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viernes, 8 de julio de 2016

Cuento corto de Guillermo Fadanelli: Me basta



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cuento, Guillermo Fadanelli

Todo comenzó cuando abrí una puerta que debió mantenerse siempre cerrada. No soy la clase de bebedor que acostumbra husmear en las habitaciones de las casas a donde se me invita. La rutina que sigo cuando me presento en una fiesta es sencilla: selecciono un sillón en el rincón más cómodo de la casa, sonrío, bebo todo lo que se me ponga a la mano y me marcho cuando se termina el vino o cuando los anfitriones están cansados y hartos de la reunión que ellos mismos propiciaron. Sí, es cierto que la rutina no siempre puede seguirse al pie de la letra y justo eso fue lo que sucedió el día en que abrí la puerta indebida y conocí a Siena.
No sé cuántas personas han conocido a la mujer más importante de su vida en una tina de baño, pero en mi caso los hechos ocurrieron de esa manera. La numerosa reunión tuvo lugar en una elegante casa de varios pisos ubicada en una hermosa calle empedrada al sur de la ciudad, en el barrio de Tlalpan. Los baños señalados para el uso de las visitas se hallaban ocupados y pese a que no conocía lo suficiente al anfitrión como para internarme en sus dominios, subí unas escaleras que conducían hasta el tercer piso. Estaba seguro de encontrar un baño desocupado, pero a quien descubrí desnuda, sumida en el agua tibia de la tina de baño, los ojos cerrados, sus oídos bloqueados por unos audífonos de los que emanaba un sonido para mí confuso, fue a Siena.
Permanecí más de un eterno minuto mirándola, azorado, dudoso entre marcharme de allí y volver a la reunión o alargar más mi tiempo a su lado. Sin embargo, tomar una decisión precipitada no fue necesario porque ella abrió sus hermosos ojos almendrados y me dijo: “¿Vienes a drogarte o eres un pervertido?” No recuerdo cuáles fueron las palabras que utilicé pera justificar mi intromisión, pero mi desasosiego debió parecerle gracioso porque enderezó unos grados su cuerpo, se despojó de sus audífonos y me preguntó si podía conseguirle un poco de cocaína.
No me sorprende que en los tiempos que corren las jóvenes sean tan dueñas de sí, sobre todo cuando están en presencia de un hombre que las contempla embelesado; lo que me asombró en esa ocasión fue mi propia conducta. Hurgué en mi pantalón en busca de cocaína, puse la bolsita de plástico sobre las pantaletas de Siena, las cuales se hallaban a un lado de la tina, y salí de ese cuarto a paso apresurado, como si el único impulso que animara mis extremidades consistiera en alejarme de ese lugar.
Volví a la reunión e intenté conversar con mi anfitrión, un académico famoso sepultado en honores universitarios, para conocer así detalles sobre las personas que habitaban la casona, pero me decepcionó su escrupulosa amabilidad, la cual quise interpretar como hastío, y me marché sin despedirme de nadie. Buscaba una fuerte dosis de sosiego y sabía que la encontraría en la tranquilidad de mi departamento. Minutos después de la media noche, instalado en mi casa, hice lo que nunca antes durante los diez años que he vivido en soledad: puse una tina de agua caliente, introduje mi cuerpo en el agua, conecté uno saudífonos en mis oídos e intenté reproducir en mi mente la escena recién acaecida en casa del académico. Siena era yo mismo siendo observada por un sujeto desconocido que resultaba ser también yo mismo. Aquello fue un rotundo fracaso, un gorila sumido en una estrecha tina de cerámica no podría jamás ejercer ningún poder de seducción, sino a lo más causar conmiseración o risa.
La segunda ocasión que me encontré con Siena fue al contemplar un cartel de publicidad a orillas del viaducto Piedad. La misma sonrisa complaciente, su cuerpo delicado, su cabellera lacia, era ella, no podía ser otra. La joven había permanecido en mi mente como un trauma en el imaginario de un niño y se quedaría en ese sitio por el resto de mis días. Para defenderme de ese trauma cada vez más incómodo dejé incluso de pasar por viaducto y de mirar carteles que me recordaran el incidente vivido semanas atrás. Lo hice impelido por una suerte de disciplina estricta que suele acompañarme cada vez que me encuentro asolado por el deseo. De nada me sirvió la supuesta disciplina: un jueves de agosto Siena se presentó en mi casa acompañada por un diminuto perro que llevaba una rama de árbol en el hocico.
Si las dos puertas se hubieran mantenido cerradas mi vida actual sería diferente, pero los seres humanos no tenemos opciones en la vida, eso es una mentira, sólo contamos con un camino que debe ser recorrido siguiendo la batuta de la más estricta resignación. La prueba de esto la encontré en el semblante del perro que acompañaba a Siena, un animal simpático que parecía decirme: “Bien, es tu turno para ceñirte la correa”. Por un momento fui presa del mismo deseo que me acometió cuando abrí la puerta del baño en la casa del académico, escapar, volver a mi casa, pero en esta ocasión no podía marcharme, ¿a dónde? Ni siquiera estaba seguro de querer cerrar la puerta y así desprenderme de la alucinación. Como he dicho antes no había más que una sola opción, la invité a pasar, aunque mis ojos no lograban separarse de la correa del perro, una cinta de cuero negro adornada de estoperoles.
