo por eso, aunque ahora lo mire por otra cosa. Y por eso entrecierra los ojos. No sólo porque le molesta el reflejo del sol entre el nublado, sino porque tiene la curiosidad de conocerle mejor los rasgos. No lo ha visto antes. De eso está seguro. Por eso acaba de preguntarle a un vecino, que está sentado dos o tres escalones más abajo, quién es ese pibe que juega de cinco en el equipo de los rojos. El otro le ha contestado, después de consultarlo a su vez con otro, que es un pibe nuevo, cree, hijo de un milico del cuartel, le parece.
Ahí está lo que decíamos antes. Como el viejo es oriundo del pueblo y sus interlocutores también, le han dicho que es hijo de uno de los milicos. Nada de «suboficiales», o «personal del regimiento». Eso es todo y es suficiente. No le dan otros datos porque no los tienen. Comentan, eso sí, que tiene pinta de crack, y que no es común ver un jugador así, con esa edad, por esos pagos. Y tienen razón, piensa el viejo.
Pero hemos vuelto a salirnos del eje del asunto. ¿De dónde ha salido esta conversación del viejo con sus vecinos de tribuna? De la descripción del muchacho. De la semblanza del jugador que es el muchacho. Habrá que describirlo también físicamente, o decir algo de su historia. Algo que justifique definitivamente su inclusión en el relato.
Ya dijimos que es más bien menudo. También es ñato, y tiene los ojos muy negros y el pelo largo y enrulado. Eso es raro en los pibes del cuartel, pero a veces pasa, aunque casi nunca. En su casa se lo dicen, lo del pelo. Sobre todo ahora que viven de vuelta en las casitas de los suboficiales, esas que se ven, si uno mira, desde lo alto de la tribuna, hacia el este. «De vuelta» porque el muchacho es nacido ahí, aunque ha vivido lejos hasta hace un par de meses. Cosas de los destinos militares. Tres años en Corrientes, seis en Campo de Mayo, tres en La Pampa, tres más de nuevo en Buenos Aires.
Al pibe le han dicho que ese es su pueblo. Que es nacido ahí, en el regimiento, y eso es verdad. Pero al pibe no le gusta demasiado vivir ahí. Tal vez porque cada dos por tres lo molestan con eso de que se corte el pelo, y le dicen que queda mal. Tampoco es que lo tenga tan largo, piensa el muchacho. Pero igual lo tienen frito, en su casa, con eso. Que para entrar a la Fuerza va a tener que cortárselo sí o sí, le dicen, así que mejor que se acostumbre. Pero él se pone furioso, porque no quiere saber nada con ninguna de las dos cosas: ni con cortarse el pelo ni con entrar a la Fuerza. El pibe quiere nada más que jugar al fútbol. Jugar en serio. No se trata de que piense «quiero ser un jugador profesional y ganar mucho dinero». Es difícil que un chico de quince años piense las cosas así, con tantas palabras, con semejante profundidad de conceptos. Suponiendo que ser profesional y ganar mucho dinero sean conceptos profundos. No. El pibe simplemente sabe que los jugadores profesionales se pasan todos los días jugando a la pelota y él quiere eso para su propia vida, porque es lo que mejor hace y es lo que más le gusta.
Y además quiere dejar de andar de un lado para otro. Está bastante podrido con eso de cambiar de escuela y de barrio cada dos por tres. Y cambiar de amigos, más que nada.
Él no lo sabe. Nunca nadie sabe todas las cosas. Pero ese carácter itinerante de su crianza le ha venido estupendamente para perfeccionar su juego. Dentro de un tiempo alguien va a explicarle por qué. Va a señalarle que cuando se juega siempre con los mismos compañeros uno termina achanchándose, acostumbrándose, haciendo siempre lo mismo, resolviendo las jugadas siempre del mismo modo. Le explicará que cada quien juega lo que necesita, gambetea hasta donde le hace falta y listo. No aprende más. Y que en cambio, cuando uno juega con tipos nuevos, tiene sí o sí que esmerarse. Primero porque de entrada los demás piensan que sobra, que está de más. Y si uno quiere que le hagan un lugar tiene que ganárselo, que merecérselo. Y segundo porque de entrada a uno van a mirarlo torcido. No porque esos desconocidos sean mala gente. Pero lo van a mirar así y listo. Y tercero porque a uno no van a perdonarle nada. No le van a jugar livianito ni para que se luzca sino todo lo contrario. Le van a ir con todo, y tendrá que poner y poner y jugar y jugar, sin calentarse ni hacerse el dolorido ni el ofendido. Y que moverse, porque si uno se queda quieto no faltará el grandote que le tire todo el camión encima y le aplaste hasta las muelas. No se trata de que sean mala gente. Simplemente no lo conocen. Eso es todo. Después, con el tiempo, sí. Se harán amigos. Pero de entrada no. La macana será que si uno vive cambiando de pueblo carga siempre con el chiste ese de ser el nuevo.
