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miércoles, 14 de octubre de 2015

Cuento de Miguel Ángel Campodónico: Despertar


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Cuento de Miguel Ángel Campodónico: Despertar

Fue por la tarde. La visión en rojo cruzó por su mente como un fogonazo. Cerró los ojos doloridos. Vio una planicie interminable. Desierta y roja. Lo supo de inmediato. No había dudas. Él moriría esa noche. Terminaban de comunicárselo desde algún lugar remoto y rojo. Rojo enceguecedor. Había oído hablar de casos de premoniciones. Como el de aquel muchacho fotografiado en los diarios. A último momento se había negado a subir al avión que cinco minutos después de despegar se deshacía en el aire. Pero esto que él terminaba de saber no había forma de evitarlo. Al menos, él no la conocía. ¿Por qué a mí?, se preguntó. Podía tocarle a cualquier otro. A cualquiera, insistió.
Llegó a su casa conteniendo apenas la angustia. Contestó con evasivas las preguntas de su mujer. No quería hablar. Únicamente se animó a pedir que esa noche cenaran todos juntos, ellos dos y su hijo. Lo observaban en silencio, pero no hacían preguntas. Siguieron comiendo. Era evidente que no era el mismo de siempre. Nunca le habían notado una expresión de tanta tristeza. Les pareció que estaba a punto de derrumbarse. Y él no tuvo valor para abrazarlos. Simplemente se levantó de la silla, dijo “hasta mañana”, y se acostó. En la oscuridad del cuarto, mientras oía a la esposa lavar los platos en la cocina, lloró desconsolado. Será acá en la cama, se dijo. De golpe me quedaré rígido. Me descubrirán por la mañana, encontrarán mi cuerpo frío entre las sábanas revueltas. Flaqueó otra vez. A cualquier otro debería pasarle. Sí, a cualquiera, subrayó. El rojo reapareció debajo de sus párpados. No quería dormirse. Fue inútil.  Un escalofrío y se quedó dormido. En las penumbras del sueño continuó el deseo de que le ocurriera a cualquier otro. A cualquiera.
Al día siguiente, a las siete y media en punto, como todas las mañanas, se despertó. Abrió los ojos. El amarillo rojizo del sol a punto de estallar lo hizo pestañear. Se acarició el cuerpo y tembló agradecido al recibir la luz que se colaba por las rendijas de la persiana. Se dio cuenta de que estaba transpirado cuando estiró el brazo para tocar a su mujer. Tenía el pijama pegado al cuerpo. Ella todavía olía a caldos y guisos de la noche. Quería despertarla, hacerla participar de tanta maravilla. Todo le resultaba nuevo. Nuevo flamante. Hasta el sol trepando por las paredes del cuarto. Su mano terminó posándose sobre un cuerpo helado. La mujer continuó quieta en la parte de la cama todavía no iluminada. No se movió. No se enteró de la mano de su esposo. Su rigidez ya no le permitiría disfrutar ese placer.

La Virgencita del Barrio

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Silvio Cavini Benedetti
La Virgencita del Barrio, de Silvio Cavini Benedetti (Amazon, 2015)
Desde que el ser humano dudara en los albores de la civilización entre la caza o la agricultura como medio predilecto de supervivencia, dos han sido –en mi opinión– los grandes debates que nos han dividido ideológicamente: uno de tipo político (articulado entre izquierdas y derechas) y otro religioso (entre creyentes y ateos).
Sobre la confrontación religiosa acabo de leer un libro de un escritor latinoamericano, Silvio Cavini Benedetti, en el que, contra todo pronóstico, la fe y la razón se dan la mano. La Virgencita del barrio consta de veintiocho relatos conversacionales que narran los encuentros entre un periodista ateo y una Virgen de capilla de barrio. La amistad comenzó cierto día en que, fruto del azar o del capricho divino, el periodista entró en dicha capilla y presintió que la Virgen estaba muy sola en su altar.
Con humor y desenfado, Cavini Benedetti narra los encuentros, a priori imposibles, entre un descreído religioso y una Virgen que acaba por convertirse en su mejor confidente. Se trata de una Virgen en su versión más terrenal, adicta a las charlas con un periodista que vive ajeno a todo dogma religioso. Dos personajes singulares, pues: una Virgen con un fino sentido del humor, algo coqueta y a su manera descreída, y un ateo que por momentos se atreve a creer a sus ojos y a sus oídos con tal de poder alimentar su curiosidad sobre lo humano y lo divino.
El papa, Sodoma y Gomorra, los ángeles o Noé son temas obligados que mantienen viva la conversación entre la Virgen y su ateo preferido. Ideologías al margen, el lector pasará un buen rato con esta campechana Virgencita de barrio.
(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 14 de octubre de 2015).