–¿Cómo supiste dónde vivía?
–Es sencillo, soy nada menos que una de las vecinas jóvenes que aparecen en tus relatos.
–Obtuviste mi dirección de la editorial.
–Te he visto varias veces pasar frente a mi departamento. Vivo cerca de aquí.
–¿No vives en casa de tu padre?
–No era mi padre. Subí a buscar un baño desocupado y no pude resistirme. La fiesta era aburridísima y preferí darme un baño de agua tibia.
–Trabajas como modelo, te he visto en un cartel cerca de viaducto  –¿Por qué deseaba a toda costa obtener una certeza? Cobardía, ésa es la palabra. Abandonar la somnolencia amorosa en que me había hundido después de ver su cuerpo bajo una capa de agua transparente.
–La ciudad está llena de esos anuncios, si no me ves es porque estás ciego. No creas que me dedico a modelar, he posado sólo una vez.
Siena entró a la sala y dejó libre a su perro. La pequeña bestia continuaba sujetando la rama en el hocico, y la abandonó solamente para olisquear una de las patas de mi mesa plegable. Siena me preguntó si había en mi casa una tina y si le permitiría tomar un baño de agua caliente. No se tardaría más de media hora, me aseguró, y no debía preocuparme por su mascota: “Severino es un perro educado”.
Pasaron más de quince minutos luego de que su cuerpo espigado cerrara tras de sí la puerta de uno de los dos baños de mi departamento. Severino se trepó a mi sofá dispuesto a tomar una siesta. Yo, en cambio, angustiado como estaba, sumido en una especie de desesperación pasiva, abrí cautelosamente la puerta que me separaba de Siena y la descubrí recostada en la tina, con el agua apenas sobrepasando la piel de su cuerpo y los minúsculos audífonos adheridos a sus oídos. Estuve observándola durante algunos minutos hasta que ella abrió los ojos y me dijo: “¿Vienes a drogarte o eres un pervertido?”. Balbucee tal como lo hice en la residencia del académico meses atrás, ¿qué palabra podría acumular valor ante su presencia inesperada? Me preguntó si podía regalarle un poco de cocaína, sus ojos no miraban a un extraño, me comprendían como nadie antes lo había hecho a lo largo de mi vida. En seguida me dirigí a mi recámara y volví para colocar encima de sus pantaletas un papel con medio gramo de cocaína. Las bragas se hallaban a un lado de la tina, junto a su blusa de tirantes y a sus botines sin tacón. De nuevo, como en nuestro primer encuentro, salí apresuradamente del baño, pero no me marché, ¿a dónde? Preferí sentarme a un lado de Severino e intentar someter mis pronunciados deseos de llorar, de rebelarme frente a lo que parecía una sentencia definitiva. Media hora después, Siena salió del baño, me acarició el cabello, puso la correa en el cuello de Severino (el perro había recuperado su rama de árbol y aguardaba impaciente su nuevo paseo), y se marchó.
La secuencia se repitió tres veces más sin demasiadas variaciones durante siete meses, hasta que un día no pude más y le supliqué a Siena que me permitiera pasar más tiempo a su lado. “Me basta con un poco de tu amor, de tu perfume, no quiero vivir con la conciencia de que un día no volverás”, supliqué. Se burló de mí abiertamente a pesar de que mis palabras la conmovieron.
–Puedes acompañarme dos veces por mes al cine, a una reunión o a donde sea, pero la condición es que no te atrevas a hablar conmigo, serás como Severino, ¿te parece, señor escritor? Sólo responderás a mis preguntas y si un día tomas libertades de más o rompes las reglas nunca volveré a bañarme en tu tina.
–Sí, haré lo que desees, pero no comprendo por qué una joven que no ha cumplido siquiera veinte años puede someterme como a un perro.
–Lo aprendí de tus novelas.
–Son invenciones, nadie en su sano juicio puede creer en mis historias.
–Creo en tus historias, Guillermo, y espero que no tengamos nunca más una conversación tan larga como ésta. ¿Quieres que te abandone para siempre?
–No, de ninguna manera. Me basta con lo que quieras darme.
–Tengo un novio.
–No me importa saber si tienes dueño o no.
–Y amantes.
–Tampoco me importa.
–Y cada vez que me pongo ebria me acuesto con quien deseo. Lo puedo hacer incluso cuando estés presente. ¿Enterado, señor escritor?
Esta última amenaza no ha sido aún cumplida, y creo que no lo será porque Siena me ha tomado cariño. Nuestra rutina se acerca mucho a la idea que tengo de la felicidad. Nadie podría hacerme comprender lo contrario, y el dinero que se me va comprando cocaína para Siena es insignificante comparado con el que se requiere para mantener a una esposa o a una pareja permanente. Continúo escribiendo novelas y mi vida social es bastante limitada. Mis libros se venden poco, aunque sé por boca de mis editores que mi público es joven y pronto crecerán, tendrán dinero y me harán rico. A veces, Siena me permite acompañarla cuando sale a divertirse con sus amigos, pero debo mantenerme en una mesa apartada y no intervenir a menos que ella lo demande. Sólo cuando vamos al cine me deja permanecer a su lado y entonces soy tremendamente dichoso. ¡Cómo no serlo si pronto cumpliré cincuenta años! Hace unos días, Siena me comunicó que pronto se ofrecerá otra reunión en casa del académico donde nos conocimos, ese académico lleno de honores que tiene una casa de tres pisos. Allí celebraremos nuestro primer aniversario.
Guillermo Fadanelli, Mariana Constrictor, Almadía, 2011