Esa tarde, todavía, el pibe no sabe nada de esto. Lo ha vivido, pero no lo sabe. No es lo mismo vivir las cosas que saberlas. Parecen lo mismo, pero no lo son. Una cosa es que las cosas te sucedan y otra cosa es saber que te están sucediendo.
En todas las vidas hay cosas que no se saben. Que pasan sin que se sepan. Y algunas no se saben hasta que uno se da cuenta. Porque uno se da cuenta o porque se las dicen. O a veces sucede que cuando a uno se las dicen uno se da cuenta de que las sabía, o casi. Como eso de lo bueno que es haber cambiado de pueblo y de amigos para convertirse en un buen número cinco. El pibe no lo sabe, pero va a entenderlo cuando se lo digan. Y el que va a decírselo es el viejo. Ese viejo que está sentado en el vigésimo tablón, y que entrecierra los ojos porque le molesta el reflejo del sol entre las nubes. Ese viejo al que todavía no conoce, y que no lo conoce a él. Pero por poco, por un margen muy estrecho, por un tabique delgado que los separa de saberse y conocerse.
Y volvemos a recaer en el viejo. El viejo que mira el partido y que ha detectado al muchacho casi de entrada, cuando gambeteó con osadía y cuando apostó el físico para quitar un balón complicado. El viejo piensa que tiene talento. Ese chiquito, el cinco, el de rulos, el que viene del cuartel. Y como dándole la razón, el pibe de camiseta roja baja con delicadeza una pelota que le han jugado demasiado larga y arma una bonita pared con el volante por derecha.
Si el viejo fuese dado a la soberbia podría ufanarse de esa facilidad que tiene para entender el fútbol. Eso de advertir, de un vistazo nomás, que el de rulitos sabe. Pero el viejo es de esa gente que sabe sin necesidad de mostrar que sabe, o aun sin saber demasiado todo lo que sabe. Y eso no significa que el viejo sepa todo. De hecho, ignora cosas importantes. Tampoco para él vivir es lo mismo que saber.
Hago otra pausa para releer lo escrito y de nuevo me asalta la sospecha de que no hay modo de contar esta historia entera, cerrada y concluida. Porque todo lo dicho hasta aquí, pese a lo confuso y lo diverso, debería estar incluido en el cuento. Y sospecho que hay otro montón de cosas que se me escapan.
¿Cómo sería el final, por ejemplo? ¿Qué palabras usar para ese final? Hablé al principio del asombro del viejo. Un asombro nacido y crecido más allá de las palabras. Un asombro que le impide hablar. Un asombro que sólo le permite ponerse abruptamente de pie sobre la grada. ¿Cómo llegar a ese instante? Es cierto, si quiero ser optimista, que algunas cosas llevamos dichas. Tenemos al viejo en la tribuna, sentado. Tenemos al muchacho en la cancha, tal vez con la pelota en los pies. Desconocidos. Recíprocamente ajenos, los tenemos. Lo que poseen en común, si algo poseen, es que ignoran cosas. Bah, todos los mortales ignoran cosas, pero estos dos ignoran cosas importantes. Pero las ignoran por poco. No es que estén a años luz de la verdad. Ya dijimos que están separados por muros delgados de esa verdad.
Y el muchacho tiene la pelota en los pies. El viejo lo mira y entiende que va a hacer algo distinto. No va a revolearla sin ton ni son. No. El pibe no es de esos. El viejo está seguro y tiene razón. Cuando el rival más próximo se le viene encima, el pibe apoya la suela derecha sobre el balón y lo adelanta hacia el tipo que corre hacia él, tomando la precaución de no sacar el pie de la pelota. Y en el instante en que el otro adelante el pie para quitársela, el pibe de rulos retrocede la pierna y con ella la pelota. «Ole», se escucha, desde algún punto cercano al alambrado. El marcador desairado gira la cabeza y endereza el cuerpo, buscando al insolente. Lo encuentra sin dificultad, porque el flaquito no se ha movido. El único cambio es que ahora la pelota descansa bajo el otro pie. El marcador no quiere dejarlo pensar. Calcula que no se atreverá a repetir la maniobra y por eso se le va encima con todo lo que tiene y los pies para adelante. El pibe, que lo sabe antes de que suceda, le ha deslizado el balón por entre las piernas, y con un saltito se libra de la embestida furiosa. «Ole», vuelve a escucharse. Se oyen un par de risas en la tribuna. Unos aplausos sueltos. Ahora parece que el pibe va a meter el cambio de frente, porque mira hacia la posición del wing izquierdo y señala el ángulo de la cancha, como indicándole que corra hacia allí, que se la tira con un derechazo de tres dedos.