Cuento azul [Cuento. Texto completo.] Marguerite Yourcenar

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/yourcenar/cuento_azul.htm




Marguerite YourcenarBélgica:
1903-1987


Cuento azul[Cuento. Texto completo.]Marguerite Yourcenar
Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.
Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.
Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.
Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.
Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.
Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.
Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.
Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.
Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con el paso más seguro y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.
Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente desesperada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de una tintorera; mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.
Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.
El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras, de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada lo picaron profundamente en la garganta y en las manos.
Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres, saludándolos con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.
La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un mantoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.
En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas. Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.
Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarca-preste no tenían curso en su país.
En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.
Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.
Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.
El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no tenla ninguna otra cosa que ofrecer; más en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.
Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul.

sábado, 10 de octubre de 2015

Cuento de Manuel Pastrana Lozano: Comics

http://narrativabreve.com/2015/10/cuento-manuel-pastrana-lozano-comics.html

comics, cuento de superman
Superman leyendo Daily PlanetFuente de la imagen

Cuento de Manuel Pastrana Lozano: Cómics

“Este va a ser un día difícil” –se dijo Clark Kent, mientras se levantaba con el pie izquierdo. Para colmo, había tenido una horrible pesadilla: Superman era un comunista cruel que exterminaba sin piedad a sus enemigos de clase, los explotadores que intentaban defender el paraíso americano a costa de la sangre y el sudor de los sufridos obreros. Lo consideró un presagio siniestro. A duras penas se apretó el cinturón de su slip rojo ajustado, que cubría por encima la malla de sus entrepiernas –al estilo del calzón de los clowns de circo–, antes de ponerse su traje habitual de civil. El súper héroe había descuidado mucho su figura en los últimos tiempos, viviendo momentos disipados en los que comía y bebía mucho. Comenzaba a ser obeso. Además, la letra S característica en su pecho se deformaba y descoloraba poco a poco.
Mientras caminaba hacia el Daily Planet, su rutina cotidiana, notó que había perdido sus lentes especiales, el indispensable antifaz de cristal que usaba para ocultar la identidad de su alter ego, el poderoso Superman. El reportero camuflado entró en pánico –su lado humano, al fin y al cabo–, y comprendió que sería fácilmente reconocido como el fabuloso y mítico hombre de acero, violando así el pacto de silencio consigo mismo que había contraído en su lucha contra el crimen organizado.
Probó comunicarse con Luisa Lane, su colega amada en secreto, para explicarle que estaba enfermo, que no podría ir al trabajo. Lo intentó varias veces, pero sin resultados. Y descubrió también con espanto que sus facultades de visión remota y comunicación telepática a distancia también comenzaban a fallar.
Para mejorar su autoestima, ya bastante deteriorada, decidió entonces emprender un vuelo suave y a gran altura que pensó podría servirle para meditar y aclarar las amenazantes dudas existenciales que lo abrumaban. Levitando plácidamente en los cielos, sacó desde el interior de su capa roja su libro de cabecera favorito, un texto inspirador que siempre llevaba consigo, y empezó a releer “La vida es sueño”.
Ensimismado en su lectura y casi adormecido, sintió de pronto que era capturado por una extraña fuerza de atracción, una loca carrera hacia un centro cósmico inexplorado, que desafiaba la fuerza de gravedad del universo y le impedía retornar al punto donde estaba. Era tal vez la tierra prometida para un Superman extraterrestre. Observó a millones de seres monstruosos y deformes dispersos entre las ruinas y los escombros de esa galaxia desconocida, que lo reverenciaban como a un Mesías largamente esperado, Kalel, el primer emperador multigaláctico. Le aseguraban que estaría libre de la kriptonita, el enemigo infernal que anulaba todos sus poderes sobrenaturales. Antes de ser proclamado como su Dios Supremo –vestido esta vez con calzoncillos largos multicolores, sin mallas protectoras entre sus piernas, una capa metálica de acero inoxidable, luciendo una gran K en su pecho y usando lentes ópticos de rayos láser– , observó a lo lejos un vetusto cartel de dimensiones gigantescas, apartado en algún rincón de ese universo nuevo, de una antigüedad improbable, tal vez de millones de años luz. El aviso mostraba el rostro envejecido de un anciano personaje llamado Tío Sam, apuntando con su dedo a una multitud incierta y, en criptolenguas ignotas para él, aparecían dos frases: arriba, “Y Want You for U.S. Army” (“A Usted lo Necesito para el Ejército de los Estados Unidos”), y, más abajo, en letras destacadas, “Yanqui Go Home”.
Superman despertó de su somnolencia, terminó de leer su libro y descendió a la Tierra tranquilamente convencido de que su vida era en verdad un sueño soñado por los millones de lectores de cómics del súper héroe repartidos por en el mundo. Recuperó su autoestima, se vistió como Clark Kent y sus dudas existenciales desaparecieron para siempre.