Microrrelato de Ángel Olgoso: La mujer transparente

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Ángel Olgoso, microrrelato, la mujer transparente
Escritor español Ángel Olgoso. Fuente de la imagen
LA MUJER TRANSPARENTE
Ángel Olgoso
microrrelato 
La mujer se desnuda, unta de miel todo su cuerpo con minuciosidad, se revuelca a conciencia en un montón de trigo dispuesto en el pajar, recoge parsimoniosamente los granos pegados a la piel, uno por uno, y elabora con ellos una sabrosa torta que dará a comer al hombre cuando regrese.
Con la leña del horno arden también pasadas aflicciones y crueldades, se queman una vez más temores y egoísmos, las lágrimas estallan de nuevo entre chispas esparciendo un fragante aroma que perfuma la casa como si fuese incienso. Los ojos de la mujer, vigilantes y esperanzados, se dirigen a la entrada y su corazón late con una fuerza que parece ensanchar las puertas. Se ha soltado la cinta del pelo y ha adornado la mesa con flores en torno al pastel incitador. Cuando el hombre llega, pasa ante la mujer sin detenerse y sin mirarla, anunciando que viene comido.

Microrrelato de Jorge Luis Borges: La trama

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Microrrelato de Jorge Luis Borges: La trama

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

Cuento de Margarita Martín Ortiz: Abrir un libro

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Marguerite Gerard, cuento
Desde que supo que el propietario de la librería para la que trabajaba estaba considerando cerrar, Laura sintió como si acabaran de comunicarle que la enfermedad de un ser querido entraba en fase terminal. De tal modo lo asimiló a la proximidad de la muerte, que comenzó a llegar antes y a marcharse más tarde, como si estuviese llevando a cabo un sistema de turnos para cuidar a un enfermo y pusiese su máximo empeño en que el paciente no se marchara sin que ella estuviese presente para despedirse.
Se esmeró por arreglar el escaparate como nunca antes había hecho. Las novedades que aún llegaban, como una débil muestra de que aún podían sobrevivir, y que antes permanecían en la caja en uno de los pasillos más tiempo del debido, eran colocadas por sus hábiles manos, que acariciaba los libros y sonreía, depositando en ellos una esperanza que estaría viva mientras la librería no cerrara.
A pesar de todo, su interior seguía despidiéndose y para hacerlo como un lugar querido se merece, recopilaba con cuidado todos los recuerdos que tenía desperdigados en la memoria de sus dieciocho meses en “El Recreo”. Curioso nombre, pensó la primera vez que pasó por delante de su escaparate. Estaba muy próximo a la academia en la que preparaba el acceso a la universidad y muy pronto se convirtió en costumbre detenerse a contemplar los volúmenes que reposaban tras el cristal y, casi sin querer, los cambios que iba sufriendo el local, pues hacía muy poco que habían abierto, de modo que casi vio como daba sus primeros pasos entre los comercios del barrio. Llegó a sentir un poco de orgullo cuando vio colocar el rótulo luminoso y, posteriormente, el toldo rojo con el nombre en letras blancas.
Le gustaba contemplarlo al pasar y verlo desde fuera, alegrándose cuando alguien entraba y, más aún, si salía llevando un libro entre sus manos. De algún modo, compartía la felicidad de que el negocio fuese bien; se sentía unida al destino de aquel local como nunca lo había estado a ningún otro del barrio. Y había habido muchos otros comercios en ese mismo lugar; podía recordar la mercería de Lola, siempre sentada tras el mostrador, tejiendo, como si se sintiera obligada a dar ejemplo de que los productos que vendía eran útiles, aunque la mayoría de las personas adquiriesen las prendas en los grandes almacenes. Ella no pensaba así, sino que seguía creyendo que “como algo hecho con nuestras propias manos no podía ser lo impersonal, adaptado a una talla establecida por alguien a miles de kilómetros, desconociendo nuestro modo de alimentarnos y de sufrir las inclemencias del tiempo”. Para Lola, lo que se tejía era eterno, algo de lo que nunca nos desprendíamos porque tendría por siempre el tacto de las manos queridas que lo habían confeccionado. ¡Cómo le gustaba oírla decir aquellas cosas! Fue a través de los ojos y las palabras de Lola que aprendió a querer el barrio, a comprenderlo y a asimilar que cada comercio aportaba un poco de vida a la amalgama de casas viejas y bloques relativamente nuevos en la que se había convertido, haciendo convivir a muchas personas de edad, con niños y jóvenes que hacía poco que se habían mudado. El collage que entre todos iban formando requería de un pegamento consistente, invisible y estratégicamente colocado, que permitiera que la vida fluyera con tranquilidad. Esa era la misión de los comercios, según solía decirle Lola.
Cuando Laura los contemplaba, aceptaba que era así, que la panadería era la primera parada de la mañana, donde se daban los buenos días, se comentaba el tiempo y se adquiría el calor que nos impulsaba para continuar hacia la frutería, que era algo más que el lugar donde comprar fruta; allí se adquirían conocimientos sobre los productos del país y aquellos que venía de fuera, por escasez o por aquella política de importaciones que nadie terminaría de comprender nunca. Aprendió que el bar era la parada obligada de los sábados y domingos al mediodía, que era una forma de salir de casa, sin dejar de estar en ella; nos animaba a abandonar la comodidad desmedida del hogar y, a cambio, nos ofrecía la placidez del lugar conocido, donde sabían nuestro nombre y la bebida que pedíamos siempre. Era agradable saberse conocido, recibir el interés del camarero cuando nos llevábamos varios días sin ir, porque nos hacía recuperar el concepto de familia extensa que tenían nuestros abuelos en el pueblo, un lugar donde todos se conocían y sabían de las costumbres del otro, pero que jamás osarían perturbarlas de ningún modo.
El barrio tenía su propia iglesia, su escuela y su instituto, así que bien podría erigirse en una comunidad independiente, puesto que, además, contaba con una delegación municipal y una oficina de recaudación. En definitiva, tenía todos los requisitos para darle autonomía a la vida de la gente. Comprenderlo fue para Laura la constatación de que ya nunca podría salir de allí. Salir sí, pero no de un modo definitivo; su vida estaba anclada a aquellas calles y aquellos seres que las transitaban y le parecía imposible marcharse a vivir a otra zona, ni siquiera trabajar demasiado lejos. Necesitaba estar allí, sentirse identificada por sus habitantes, perder el anonimato de la gran ciudad en beneficio de que sus vecinos la saludaran por su nombre. Por eso se sintió tan afortunada cuando comenzó a trabajar como asistenta de una anciana de su mismo barrio. La mujer vivía sola y los años habían comenzado a hacer mella en sus facultades físicas, de modo que requería de alguien que la ayudara. La sorpresa de Laura fue que no se trataba de realizar ninguna tarea doméstica, lo único que quería la mujer era compañía, y, especialmente, que alguien se sentara a su lado y le leyese durante la tarde.