Pero no es lo que va a ocurrir y el único que lo sabe, además del pibe de rulos, es el viejo. Lo sabe o empieza a saberlo. Entre los que no, entre lo que ignoran que va a suceder otra cosa, está el enfurecido marcador del pibe de rulos, que acaba de juramentarse para sus adentros que ese flaquito de rulos no va a salirse con la suya, y por eso lo embiste desde atrás con toda la rabia de que dispone y que es mucha.
Este es el momento en que los músculos del viejo acaban de tensarse. Todos los músculos del viejo. Y aunque sigue sentado, ya no entrecierra los ojos. Los tiene muy abiertos porque necesita ver lo que sigue. El viejo necesita determinar si lo que acaba de ver es una casualidad o no. Depende.
Si el chico, ahora, satisfecho con el doble lujo que acaba de dibujar, se la pasa nomás al once que pica por la punta, si se la tira nomás como su propio brazo extendido parece indicar que está a punto de hacer, listo, se acabó. No era nada. Simplemente el viejo acaba de presenciar una casualidad impresionante.
Pero también puede pasar otra cosa. Puede ocurrir que el pibe no meta el cambio de frente con un zapatazo de tres dedos. Puede que se quede ahí, de espaldas a su rival, con sonrisa de torero, esperando que el otro se componga y se le venga al humo y entonces le tire un caño de espaldas y con pisada, y un breve giro del cuerpo para recoger el balón del otro lado y ahora sí, tirar el pelotazo.
Pero si hace eso último el viejo no podrá permanecer sentado. Porque entonces querrá decir que las cosas no son como el viejo viene suponiendo que eran. Algunas sí, pero otras no. Porque no es la primera vez que el viejo ve esa jugada. Esa misma. La pisada, el caño, el amague del paso largo y otro caño, de espaldas, con pisada. Hace años que la ha visto. Quince, para ser exactos. Pero no desde la tribuna, no desde el vigésimo tablón en el que ahora está, todavía, sentado. Hace quince años la vio desde el alambre, porque Lito le decía que lo mirase desde ahí, desde el lateral, porque le gustaba tenerlo cerca para escucharle los consejos y el viejo le daba el gusto.
Era bueno, Lito. Muy bueno. Lito también era distinto. Cómo lo quería el viejo. No sólo porque fuera capaz de meter ese triplete imposible, aunque también. Y el pibe, el de rulos, sigue esperando. Claro que son sólo unos segundos. Tardo mucho más en contarlo que en que suceda. ¿Cuánto puede tardar un marcador en ponerse de pie y volverse hecho una furia hacia el flaquito que acaba de humillarlo? Pero por otro lado el tiempo es una experiencia subjetiva. Quince años pueden ser una eternidad o un suspiro, según sepamos o no sepamos el grosor del tabique que separa el saber del no saber lo que hemos vivido. Y nuestra identidad y nuestra herencia pueden yacer encriptadas en un peculiar encadenamiento del ácido de nuestras células, pero también y al mismo tiempo manifestarse en el modo único e irrepetible de hilvanar tres gambetas al hilo contra el mismo marcador y en la superficie de medio metro cuadrado de césped.
Supongo que aquí se acaba esta historia. Con el pibe de rulos, nacido en el regimiento, que toca la bola con una pisada hacia atrás, apenitas. Termina con el pibe de ojos renegridos quebrando la cintura para esquivar la locomotora enceguecida del rival que no puede evitar comerse el caño. Termina con el último «Ole» admirado de los veinte o treinta familiares regados por la tribuna. Termina con el viejo que ahora sí, enmudecido en su certeza, se pone de pie.

Eduardo Sacheri | Del libro «Un viejo que se pone de pie y otros cuentos», Ed. Galerna, 2007.

La muerte tiene permiso [Cuento - Texto completo.] Edmundo Valadés


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Edmundo Valadés

México:
1915-1994

La muerte tiene permiso

[Cuento - Texto completo.]