viernes, 9 de octubre de 2015

El Cuervo Edgar Allan Poe

Un poeta brillante y un borracho. Adicto al juego, acostumbrado a vivir bajo la poca luz de un bar sucio. Se le encontró, casi muerto, tirado al borde de una acera, delirante, como se encuentra a cualquier vagabundo que pasa por la calle. Era un poeta, pero se le confundía con un loco.
¿Cuántos poetas estaremos confundiendo con locos hoy? O, más importante, ¿A cuantos locos estaremos tildando de poetas?
166 años después de su muerte, lo recordamos con el poema:
El Cuervo
Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”
Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”
Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Cuento de Dylan Thomas: Una visita a mi abuelo

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Cuento de Dylan Thomas
Cabeza de viejo pescador, de Vicente van Gogh.
Ernesto Bustos Garrido nos recomienda este cuento del escritor galés Dylan Thomas (1914-1953), conocido sobre todo por su poesía. Al final del cuento podemos leer un comentario de Bustos Garrido.

Cuento de Dylan Thomas: Una visita a mi abuelo

En medio de la noche me desperté de un sueño colmado de látigos y de lazos largos como serpientes, con diligencias que huían por pasos montañosos y amplios galones borrascosos a través de campos sembrados de cactos, y oí que el viejo, en la habitación vecina, gritaba:
—¡Ea!… ¡Ea!… —haciendo trotar la lengua sobre el paladar.
Era la primera vez que me quedaba en casa de mi abuelo. Las tablas del suelo habían chillado como ratones cuando trepé a la cama, y los ratones que minaban las paredes habían crujido como maderas, como si otro visitante caminara sobre ellos. Era una templada noche de verano, pero las cortinas aleteaban y las ramas golpeaban contra la ventana; yo me había tapado la cabeza con las sábanas, y pronto galopaba, rugiente, por las páginas de un libro.
—¡Ea, hermosos! —gritaba abuelito. Su voz sonaba muy joven y fuerte, y su lengua tenía cascos poderosos y transformaba su habitación en una inmensa pradera. Decidí ir a ver si se sentía mal o si se habían incendiado las ropas de su cama, porque mi madre me había dicho que solía encender la pipa bajo las mantas, y me había pedido que corriera a socorrerlo si olía a quemado durante la noche. Atravesé la oscuridad de puntillas hasta su puerta, rozando los muebles y haciendo caer un candelabro con gran ruido. Me asusté cuando vi que había luz en su habitación, y al abrir la puerta oí que abuelito gritaba ¡sooo!…, fuerte como un toro con megáfono.
Estaba sentado, balanceándose de un lado a otro, como si la cama corriera por un camino áspero; los bordes nudosos del cubrecama eran sus riendas; sus invisibles caballos se perdían en la sombra, más allá de la vela de su mesa de noche. Sobre el camisón de franela blanca tenía puesto un chaleco rojo con botones de bronce del tamaño de nueces. El hornillo de su pipa, rebosante de tabaco, ardía entre los pelos de su barba como un manojo de heno quemándose en la punta de una horquilla. Al verme, sus manos soltaron las riendas y se quedaron quietas y azules, la cama se detuvo en medio de un camino llano, la lengua se envolvió en silencio y los caballos se detuvieron, quedos.
—¿Pasa algo, abuelo? —pregunté, aunque sus ropas no se incendiaban. A la luz de la vela su rostro parecía una colcha andrajosa colgada en el aire negro y remendada con barbas de chivo.
Me miró dulcemente. Después resopló por la pipa, desparramando chispas y transformando su largo vástago en silbato, y gritó:
—¡No hagas preguntas!
Al cabo de una pausa, añadió astutamente:
—¿Nunca has tenido pesadillas, chico?
—No —contesté.
—Oh, sí, sí has tenido.
Le conté que me había despertado una voz que azuzaba caballos.
—¿Qué te dije? —interrumpió—. Comes demasiado. ¿Dónde se han visto caballos en un dormitorio?
Hurgó debajo de la almohada, sacó una bolsita tintineante, desató cuidadosamente sus cordones y puso en mi mano un soberano, diciéndome:
—Cómprate una torta.
Le di las gracias y le deseé buenas noches. Cuando cerré la puerta, oí su voz que gritaba, fuerte y alegre: «¡Vamos! ¡Arre!», y el sacudirse de la cama viajera.
Por la mañana desperté de un sueño con briosos caballos sobre una llanura sembrada de muebles, con hombres enormes y nebulosos que cabalgaban seis potros a la vez y los azuzaban con sábanas ardientes. Abuelo se desayunaba, vestido de negro. Cuando concluyó, dijo:
—Anoche sopló mucho viento —y se sentó en un sillón junto al hogar, a hacer bolas de turba para el fuego. Más tarde me llevó a caminar por la aldea de Johnstown y los prados que dan al camino de Llanstephan.
Un hombre que llevaba un galgo dijo:
—Linda mañana, Mr. Thomas —y cuando se hubo alejado, flaco como un perro, metiéndose en el verde bosque cuya entrada vedaban los letreros, abuelo dijo:
—Bueno, bueno, ¿oíste cómo te llamó? ¡Mister!
Pasamos junto a pequeñas cabañas, y todos los hombres que se inclinaban sobre las verjas felicitaron al abuelo por la hermosa mañana. Atravesamos el bosque lleno de palomas, y sus alas quebraron las ramitas al volar hacia las copas de los árboles. Entre las voces dulces y satisfechas y el vuelo ruidoso y tímido, abuelo dijo como un hombre que quiere hacerse oír a través de un campo:
—¡Si oyeras esos pajarracos de noche, me despertarías para decirme que había caballos en los árboles!
Regresamos caminando lentamente, porque se había cansado, y el hombre flaco salió del bosque prohibido llevando sobre su brazo un conejo, tan dulcemente como si fuera la mano de una niña.
En el penúltimo día de mi visita me llevó a Llanstephan, en un coche de gobernanta tirado por un poney bajito y enclenque. Abuelo parecía conducir un bisonte: con tanta firmeza sostenía las riendas, con tal ferocidad hacía restallar el látigo, con tantas blasfemias advertía a los muchachos que jugaban en el camino, con tanta solidez se afirmaba en sus piernas con polainas maldiciendo la endemoniada fuerza y la terquedad de su vacilante poney.
—¡Cuidado, muchacho! —gritaba al llegar a cada esquina, y tiraba y tiraba, y se sacudía, y transpiraba, y esgrimía el látigo como si fuera un sable. Y cuando el poney, a duras penas, había doblado la esquina se volvía hacia mí con una sonrisa de triunfo.
—¡Ya pasamos ésa, muchacho!
Cuando llegamos a la aldea de Llanstephan, en lo alto de la colina, dejó el carricoche junto a la Hostería de Edwinsford, palmeó el hocico del poney y le dio azúcar, diciéndole:
—Eres demasiado débil, Jim, para mover hombres como nosotros.
Bebió cerveza fuerte, y yo limonada, y pagó a Mrs. Edwinsford con un soberano que extrajo de la bolsita tintineante; la mujer le preguntó por su salud, y él dijo que Llangadock era mejor para las venas. Fuimos a visitar el camposanto y el mar, nos sentamos en el bosque y nos detuvimos en el quiosco, en medio de los árboles, donde los excursionistas cantaban en las noches de verano y, año tras año, el tonto de la aldea era elegido alcalde. Abuelo se detuvo en el camposanto y me mostró, por encima de la verja, las cabezas angélicas y las pobres cruces de madera.
—No tiene sentido estar tirado ahí —dijo.
El viaje de regreso fue frenético: Jim volvía a ser un bisonte.
La última mañana me desperté tarde, tras sueños en los que el mar de Llanstephan contenía brillantes veleros, largos como transatlánticos; y coros celestiales, vestidos con túnicas de bardos y chalecos con botones de cobre, cantaban, en extraño gales, para los marineros que partían. Abuelo no estaba desayunándose; se había levantado más temprano. Caminé por el campo con mi honda nueva y les tiré a las gaviotas y a las cornejas de los árboles de la vicaría. Un viento tibio soplaba desde el cuadrante de verano; la niebla mañanera se alzaba del suelo y flotaba entre los árboles escondiendo los pájaros ruidosos; en la niebla y el viento mis piedras volaban como granizo en un mundo al revés. La mañana transcurrió sin que cayera un solo pájaro.
Rompí la honda y regresé para el almuerzo atravesando el huerto del párroco. Una vez —me había contado abuelo— el párroco había comprado tres patos en la feria de Carmarthen y había construido para ellos una pileta en medio del jardín; pero los patos se escapaban hacia la acequia por debajo de la desmoronada escalinata de la casa, y allí nadaban y graznaban. Cuando llegué al final del huerto, miré por un agujero del cerco y vi que el párroco había hecho un túnel a través de la pila de piedras que había entre la acequia y la pileta y había colocado un cartel con un letrero: «A LA PILETA».
Los patos seguían nadando bajo los escalones.
Abuelo no estaba en la casa. Salí al jardín, pero tampoco andaba contemplando los frutales. Pregunté a gritos a un hombre que se inclinaba sobre una pala, en el prado, del otro lado del cerco del jardín.
—¿No ha visto a mi abuelo esta mañana?
Sin dejar de cavar, contestó por encima del hombro:
—Lo vi con chaleco de fantasía.
Griff, el barbero, vivía en el cottage vecino. A través de su puerta abierta, pregunté:
—Mr. Griff, ¿no ha visto a mi abuelo?
El barbero salió en mangas de camisa.
—Se puso su mejor chaleco —le informé. No sabía si eso era importante; pero abuelo sólo usaba chaleco de noche.
—¿Tu abuelo estuvo en Llanstephan? —preguntó ansiosamente Mr. Griff.
—Fuimos ayer, en el carricoche —le dije.
El hombre entró corriendo y lo oí hablar en gales; luego volvió a salir con la chaqueta puesta y un bastón con rayas de color. A grandes zancadas echó por la calle de la aldea, y yo corrí a su lado.
Cuando nos detuvimos frente a la tienda del sastre, gritó:
—¡Dan! —y Dan Tailor se asomó por la ventana, junto a la cual se sentaba como un sacerdote hindú con sombrero hongo—. Dai Thomas ha salido con el chaleco puesto —dijo Mr. Griff— y ha estado en Llanstephan.
Mientras Dan Tailor buscaba su gabán, mister Griff prosiguió su camino.
—¡Will Evans! —llamó frente a la carpintería—. Dai Thomas ha estado en Llanstephan, y anda con el chaleco puesto.
—Iré a contárselo a Morgan —dijo la mujer del carpintero desde la oscuridad vibrante de la carpintería.
Visitamos la carnicería y la casa de Mr. Price, y Mr. Griff repitió su mensaje como un pregonero.
Finalmente nos reunimos todos en la plaza de Johnstown. Dan Tailor con su bicicleta, Mr. Price con su carricoche, Mr. Griff, el carnicero; Morgan Carpenter y yo trepamos al temblequeante carruaje y salimos al trote en dirección a Carmarthen. El sastre abría la marcha, haciendo sonar su timbre como si se tratara de un incendio o un robo; al final de la calle, una anciana se metió corriendo en su casa, como una gallina apedreada. Otra mujer nos saludó con un pañuelo chillón.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
Los vecinos de abuelo eran solemnes como esos viejos con levitones y sombreros negros que se ven en las ferias.
Mr. Griff sacudió la cabeza y se lamentó:
—No esperaba esto otra vez de Dai Thomas.
—Sobre todo después de la última vez —dijo tristemente Mr. Price.
Seguimos al trote, trepamos la colina de la Constitución, entramos chirriando por Lammas Street, y el sastre seguía haciendo sonar el timbre de su bicicleta, mientras un perro corría aullando, delante de sus ruedas. Cuando entramos —clop, clop— en la calle adoquinada que conducía al puente del Towy, recordé los ruidosos viajes nocturnos del abuelo, aquellos viajes que sacudían la cama y estremecían las paredes, y en una visión recordé su chaleco rojo y su cabeza como remendada sonriendo a la luz de la vela. Delante de nosotros el sastre se volvió sobre el sillín, y la bicicleta trastabilló, patinando.
—¡Allá lo veo! —gritó.
El carricoche se zarandeó sobre el puente, y alcancé a ver al abuelo: los botones del chaleco brillaban al sol; tenía puestos los ajustados pantalones negros de los domingos y un sombrero alto y polvoriento que yo había visto en un arcón del desván, y llevaba una venerable maleta.
—¡Buenos días, Mr. Price! —saludó—. Y mister Griff, y Mr. Morgan, y Mr. Evans —y dirigiéndose a mí—: Buenos días, muchacho.
Mr. Griff le apuntó con su bastón de colores.
—¿Qué se cree usted que está haciendo en el puente de Carmarthen, en pleno mediodía —preguntó gravemente—, con su mejor chaleco y ese sombrero viejo?
Abuelo no contestó, pero inclinó su rostro hacia el viento del río, de modo que sus barbas empezaron a bailar y a moverse como si hablara, y se puso a observar los boteros que se movían como tortugas en la costa.
Mr. Griff alzó su mutilado poste de barbero.
—¿Y adonde cree que va —dijo— con su vieja maleta negra?
Abuelo dijo:
—Voy a Llangadock a que me entierren. —Y miró los botes que se deslizaban en el agua, y escuchó a las gaviotas que se quejaban sobre el río lleno de peces tan amargamente como se quejaba Mr. Price:
—¡Pero todavía no ha muerto, Dai Thomas!
Abuelo reflexionó durante un momento:
—No tiene sentido estar muerto en Llanstephan —dijo después—. El suelo es más cómodo en Llangadock; uno puede estirar las piernas sin meterlas en el mar.
Los vecinos se acercaron más a él.
—Usted no ha muerto, Mr. Thomas —dijeron.
—¿Cómo van a enterrarlo, entonces?
—Nadie piensa enterrarlo en Llanstephan.
—¡Vamos a casa, Mr. Thomas!
—Hay cerveza fuerte esta tarde.
—¡Y tortas!
Pero abuelo permanecía firme en el puente, aferrando la maleta contra su costado, mirando fijamente el río y el cielo como un profeta que no tiene dudas.  