Laura descubrió el placer de leer para alguien que amaba la lectura y que, además, ya no podía recrearse en las páginas de un libro. Ya no se trataba de hacerlo con voracidad, en la parada del autobús o en el banco del parque; iba a leer con un ritual y una atención que permitieran a la anciana revivir tantas otras tardes a lo largo de toda su vida, que ella había dedicado a esa maravillosa tarea.
El lugar era muy importante. Debía tener luz suficiente y un asiento que se adaptara bien al cuerpo para acogerlo durante muchas horas. Aunque sería inevitable sentir después las incomodidades de tantas horas en la misma posición, mientras se leía eso no importaba; el cuerpo quedaba paralizado en beneficio de la mente, que se movía siguiendo el ritmo de la narración. Disfrutar de la lectura suponía disminuir al mínimo las funciones del cuerpo para avivar las de la mente, abriéndola a todo tipo de emociones, ideas y posibilidades. Por eso no convenía que existiera ninguna fuente de perturbaciones. En aquel coqueto salón no había más que el mobiliario estrictamente necesario y, por supuesto, libros; cientos de ellos, llenando las estanterías que cubrían las paredes; libros como la única explicación posible a que Laura estuviese allí y, como muy pronto comprendió, a que aquella anciana continuara existiendo. Los libros eran su razón de ser, el motor que le daba vida, puesto que cuidarlos, ordenarlos, releerlos y adquirirlos eran el objetivo que perseguía desde su juventud, como le fue contando a Laura.
La joven comprendió que era posible ese tipo de vida, que no existía complejo posible en quien se dedica a algo tan noble, por mucho que la sociedad la contemplase como una especie extraña, ni siquiera digna de estudio y atención. Cómo podía pensarse algo semejante de una persona que tiene en su casa el trabajo de cientos de autores, las reflexiones y emociones de tantos seres reales y de tantos otros creados por su imaginación. Le parecía un sacrilegio, la prueba evidente de una equivocación.
Entre los libros de aquella casa aprendió que la mejor forma de organizar una biblioteca era la inspiración personal, que la que permitía hilvanar recuerdos con las historias que contenían, unir la vida del libro con la propia. “Cuando leí este acababa de mudarme aquí” –decía la mujer con una sonrisa nostálgica. “Este otro… –sonreía tiernamente– me lo regalaron cuando me jubilé”, y así en una sucesión incesante de retazos de su historia personal, indefectiblemente enlazados con la imaginación de quien creó un relato tan poderoso que había sido capaz de adentrarse en la vida de una lectora y terminar acaparándola.
Aunque, al principio, Laura sintió la punzada de ansiedad de que no tendría tiempo suficiente para leer todo lo que se ofrecía ante sus ojos, la anciana fue capaz de demostrarle que, cuando se trataba de lectura, el tiempo era caprichoso y nos permitía ir mucho más lejos de lo que nuestras fuerzas y nuestra esperanza aventuraban.
Se aplicaron a la tarea desde el primer día. Tras las presentaciones, entre ellas y entre Laura y la inmensa biblioteca, la señora le ofreció un libro que tenía sobre la pequeña mesa que sostenía una austera lámpara. Laura se apresuró a abrirlo, pero la anciana, con la sonrisa indulgente que los adultos reservan para los niños traviesos, la obligó a cerrarlo, mirarlo detenidamente y acariciarlo.
–Un libro requiere un recibimiento, una aproximación delicada –le dijo dulcemente.
A Laura no le pareció extraño, nada lo era en aquella casa. Aquel maravilloso recipiente de los grandes misterios, dudas y verdades de la humanidad, no podía ser tomado al asalto, apresuradamente. Aceptó aquella primera lección como la más importante de cuantas iba a recibir durante el tiempo que acudiese a aquella casa.
La segunda lección tenía que ver con el ritmo. Cuando la anciana comprobó que Laura se lanzaba a leer, como quien deja atrás un campo quemado o como el viajero que cuenta los postes eléctricos mientras el tren lo aleja de un lugar para aproximarlo a otro, hizo un gesto leve de asentimiento, mostrando que se había representado la posibilidad de que su joven lectora tuviese esa mala costumbre, la hizo detenerse, respirar hondamente con los ojos cerrados y, entonces, abrir el libro de nuevo, no buscando su final página a página, sino con la curiosidad de quien contempla el mar o se adentra en un bosque, dejando que el olor y el tacto de las páginas le guíe.
Así comenzó la lectura y el aprendizaje de Laura, que, muy pronto, se dio cuenta de que hasta la fecha, no había sabido disfrutarla. Ciertamente, se había sorprendido, ilusionado, emocionado e incluso, decepcionado leyendo, pero, por primera vez, sintió que la narración se trasladaba a su cerebro y tomaba cuerpo, sin que su mente hiciese el más mínimo esfuerzo. Como volutas de humo que fuesen uniéndose para adquirir consistencia, el contenido de cada frase se elevaba hasta su imaginación para construir un universo nuevo, desconocido, del que sentía que participaba intensamente.
La anciana la veía salir de su casa, unas veces como un ser iluminado, otras, como alguien que carece de entendimiento y voluntad porque los ha entregado gustosamente, y la dejaba marchar sin mayor comentario. Sabía que Laura estaba descubriendo otro mundo, como ella había hecho en un tiempo muy lejano, siendo una niña, y esa transformación merecía un respetuoso silencio y la contención suficiente para impedir que una palabra de más hiciese a la nueva lectora caer del alambre imaginario y volver a una realidad mediocre, que no permite profundizar en el alma de quien escribe. La mujer tardaría varias semanas en confesarle que, para ella, la lectura era una comunión con el escritor, una forma maravillosa de adentrarnos en las interioridades de un desconocido que, por esa vía, acaba siendo alguien que irrumpe en nuestra vida y a quien podemos elegir dejar en ella para siempre.
Habían transcurrido casi dos meses desde el inicio de aquella inexplicable relación a la que solían llamar trabajo, cuando la anciana le pidió que acudiera a la librería. Laura se mostró encantada; se había detenido tantas veces ante aquel escaparate, cada tarde mientras caminaba hacia la casa de la mujer, que poder entrar se le antojaba un premio inmerecido. La anciana sonrió cuando la oyó decirlo, puesto que, sin darse cuenta, Laura estaba incorporando a su vocabulario expresiones que aludían a un mundo de ilusión y de sueños que, hasta entonces, había permanecido oculto en su interior. Por eso supo que era el momento de que diese el siguiente paso. Habían leído según su gusto y, a veces, su capricho; ahora iba a dejar que fuese la joven quien eligiera. Laura se mostró decidida y turbada a un mismo tiempo, consciente de que para alguien que había leído tanto y tenía tan alta consideración a la lectura, adquirir un libro no era una acción de poca importancia. Manifestó su temor a defraudarla y la mujer sonrió tiernamente.
–Un libro nunca nos defrauda; si lo hace, es que no hemos sabido comprenderlo. Deja que sea él quien te elija a ti –dijo con aquella forma suya de derramar certezas como pequeñas conjeturas.
Así fue como Laura entró por primera vez en “El Recreo”.