Edmundo Valadés

Sobre el estrado, los ingenieros conversan, ríen. Se golpean unos a otros con bromas incisivas. Sueltan chistes gruesos cuyo clímax es siempre áspero. Poco a poco su atención se concentra en el auditorio. Dejan de recordar la última juerga, las intimidades de la muchacha que debutó en la casa de recreo a la que son asiduos. El tema de su charla son ahora esos hombres, ejidatarios congregados en una asamblea y que están ahí abajo, frente a ellos.
-Sí, debemos redimirlos. Hay que incorporarlos a nuestra civilización, limpiándolos por fuera y enseñándolos a ser sucios por dentro…
-Es usted un escéptico, ingeniero. Además, pone usted en tela de juicio nuestros esfuerzos, los de la Revolución.
-¡Bah! Todo es inútil. Estos jijos son irredimibles. Están podridos en alcohol, en ignorancia. De nada ha servido repartirles tierras.
-Usted es un superficial, un derrotista, compañero. Nosotros tenemos la culpa. Les hemos dado las tierras, ¿y qué? Estamos ya muy satisfechos. Y el crédito, los abonos, una nueva técnica agrícola, maquinaria, ¿van a inventar ellos todo eso?
El presidente, mientras se atusa los enhiestos bigotes, acariciada asta por la que iza sus dedos con fruición, observa tras sus gafas, inmune al floreteo de los ingenieros. Cuando el olor animal, terrestre, picante, de quienes se acomodan en las bancas, cosquillea su olfato, saca un paliacate y se suena las narices ruidosamente. Él también fue hombre del campo. Pero hace ya mucho tiempo. Ahora, de aquello, la ciudad y su posición solo le han dejado el pañuelo y la rugosidad de sus manos.
Los de abajo se sientan con solemnidad, con el recogimiento del hombre campesino que penetra en un recinto cerrado: la asamblea o el templo. Hablan parcamente y las palabras que cambian dicen de cosechas, de lluvias, de animales, de créditos. Muchos llevan sus itacates al hombro, cartucheras para combatir el hambre. Algunos fuman, sosegadamente, sin prisa, con los cigarrillos como si les hubieran crecido en la propia mano.
Otros, de pie, recargados en los muros laterales, con los brazos cruzados sobre el pecho, hacen una tranquila guardia.
El presidente agita la campanilla y su retintín diluye los murmullos. Primero empiezan los ingenieros. Hablan de los problemas agrarios, de la necesidad de incrementar la producción, de mejorar los cultivos. Prometen ayuda a los ejidatarios, los estimulan a plantear sus necesidades.
-Queremos ayudarlos, pueden confiar en nosotros.
Ahora, el turno es para los de abajo. El presidente los invita a exponer sus asuntos. Una mano se alza, tímida. Otras la siguen. Van hablando de sus cosas: el agua, el cacique, el crédito, la escuela. Unos son directos, precisos; otros se enredan, no atinan a expresarse. Se rascan la cabeza y vuelven el rostro a buscar lo que iban a decir, como si la idea se les hubiera escondido en algún rincón, en los ojos de un compañero o arriba, donde cuelga un candil.
Allí, en un grupo, hay cuchicheos. Son todos del mismo pueblo. Les preocupa algo grave. Se consultan unos a otros: consideran quién es el que debe tomar la palabra.
-Yo crioque Jilipe: sabe mucho…
-Ora, tú, Juan, tú hablaste aquella vez…
No hay unanimidad. Los aludidos esperan ser empujados. Un viejo, quizá el patriarca, decide:
-Pos que le toque a Sacramento…
Sacramento espera.
-Ándale, levanta la mano…
La mano se alza, pero no la ve el presidente. Otras son más visibles y ganan el turno. Sacramento escudriña al viejo. Uno, muy joven, levanta la suya, bien alta. Sobre el bosque de hirsutas cabezas pueden verse los cinco dedos morenos, terrosos. La mano es descubierta por el presidente. La palabra está concedida.
-Órale, párate.
La mano baja cuando Sacramento se pone en pie. Trata de hallarle sitio al sombrero. El sombrero se transforma en un ancho estorbo, crece, no cabe en ningún lado. Sacramento se queda con él en las manos. En la mesa hay señales de impaciencia. La voz del presidente salta, autoritaria, conminativa:
-A ver ese que pidió la palabra, lo estamos esperando.
Sacramento prende sus ojos en el ingeniero que se halla a un extremo de la mesa. Parece que solo va a dirigirse a él; que los demás han desaparecido y han quedado únicamente ellos dos en la sala.