*** En “Retrato del artista cachorro”/Traducción Miguel Ángel Cotta/ Seix Barral

El autor

Dylan Thomas es un escritor nacido en en 1914, Gales (Gran Bretaña). Es hijo de un profesor de escuela. Una vez concluídos sus estudios básicos emigró a Londres en 1934. Ese mismo año publica su primer libro con poesías, que recibe elogios de la crítica. Luego sigue escribiendo con temáticas recurrrentes como el sexo, la religión, la muerte la salvacion y el pecado. Después de la guerra trabajó como comentarista radiofónico de la BBC (British Broadcasting Corporation).
La obra de teatro para voces “Bajo el bosque lácteo” (publicada póstumamente en 1954) la escribió para la radio. Cuando se lee en su primera aparición pública en Cambridge (Massachusetts) en 1953 todavía estaba inacabada, pero se convirtió en su obra más famosa. Otros títulos de renombre son: Desposorio de una virgen; La navidad para un niño en Gales; Y la muerte no tendrá señorío; y Retrato del artista cachorro.
Su escritura tiene asomos de surrealismo y de su propia fantasía personal, pero la frescura y vitalidad de su lenguaje atrapan al lector, revelando la universalidad de las vivencias que describen.
Murió en Nueva York el 9 de noviembre de 1953 a causa de su alcoholismo y una sobredosis de medicinas.
Ernesto Bustos Garrido

IlustraciónCabeza de viejo pescador, de Vicente van Gogh.