Leandro la vio, una vez más, ante el escaparate. Esta vez no miraba los libros expuestos, sino que parecía evaluar las posibilidades de que acercándose a la puerta y empujándola, lograse abrirla. El hombre procuró componer un gesto que la animara a hacerlo y, en cuanto que la muchacha traspasó el umbral, haciendo sonar la campanilla que colgaba del techo, recuperó su habitual expresión de seriedad, en parte por la poca costumbre de variarla y, en parte, porque intuía que, manteniéndola, no ayudaría a la joven a vencer su timidez. Así que se limitó a hacer un gesto con la mano, invitándola a mirar cuanto quisiera. Ya era un paso importante que, después de semanas mirando el escaparate, se hubiese decidido a entrar.
Laura afrontó la entrada en la librería como había aprendido a afrontar la lectura, el mismo ritual con el que el resto de su vida se enfrentaría a las cosas que considerara sagradas. Cerró los ojos y aspiró, dejando que en su interior prendiera el aroma de tantas páginas cuidadosamente encuadernadas. Aunque este procedimiento serenaba el ritmo de su respiración, el efecto no duraba más allá de los escasos segundos que tardaba en abrir los ojos. Entonces, todo el colorido de las portadas, la disposición en las numerosas baldas que cubrían las paredes y el mosaico que conformaban las novedades en la pequeña isla central acudían a ella como un torbellino desordenado por el vendaval de febrero.
Caminó lentamente por el pasillo que se abría a su izquierda, intentando orientarse, lo que resultaba difícil por su confusión inicial y porque no existía identificación acerca de la temática de los libros que se encontraban en cada lugar. Cuando por sí misma logró comprender el criterio que se había seguido, se sintió más cómoda y fue dirigiendo su mirada aquí y allá, adquiriendo cierta seguridad.
Habían transcurrido diez minutos y, mientras fingía que leía un folleto de novedades, Leandro no había dejado de mirarla. Por fin, se decidió a hablarle desde el mostrador, que se hallaba al fondo.
–Si necesita algo, dígamelo –su voz resonó con un punto de impaciencia o desconfianza y fue aquel error no premeditado, el que animó a Laura a expresar sus dudas:
–¿Cómo puedo acertar en la elección de un libro? –preguntó seriamente, mostrando que el asunto era de crucial importancia para ella.
Leandro se puso de pie y abandonó su lugar tras el mostrador para acercarse a la muchacha.
–Verá, es una cuestión de gustos, pero también hay un poco de azar –tanteó el hombre, sin saber muy bien con qué respuesta podría satisfacer la curiosidad de su interlocutora.
–Entiendo que pueda gustar un género, pero aún así… –dudó Laura.
–Aunque dentro de ese género le parezca que el libro elegido no le gusta, siempre encontrará en él algo que la haga pensar, que la haga emocionarse e, incluso, que recuerde mucho tiempo después –respondió el hombre.
Laura continuó su recorrido, pero no encontró nada que pudiera llevarse con posibilidades de agradar a la anciana, ni ese día ni otros dos más, hasta que una tarde la mujer le preguntó acerca de lo que estaba leyendo. Laura se había acostumbrado ya a no elevar demasiado la voz y a entonar al modo que la narración requería y, tanto se concentraba, que la interrupción de la anciana –con ser un gesto suave en el brazo– la sobresaltó. Se miraron un momento, conscientes de que la pregunta abría la puerta a una nueva lección, pero esta vez, sería la joven quien debería mostrar sus conocimientos.
Cuando Laura habló lo hizo con total seguridad, como quien explica un sueño o el fruto de su imaginación y, tanto gustó a su interlocutora, que ésta se afanó en pedir más detalles, convirtiendo la conversación en la narración de una lectura distinta a la que se había producido esa tarde.
Al día siguiente, Laura fue capaz de elegir un libro para satisfacción de la anciana y del propio Leandro, que casi había dado por perdida la venta. Con el tiempo, la muchacha se daría cuenta de que no había sido capaz de dar el paso hasta que no dio a la mujer algo de lo que sentía al leer, permitiendo que ella también participara de aquella intensa emoción. Esa comunicación, que era más profunda que la que dos personas que apenas se conocían llegarían a tener en tan poco tiempo, la animó a aproximarse y seleccionar un libro que había visto durante los días en los que se había debatido para satisfacer a la anciana, hasta que descubrió que debía aplicar su propio criterio.
Acudió en muchas otras ocasiones y llegó a trabar una relación fluida con Leandro; tanto, que así supo de las dificultades que tenía el hombre para atender por las mañanas las pequeñas ferias de libros que se organizaban en los institutos y hacer numerosas gestiones para mantener un negocio que sostenía a duras penas. Con naturalidad, Laura se ofreció a quedarse; al fin y al cabo, solo acompañaba a la anciana por las tardes, ya que por las mañanas, tenía una asistenta que atendía la casa y cuidaba de ella. Así fue como se inició en aquel trabajo, siguiendo las directrices de Leandro y sin atreverse a poner nada de sí misma, hasta el día en el que el hombre le comunicó con pesar la posibilidad de cerrar, ante la escasez de ventas.
Se lo había dicho al iniciar la mañana, justo antes de que él tuviera que marcharse a realizar algunas gestiones bancarias. Eso supuso que durante toda la mañana Laura estuviese meditando cómo evitar aquella catástrofe. No se trataba de que perdiera aquel trabajo, cuya remuneración no era muy elevada, sino que perdía la maravillosa oportunidad de estar en contacto con libros también por la mañana, de recibir novedades, colocarlas y después poder comentarlas con la anciana. Además, en el barrio era la única librería, de modo que aquella comunidad que ella consideraba perfecta, se vendría abajo por uno de sus pilares más importantes. Laura consideró que debía hacer algo más y solo entonces se le ocurrió aplicar sus gustos a la organización de la librería. Leandro la dejó hacer, pensando que el final era inevitable y, después de todo, no haría ningún mal efectuar algunos cambios. No confiaba en que diese ningún resultado, pero con el paso de los días, vio que los sábados acudían niños y se sentaban en la alfombra que Laura había colocado en un espacio creado especialmente para ello. Para acompañar a los niños, naturalmente, venían padres y madres que, si durante la semana se comportaban de modo apresurado, el sábado parecían más dispuestos a curiosear por el interior de la librería. Eso hizo que consultaran novedades, hicieran encargos y adquiriesen algunos libros. No es que supusiera un aumento considerable de las ventas, pero el local se llenó de vidas distintas a las de Leandro y Laura y eso lo hizo más luminoso, más abierto al barrio, como si se hubiese convertido en un centro de comunicación. Allí se encontraban también los vecinos y, cuando comenzó el nuevo curso, allí encargaban los libros de texto y los de lectura recomendada por los profesores; allí comenzó a hablarse de una parte de la vida de los habitantes del barrio y, por esa vía, el local se introdujo en las rutinas de las personas, como hasta entonces lo habían sido otros comercios.
Aunque Laura vivía con tristeza el estado de postración en el que ya estaba la anciana, que apenas si podía seguir sus lecturas, no había dejado de acudir a su domicilio, ni tampoco a la librería. En su mente, siempre estarían unidas ambas acciones. Así se lo explicó una mañana a Leandro, que se  interesó por la razón que la había llevado a asumir tanta carga de trabajo para evitar el cierre:
–Sería como dejar morir a un ser querido.