-Quiero hablar por los de San Juan de las Manzanas. Traímos una queja contra el Presidente Municipal, que nos hace mucha guerra y ya no lo aguantamos. Primero les quitó sus tierritas a Felipe Pérez y a Juan Hernández, porque colindaban con las suyas. Telegrafiamos a México y ni nos contestaron. Hablamos los de la congregación y pensamos que era bueno ir al Agrario, pa la restitución. Pos de nada valieron las vueltas ni los papeles, que las tierritas se le quedaron al Presidente Municipal.
Sacramento habla sin que se alteren sus facciones. Pudiera creerse que reza una vieja oración, de la que sabe muy bien el principio y el fin.
-Pos nada, que como nos vio con rencor, nos acusó quesque por revoltosos. Que parecía que nosotros le habíamos quitado sus tierras. Se nos vino entonces con eso de las cuentas; lo de los préstamos, siñor, que dizque andábamos atrasados. Y el agente era de su mal parecer, que teníamos que pagar hartos intereses. Crescencio, el que vive por la loma, por ai donde está el aguaje y que le intelige a eso de los números, pos hizo las cuentas y no era verdá: nos querían cobrar de más. Pero el Presidente Municipal trajo unos señores de México, que con muchos poderes y que si no pagábamos nos quitaban las tierras. Pos como quien dice, nos cobró a la fuerza lo que no debíamos…
Sacramento habla sin énfasis, sin pausas premeditadas. Es como si estuviera arando la tierra. Sus palabras caen como granos, al sembrar.
-Pos luego lo de m’ijo, siñor. Se encorajinó el muchacho. Si viera usté que a mí me dio mala idea. Yo lo quise detener. Había tomado y se le enturbió la cabeza. De nada me valió mi respeto. Se fue a buscar al Presidente Municipal, pa reclamarle… Lo mataron a la mala, que dizque se andaba robando una vaca del Presidente Municipal. Me lo devolvieron difunto, con la cara destrozada…
La nuez de la garganta de Sacramento ha temblado. Soo eso. Él continúa de pie, como un árbol que ha afianzado sus raíces. Nada más. Todavía clava su mirada en el ingeniero, el mismo que se halla al extremo de la mesa.
-Luego, lo del agua. Como hay poca, porque hubo malas lluvias, el Presidente Municipal cerró el canal. Y como se iban a secar las milpas y la congregación iba a pasar mal año, fuimos a buscarlo; que nos diera tantita agua, siñor, pa nuestras siembras. Y nos atendió con malas razones, que por nada se amuina con nosotros. No se bajó de su mula, pa perjudicarnos…
Una mano jala el brazo de Sacramento. Uno de sus compañeros le indica algo. La voz de Sacramento es lo único que resuena en el recinto.
-Si todo esto fuera poco, que lo del agua, gracias a la Virgencita, hubo más lluvias y medio salvamos las cosechas, está lo del sábado. Salió el Presidente Municipal con los suyos, que son gente mala y nos robaron dos muchachas: a Lupita, la que se iba a casar con Herminio, y a la hija de Crescencio. Como nos tomaron desprevenidos, que andábamos en la faena, no pudimos evitarlo. Se las llevaron a fuerza al monte y ai las dejaron tiradas. Cuando regresaron las muchachas, en muy malas condiciones, porque hasta de golpes les dieron, ni siquiera tuvimos que preguntar nada. Y se alborotó la gente de a deveras, que ya nos cansamos de estar a merced de tan mala autoridad.
Por primera vez, la voz de Sacramento vibró. En ella latió una amenaza, un odio, una decisión ominosa.
-Y como nadie nos hace caso, que a todas las autoridades hemos visto y pos no sabemos dónde andará la justicia, queremos tomar aquí providencias. A ustedes -y Sacramento recorrió ahora a cada ingeniero con la mirada y la detuvo ante quien presidía-, que nos prometen ayudarnos, les pedimos su gracia para castigar al Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas. Solicitamos su venia para hacernos justicia por nuestra propia mano…
Todos los ojos auscultan a los que están en el estrado. El presidente y los ingenieros, mudos, se miran entre sí. Discuten al fin.
-Es absurdo, no podemos sancionar esta inconcebible petición.
-No, compañero, no es absurda. Absurdo sería dejar este asunto en manos de quienes no han hecho nada, de quienes han desoído esas voces. Sería cobardía esperar a que nuestra justicia hiciera justicia, ellos ya no creerán nunca más en nosotros. Prefiero solidarizarme con estos hombres, con su justicia primitiva, pero justicia al fin; asumir con ellos la responsabilidad que me toque. Por mí, no nos queda sino concederles lo que piden.