Cuento corto de Paz Monserrat Revillo: Los tontos

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Cuadro de Emilio Petorruti
Cuadro de Emilio Petorruti
Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.
Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.
Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.
Suben al microbús y desde las ventanillas nos muestran sin pudor sus rostros cubistas, sus cabezas diminutas, esas sonrisas que no se cierran, sus síndromes con nombres imposibles de pronunciar que nos han explicado en genética, ¿Turner? ¿Klinefelter? ¿Será todo cuestión de  un cromosoma de más o de menos?
Cuando llego a casa siempre pienso en ellos durante un rato. En cómo debe de ser ver el mundo desde sus mentes tan limitadas, desde esos cuerpos destartalados como edificios a medio hacer. Y no consigo llegar a ninguna conclusión. Nunca sé si estar triste o contenta. Es raro.
Al acabar las clases, hoy hemos pasado muy cerca de la fila. Creo que ha sido culpa mía porque no podía dejar de mirar al gafotas esperando el momento en que se lanzara al suelo. Cuando he pasado por su lado me ha mirado fijamente, me ha sacado la lengua  y ha gritado: ¡Tonta!
Nos hemos reído, claro, pero luego en casa, mientras abría la libreta para hacer los problemas de genética, he pensado que lo mismo tenía razón.

miércoles, 6 de julio de 2016

China [Cuento. Texto completo.] José Donoso

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/donoso/china.htm

José Donoso

Chile:
1924-1997

China

[Cuento. Texto completo.]

José Donoso


Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.
Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.
Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.
Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió, diciendo:
-¡Por Dios, esto es como en la China!
Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: "Zurcidor Japonés".
No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El "Zurcidor Japonés", por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en "China", nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.
Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:
-¿Vamos a "China"?
Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.
-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.
-No, tonto -susurré-, esta vez vamos a IR a "China".
Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a "China", había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.
Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.
-Aquí es -dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.
Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.
Fernando preguntó:
-¿Y por qué es "China" aquí?
Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.
-Vamos al "Zurcidor Japonés" -dije-. Ahí sí que es "China".
Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:
-Ves, tonto, tú no creías.
-Pero es feo -respondió con un mohín.
Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.
-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.
Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del "Zurcidor Japonés". Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:
-Mira... -y hacer que la tocara.
Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.
Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de "Pinocho en la China" y se puso a deletrear cuidadosamente.
Los años pasaron. "China" fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma. Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era "China". Además, "China" estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el "Diccionario Enciclopédico" de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.
Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.
En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era "China", aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. "China" había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del "Zurcidor Japonés".
Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:
-En "China"...
Y yo no comprendí.
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sábado, 2 de julio de 2016

Cuento de Gonzalo Drago: Mister Mara

http://narrativabreve.com/wordpress/2016/06/cuento-de-gonzalo-drago-mister.html

Gonzalo Drago
Escritor Gonzalo Drago Gac
Hoy se escribe con abundancia de uno mismo. Los jóvenes se autorretratan con facilidad en su narrativa. Muchos creen que la literatura nace y muere con ellos. No daré nombres para no encender una hoguera y pecar de injusto porque también hay varios que suelen escribir sobre los demás. La lista de estos últimos abarca muchas latitudes. En estos parajes australes, entre cordillera y mar, se dan nombres graníticos por la fuerza de su verbo. Entre ellos están Francisco Coloane, que escribió sobre los hombres de una Patagonia rebelde y sangrienta; Baldomero Lillo, que se metió en los túneles sórdidos de las minas de carbón en Lota y Coronel para mostrar la miseria y la injusticia; Andrés Sabella y sus epopeyas con los mineros del salitre en la pampa del norte chileno; el rancaguino Oscar Castro, que humanizó las correrías de cuatreros y bandoleros del medio campesino, en el Chile central; y sobre todo, Gonzalo Drago, quien es el escritor de los mineros del cobre.
Los personajes creados por todos estos escritores nacionales son los héroes anónimos en un tiempo épico, cuando los blandos morían silenciosos e ignorados, y los duros se las arreglaban para sobrevivir a tanto peligro e infortunio a base de ser guapos.
En el caso de Drago, es tenido por algunos críticos como un escritor anarquista. Yo no lo creo así. El autor de Mister Jara es principalmente un narrador con gran sensibilidad social, como Lillo y Coloane. Las ideas del anarquismo si las toca, es de manera tangencial. No hay un discurso apocalíptico en su escritura ni una rebeldía hormonal para pasarles una aplanadora a todos los demás. Sus cuentos destilan humanidad y con ellos, quizás, trata de redimir a sus personajes, a los hombres y mujeres que alguna vez conoció.
Su obra se inscribe dentro de la llamada Generación del 38, junto con Nicomedes Guzmán, Diego Muñoz, Carlos Droguett, Daniel Belmar, y quizás Manuel Rojas, el autor de Hijo de Ladrón.
Uno de sus cuentos más reconocidos es “Mister Jara”, historia que incluye en su libro Cobre o Vientos de Mineros(1941). Son relatos de su experiencia como empleado de la Braden Copper Company, la empresa que explotó el cobre en el mineral de El Teniente, dejando una estela de prosperidad en esa región, pero a costa de la sangre de sus trabajadores. Drago reveló esa realidad, lo que le significó ser despedido de su trabajo. “Mister Jara”, además de retratar a un tipo de persona –arribista y genuflexa– habla del despotismo de los jefes norteamricanos y el desprecio por los criollos.
Drago falleció en 1994 a los 88 años. Había nacido 1906, en Machalí según algunos, y en San Fernando según otros.
Ernesto Bustos Garrido

***
Gonzalo Drago,

Cuento de Gonzalo Drago: Mister Mara
Mr. Jara había nacido en Machalí. La mina lo había arrastrado inevitablemente hacia su vientre, como un potente electro-imán atrae a la brizna de acero, cuando apenas era un muchacho inexperto y canijo, recién egresado de la escuela rural. Fue peón, alarife, capataz, alistador, escribiente y por último ayudante de ingeniero. Para llegar hasta ese cargo se había valido de dos recursos que le dieron espléndidos resultados: su rudimentario conocimiento del idioma inglés y el uso cotidiano de su flexible espina dorsal cuando se veía en presencia de un jefe rubio, auténtica mente yanqui, “made in USA”.
Desde sus comienzos buscó con insistencia la compañía de los norteamericanos del mineral. Lo empujaban dos propósitos: su admiración servil hacia la rubia raza del norte y su interés de practicar inglés con ellos. Los yanquis, aun los de más humilde condición, evitaban la proximidad de aquel “nativo” moreno que persistía en su intento con admirable tenacidad. Ni los desprecios ni las burlas lograron desanimarlo. Mr. Jara parecía ignorar la repugnancia que inspiraba a los yanquis y se acercaba a ellos, sumiso como un perro castigado, mascullando un slang aprendido pacientemente en el silencio de su cuarto.
Cuando logró ocupar un puesto de relativa responsabilidad en la Compañía, empezó a vengarse de sus compañeros con una crueldad netamente indígena. A todo aquel que había tenido una frase hiriente o una sonrisa burlona para sus pretensiones y simplemente por espontánea antipatía, le hacía recordar que él ocupaba un peldaño más alto en el gallinero colectivo.
Para captar simpatías y afirmar su posición en las arenas movedizas, halagaba a los jefes, trabajaba como un buey cuando era observado y no escatimaba palabras mordaces contra sus compañeros de labores, logrando, con astucia y sagacidad criollas, obtener la confianza de los jefes norteamericanos que vieron en Mr. Jara un instrumento de fácil manejo que podía serles útil como espía, para conocer los pensamientos y aspiraciones del personal frente al movimiento sindical que tomaba fuerza de torrente.
Mr. Jara, de pie sobre unos durmientes de la vía ferroviaria, fumaba su pipa con el gesto severo de un hombre importante, arrojando gruesas bocanadas de humo aromático que se diluían en el aire puro y transparente de la mañana. El frío no lograba penetrar a través de su gruesa zamarra negra y permanecía más allá de sus altas botas mineras. Orgulloso, satisfecho de sí mismo, observaba con indiferencia a un grupo de obreros sudorosos y sucios que cambiaban un trozo de línea férrea. Un capataz de ojos sagaces dirigía y vigilaba aquella ruda sinfonía de esfuerzo y de trabajo, mientras los combos y las barretas se levantaban y caían con rítmico compás, con rabia sorda, haciendo saltar las piedrecillas de la vía.
De improviso, un obrero bajo y robusto permaneció inmóvil un momento, escrutando con desconfianza la severa figura de Mr. Jara. Después de ligera vacilación, empujado por un impulso espontáneo, arrojó su herramienta de trabajo y se encaminó rectamente hacia el ayudante de ingeniero, alargándole su robusta mano fraternal:
–¿Cómo te va, Negro?
Mr. Jara, tomado de sorpresa, se desconcertó. En los aledaños, frente a una pequeña y potente locomotora a petróleo, estaban Mr. Taylor y Mr. Mikmans, que podían captar aquella bochornosa escena. ¿Qué pensarían de él si lo vieran estrechando la mano de aquel hombre? Su amigo no era más que un humilde obrero de la mina, desastroso y sucio, y su obligación era rechazarlo. Tomó una resolución violenta:
–I don’t know you, man –contestó secamente.
El obrero lo quedó mirando sorprendido. Luego se echó a reír apretándose la barriga cual si temiera que se le escaparan los intestinos por la boca. Mr. Jara realmente veíase cómico con su seriedad simiesca y sus ojillos amenazadores bailándole detrás de las grandes antiparras.
–¿En qué circo es la función ahora, Negro? Estás desconocido con esa ropa, esa pipa y esos anteojos. ¡Ja, ja, ja!
Mr. Jara montó en cólera. Aquello era demasiado. Sintió deseos de abofetear a su antiguo camarada, pero aquel hombre tenía unos bíceps abultados y unas recias espaldas proletarias. Lo mejor era cortar la escena. Giró sobre sus talones y volvió las espaldas a su amigo, que permaneció extrañado mirándolo alejarse sumido en conjeturas. Por último levantó los hombros con des precio y masculló terribles amenazas:
–¡Negro de mierda! Cuando lo pille solo le voy a rajar la guata, ¡por mi madre!
Y cogiendo la barreta continuó su labor interrumpida.