-Pero somos civilizados, tenemos instituciones; no podemos hacerlas a un lado.
-Sería justificar la barbarie, los actos fuera de la ley.
-¿Y qué peores actos fuera de la ley que los que ellos denuncian? Si a nosotros nos hubieran ofendido como los han ofendido a ellos; si a nosotros nos hubieran causado menos daños que los que les han hecho padecer, ya hubiéramos matado, ya hubiéramos olvidado una justicia que no interviene. Yo exijo que se someta a votación la propuesta.
-Yo pienso como usted, compañero.
-Pero estos tipos son muy ladinos, habría que averiguar la verdad. Además, no tenemos autoridad para conceder una petición como esta.
Ahora interviene el presidente. Surge en él el hombre del campo. Su voz es inapelable.
-Será la asamblea la que decida. Yo asumo la responsabilidad.
Se dirige al auditorio. Su voz es una voz campesina, la misma voz que debe haber hablado allá en el monte, confundida con la tierra, con los suyos.
Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal, que levanten la mano…
Todos los brazos se tienden a lo alto. También las de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.
-La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.
Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.
-Pos muchas gracias por el permiso, porque, como nadie nos hacía caso, desde ayer el Presidente Municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.
FIN

1955

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La lección [Cuento - Texto completo.] Ramón J. Sender

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Ramón J. Sender

España:
1901-1982


El capitán Hurtado era el único oficial profesional que teníamos en Peguerinos en 1936. No acababa de salir de su asombro ante las milicias. Veía que las virtudes civiles daban un excelente resultado en el campo de batalla, y eso debía de contradecir los principios de su ciencia militar. Tenía un gran respeto por la combatividad y el valor de los milicianos, pero no comprendía políticamente la democracia, y a los que querían hablarle de las libertades populares les contestaba con un gesto impaciente: “Para cuatro días que uno va a vivir, dejadme en paz con vuestras tonterías”. Los milicianos se reían y movían lentamente la cabeza. Pero la disposición de Hurtado para el trabajo de guerra al lado de unos hombres cuya ideología no comprendía les era simpática a todos.
-Con vosotros -solía decir Hurtado a los milicianos- se puede ir a todas partes.
Eso les halagaba.
Aquel día Hurtado llamó a cinco hombres elegidos entre los más decididos. Cuatro muchachos y un viejo. Este era tipógrafo. Entre los otros había un ingeniero industrial, un metalúrgico y dos albañiles. El tipógrafo protestaba siempre porque no tenía tiempo para nada. Desde hacía tres días trataba en vano de leer un discurso del líder sindical de su organización, que había sido publicado en folleto y que llevaba consigo todo sucio y arrugado.
Cuando acudieron a la pequeña casa de madera que había a la salida del pueblo, el capitán no había llegado aún y le esperaron más de media hora. El tipógrafo sacó de la cartuchera el folleto y se puso a leer. Por fin apareció el capitán, acompañado de un sargento telegrafista que solía manejar un heliógrafo. Ese sargento, aunque mostraba un gran entusiasmo por las ideologías políticas de los milicianos con quienes hablaba en cada caso, no tenía la simpatía de nadie. Veían en él algo servil que a nadie convencía. Era corriente oír hablar de él con reservas.
Antes de sentarse, hizo un largo aparte con el sargento. Cuando este se fue, dijo a los milicianos que le había llamado para exponerles un plan de penetración y acción en el campo enemigo. Era muy arriesgado y reclamaba la mayor atención. La derrota sufrida el día anterior por el enemigo había forzado a Mola a organizar su campo seriamente para la resistencia. El enemigo estaba muy bien fortificado, había establecido una línea regular y contaba con abundantes refuerzos. Debían de tener patrullas de reconocimiento, con los restos de la caballería mora que lograron salvarse el día anterior. Los milicianos escuchaban impacientes. Hubieran querido asimilar en un instante los conocimientos de aquel hombre. Pero cada cual pensaba que, si Hurtado sabía siempre las condiciones en que se encontraba el enemigo y en un combate conocía el momento y el lugar del contraataque, eso se debía a sus seis años de academia. Ese nombre -Academia- tenía una fuerza y un prestigio abrumador.
-No es necesario el fusil para estos servicios -explicaba Hurtado-. Son mejores las bombas de mano. Tres de vosotros llevaréis también un pico. Los otros dos, una pala. Cada uno, un rollo de cuerda de cinco o seis metros.
Después de una pausa en la que el capitán pareció muy preocupado por las hebillas de su alta bota de cuero, aunque se veía que pensaba en otra cosa, continuó:
-La penetración en el campo enemigo tiene por objeto producir la sorpresa y la desorientación. Para eso hay que saber evitar los puestos de observación, y esto se consigue estudiando bien el itinerario y escogiendo también la hora en relación con la posición del sol o de la luna. El itinerario, flanqueando el viejo camino de resineros…
De nuevo se interrumpió para vigilar la hebilla que no quería dejarse atar. Cuando parecía dispuesto a reanudar la lección, llegó de nuevo el sargento telegrafista. El capitán se levantó y salió fuera. Parecía muy distraído. El tipógrafo sacó su folleto y se puso a leer. El joven ingeniero industrial pensó que no estaba bien salir a hablar aparte con el telegrafista, pero quizá los profesionales daban un gran valor al secreto militar, y eso no podía parecerle mal.
Hurtado volvió a entrar y dijo que tenía que salir para un servicio urgente. La lección la daría al atardecer y la penetración de la patrulla sería antes del alba, al día siguiente. Había tiempo. Todavía se detuvo para advertir que si antes de la media noche no se habían podido reunir de nuevo, los milicianos debían ir a buscarle al Estado mayor o donde estuviera. El tipógrafo guardó su folleto en la cartuchera y contempló extrañado al capitán. “Es raro -pensó-. Parece un hombre diferente. Se mueve, se sienta, se levanta, habla como si le dolieran la cabeza o las muelas.”
La patrulla iba y venía por el campamento esperando la hora de la reunión. Los cinco milicianos habían quedado libres de servicio aquel día y el tipógrafo seguía leyendo el folleto, algunos de cuyos párrafos había subrayado cuidadosamente con lápiz. Después del bombardeo de la aviación enemiga, hacia las cuatro de la tarde hubo bastante calma. El silencio del frente era horadado a veces por el fuego mecánico de las ametralladoras. A veces, también, cantaba un gallo en un corral próximo, lo que según el joven ingeniero era una provocación intolerable a su estómago.
Hurtado salió al atardecer, con el sargento, hacia las avanzadas. El cabo de intendencia lo vio ir y venir indeciso. Llegó a los primeros puestos del ala derecha y advirtió a los centinelas que tuvieran cuidado al disparar porque iba a reconocer el “terreno de nadie”. Los centinelas lo vieron salir asombrados. “Con hombres tan valientes y tan inteligentes -se dijeron también- se puede ir a todas partes.” Hurtado y el telegrafista avanzaron con grandes precauciones en dirección a una casita abandonada, de cuyas ruinas salía humo. Luego los centinelas los perdieron de vista, pero en los relevos se transmitían la consigna: “Cuidado al disparar, que el capitán Hurtado anda por ahí”. Era ya medianoche y no había vuelto aún.
A la una de la madrugada el tipógrafo reunió a los demás compañeros y les recordó que el capitán les había dicho que después de medianoche debían buscarlo donde estuviera. Antes del amanecer había que realizar el servicio, y para eso necesitaban conocer las instrucciones completas. Ya de acuerdo, se enteraron por el cabo de intendencia y el sargento de la segunda compañía del batallón Fernando de Rosa del camino tomado por el capitán. Con el fusil en bandolera, la bayoneta colgada al costado y media docena de bombas de mano, llegaron los cinco a las avanzadas. Los centinelas les indicaron el lugar por donde Hurtado había desaparecido. La patrulla buscaba entre las sombras, que a veces esclarecía una luna tímida. Con la obsesión de un servicio que había que hacer “antes de la madrugada”, recordaban sus palabras: “Si a las doce no nos hemos reunido, buscadme”. Y los cinco siguieron avanzando cautelosamente en la noche.
Antes de llegar a la casita en ruinas sintieron a su izquierda una ametralladora. En la noche, los disparos eran estrellas rojas de una simetría perfecta. Se arrojaron al suelo y siguieron avanzando. Volvieron a detenerse poco después porque oyeron voces humanas. No comprendían las palabras, pero reconocían el acento atiplado de los moros. El tipógrafo y otros dos avanzaron y los demás quedaron esperando con los fusiles preparados. Pocos minutos después vieron un grupo de caballos sin jinetes atados entre sí. Como las voces se habían alejado y durante más de media hora no vieron a nadie, siguieron avanzando.
– Cuando encontremos a Hurtado -decía el tipógrafo-, va a ser muy tarde.