* * *


Mr. Jara no era feliz. Lo mortificaba su aspecto físico. Le habría gustado ser rubio, blanco y de ojos profundamente azules; pero la naturaleza (¡ah maldita naturaleza!) lo había dotado de signos externos marcadamente indígenas. Moreno, de ojos separados, nariz roma y labios gruesos, tenía la sólida apariencia de un mapuche. Lo que más le exasperaba en verdad era la tenaz rebeldía de su pelo que le cubría el cráneo como un grotesco erizo negro. La peineta y la escobilla nada podían contra esas cerdas duras y resistentes de pura cepa criolla.
Su absurdo mimetismo lo llevaba a adoptar usos y costumbres de un grupo étnico que se diferenciaba profundamente del suyo. Llegó a despreciar las bebidas nacionales porque había observado que los yanquis solo bebían whisky. Al entrar a un bar sentía una íntima y húmeda satisfacción al ordenar al mesonero:
–Barman, deme un whisky.
Al comienzo aquel líquido fuerte le repugnaba y le quemaba la garganta nacida para el vino tinto. Además, se embriagaba demasiado pronto y entonces aparecía inevitablemente el indio que llevaba escondido debajo del chaleco. Llegó a temerles a sus borracheras, pero persistió en beber solo whisky y brandy de las mejores marcas. “White Horse”, repetía deleitosamente con el tono de un buen catador de licores exóticos. A veces se cansaba de aquella cotidiana farsa en público y subrepticiamente, en la complicidad de su cuarto, bebía el rojo vino criollo hasta perder el conocimiento.
Cada ascenso que lograba hacía crecer la distancia que lo separaba de sus antiguos compañeros. Entre los yanquis no logró simpatías ni mucho menos pudo conseguir un amigo. Lo miraban con desprecio mezclado de compasión. Para ellos, Mr. Jara era un self-made man con destellos de inteligencia, pero absurdamente presumido. Y, además, era un indio. ¿Cómo compartir con un nativo? Sería lo mismo que estrechar la mano a un negro. Su presencia humilde y rastrera los molestaba. Algunos, los más impacientes, al tenerlo a su alcance, apenas podían reprimir un violento deseo de propinarle un puntapié en la parte baja de la espalda.
Por su parte, Mr. Jara, cuando se encontraba con algún empleado u obrero, miraba con obstinación la punta de sus botas o sentíase acometido súbitamente de un poético deseo de admirar el cielo; y si le era inevitable eludir el saludo, lo contestaba con un débil y gangoso “morning” mascullado entre dientes, como lo había escuchado en los labios groseros de los yanquis.
El nativo, por lo general, no ama al extranjero, pero es duro y cruel con el criollo que se disfraza de gringo. Llega a odiarlo. Lo considera un descastado, un traidor. Mr. Jara cosechó los frutos de su siembra absurda. Llegó a sentirse solo, aislado. Todos huían de su presencia como de un leproso. Desesperado, buscaba con frecuencia el contacto con los yanquis, pero estos parecían no darse cuenta de su presencia. Para no aburrirse, para evadirse del tedio que comenzaba a invadirlo como una marea poderosa, Mr. Jara decidió atraer algunos amigos con el señuelo de un trago gratis. Pronto, naturalmente, se vio rodeado de un pequeño grupo de gente inescrupulosa que lo adulaba con afectada cortesía.
–My friends –mascullaba cuando estaba borracho–, no me abandonen nunca, nunca…
Le respondía un coro de gritos y promesas beodas. Mr. Jara, emocionado, estallaba en sollozos que le congestionaban el rostro moreno hasta tornárselo violáceo. Esto ocurría casi todas las noches en el “Bar Sewell”, donde se reunían mineros y noctámbulos a charlar de sus vidas duras e ignoradas mientras bebían el vino barato y adulterado por manos taberneras.
Algunas mañanas, al despertarse, Mr. Jara se extrañaba de amanecer con los bolsillos vacíos. Todo su dinero desaparecía en el bar. Tuvo la certeza de que abusaban de sus borracheras y se prometió no concurrir más a las veladas.
“Además –concluyó–, no está bien que me roce con esa clase de gente. Son unos rotos abominables”.
Cumplió su promesa durante dos noches. A la tercera, sediento, torturado por la soledad, se echó algunos billetes al bolsillo del pantalón y se encaminó como un sonámbulo al “Bar Sewell”, donde lo recibieron alegres gritos de bienvenida.
–¡Welcome, Mr. Jara! –maulló un tunante con aspecto de gato en celo.
Y aquel saludo exótico lo hizo inflarse de orgullosa alegría y pidió trago para todos. Sentíase un hombre superior entre aquella gente sórdida y sedienta. Los amigos improvisados lo explotaban sin escrúpulos. Para halagarlo y hacerle repetir las corridas de licor, le hablaban en un inglés absurdo, desastroso, aprendido en los talleres, en libros primarios, en los muelles de Valparaíso. Mr. Jara, en esos casos, sentíase feliz. Y entonces, con gesto de gran señor, vaciaba sobre el mesón su bolsillo colmado de billetes.

* * *

Con las frecuentes libaciones, Mr. Jara terminó por enfermarse. El whisky ingerido durante largo tiempo había hecho su efecto destructor, minando su organismo paulatinamente, y una mañana no pudo abandonar el lecho.
Estuvo enfermo varios días. Se levantó demacrado, débil y vacilante. Las energías comenzaban a ceder. Pero siguió bebiendo whisky “White Horse” y otras marcas importadas, fumando pipa y echándose a la boca, de vez en cuando, con aparente satisfacción, trocitos de tabaco de mascar.
Al poco tiempo enfermó de gravedad. La fiebre lo consumía. El doctor, llamado por un vecino, pudo constatar que su mal no tenía remedio.
Mr. Jara se sintió dolorosamente abandonado. Nadie acudía a visitarlo. El doctor lo visitaba a menudo presintiendo un pronto desenlace. Como era caso perdido, autorizó a la enfermera que lo cuidaba para que accediera a sus insistentes pedidos de licor. En vez de medicinas, el enfermo ingería cucharadas de legítimo whisky escocés, suministradas por la blanca mano de Miss Joan, única enfermera que soportaba a su lado por ser de nacionalidad inglesa.
Una mañana, Miss Joan le anunció la visita de un amigo con su fría sonrisa cotidiana.
“¿Quién será? ¿Será Mr. Taylor o Mr. Monroe?”, se preguntó Mr. Jara, anhelando la visita de algún auténtico jefe norteamericano.
Después de pensar un momento pidió a la enfermera que introdujera al visitante. En el marco de la puerta apareció la robusta silueta de Froilán Rojas, aquel que lo había avergonzado delante de sus jefes con su excesiva confianza.
–¿Cómo te va, Negro? Supe que estabas enfermo –murmuró el recién llegado con visible emoción, alargándole su ruda mano fraternal.
Mr. Jara pareció no comprender y guardó silencio. El pulso le latía débilmente y un sudor frío le inundó la frente morena. Comprendió que se moría. La enfermera, alarmada, telefoneó al doctor.
–¿Cómo te sientes, Negro? –repitió Rojas, emocionado, inclinando su auténtica y robusta estampa proletaria sobre el lecho del enfermo.
–I don’t know you (No lo conozco a usted) –mintió débilmente Mr. Jara, defraudado en sus expectativas.
Y cerrando los ojos, como un telón de boca, puso punto final a la larga comedia de su vida.