Otro miliciano afirmaba y añadía que, por si ese retraso no bastaba, todavía sería preciso volver al campamento a equiparse como el capitán había dicho. La última palabra que le habían oído, con la cual quedaba inconclusa una frase de un valor inapreciable era: “el itinerario junto al camino viejo de resineros…”. Había que conocer esa frase entera; había que escuchar sus instrucciones antes de penetrar en el campo enemigo si querían hacer un buen trabajo.
-Entrar en el campo enemigo -se decían- no es tarea para el primer miliciano que llega.
En el fondo de un hoyo de obús encontraron al telegrafista. Se quejaba débilmente y parecía haber perdido el conocimiento. Estaba herido en la cabeza y en el pecho. Tenía también una mano ensangrentada. Pero a veces indicaba con esa misma mano una dirección y reía vagamente. Quizá no se reía, pero la boca ancha y hundida bajo las narices daba esa impresión. En la mano izquierda le faltaba el dedo anular. Los que habían dudado del telegrafista se sentían ahora avergonzados. Con la mano ensangrentada seguía señalando el camino de Hurtado en las sombras. Pero no conseguía hablar. Como se negaba a ser evacuado le dieron agua y lo dejaron allí. Siguieron adelante. El tipógrafo dijo que los moros habían cortado el dedo anular al telegrafista para robarle la alianza de oro. Antes de terminar estas palabras llegaron dos obuses del 7,5. Un balín hirió al ingeniero en el brazo. Se oyó una blasfemia y el herido quedó rezagado buscando algo con que atarse el brazo por encima de la herida.
Pero seguían avanzando. Rebasaron dos nidos de ametralladoras, perdieron algún tiempo tratando de reconocer en la oscuridad -la luna se había ocultado de nuevo- por el tacto las facciones de un muerto. Llevaba bigote y, por lo tanto, no podía ser Hurtado. Y siguieron.
Por fin, momentos antes del amanecer, estuvieron ante Hurtado. Pero aquel era otro campamento. Quizá correspondiera al sector de Las Navas. Hurtado abrió unos ojos enormes, de asombro. Su extrañeza era como una serie de preguntas tan claras que no hacía falta formularlas.
-Dijo usted que le buscáramos -explicaban los milicianos.
Hurtado, con la voz temblorosa, mirando los fusiles, preguntaba:
-¿Yo? ¿Para qué?
Estaba tan desconcertado que no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios.
-Para que nos diga cómo hay que penetrar en el campo rebelde.
Hurtado había perdido la mirada juvenil y franca que tenía en Peguerinos. Los milicianos creían que estaba disgustado porque no llevaban las bombas ni los rollos de cuerda. El tipógrafo advirtió:
-Luego iremos a dejar los fusiles y a equiparnos como usted nos dijo, pero quisiéramos que terminara de darnos sus instrucciones para entrar en el campo enemigo.
Fuera comenzaba a amanecer. A la luz del día era ya visible la bandera traidora de Franco. El capitán desapareció y los milicianos quedaron recordando las palabras con las que había interrumpido su lección: “la penetración en el campo enemigo, junto al camino viejo de resineros…”. No era tan fácil entrar en el campo enemigo. Solo un oficial con seis años de academia militar podía pretender organizar un servicio tan difícil. Se sentaron todos en semicírculo. El ingeniero apretó un poco más la venda del brazo, sirviéndose de los dientes y de la mano libre. Habían dejado una silla en el centro, para Hurtado.
Este volvió, pero venían con él dos oficiales acompañados de más de quince soldados, quienes desarmaron a los milicianos y los condujeron a una zanja. Dijeron al joven ingeniero:
-Salta ahí dentro y así nos evitas tener que arrastrar luego tu cuerpo.
Dispararon sobre él y allí quedó, encogido, en el fondo. Ordenaron al tipógrafo que cogiera una paletada de cal de un pequeño montón que había al lado y la echara al muerto. El tipógrafo contestó en silencio mostrando sus manos atadas. Lo desataron. Cogió la pala y miró a su alrededor. Hurtado no estaba. Volvió a dejarla caer, salvó de un brinco una pequeña cerca de piedra y corrió, corrió, corrió. A sus espaldas oyó varias descargas de fusil. Las pistolas sonaban también como botellitas a las que se les quita de pronto un corcho muy ajustado. Sintió en las piernas los golpes de unas ramas de arbusto que no existían y en la boca un líquido caliente y salado.
Pudo llegar a Peguerinos. Allí estaba yo. Me contó todo esto mientras el médico se preparaba para hacerle una transfusión de sangre. Después sacó su folleto sindical del bolsillo y se puso a leerlo.
FIN

“Voz de Madrid”, 1938