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martes, 1 de septiembre de 2015

Cuento de Alfredo Zitarrosa: El allanamiento

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Cuento de Alfredo Zitarrosa: El allanamiento


Alfredo Zitarrosa
Portada del disco de Alfredo Zitarrosa “Por el recuerdo”

“Hago falta./ Yo siento que la vida se agita nerviosa si no comparezco,/ si no estoy. Siento que hay un sitio para mí en la fila,/ que se ve ese vacío,/ que hay una respiración que falta,/ que defraudo una espera./ Siento la tristeza o la ira inexpresada del compañero,/ el amor del que me aguarda lastimado./ Falta mi cara en la gráfica del pueblo,/ mi voz en la consigna,/ en el canto,/ en la pasión de andar,/ mis piernas en la marcha,/ mis zapatos hollando el polvo,/ los ojos míos en la contemplación del mañana,/ mis manos en la bandera,/ en el martillo,/ en la guitarra,/ mi lengua en el idioma de todos,/ el gesto de mi cara en la honda preocupación de mis hermanos”. (A.Z.)


Cuento de Alfredo Zitarrosa: El Allanamiento 
Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa… Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco… Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma… Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la Onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables… Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono, distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes, bajo sospecha de subversión… Y no halló nada… No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie… ni a los muertos Fernández más recientes… A mí tampoco me encontró… Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida… Pasé frente al Nocturno y la vida había pintado unos carteles… Pregunté en una esquina por la hora, y en la bolsa del hombre que me dijo la hora iba la vida, junto con su almuerzo… Hoy dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas… y la noche entrará por todas las ventanas de mi casa, por todas las ventanas de todo el barrio, por todas las ventanas de todos los cuarteles y de todas las cárceles, por todas las ventanas de los hospitales… la noche entrará, cabeceando, saltará para adentro, sombra a sombra a la luz del farol… y se echará en el piso como un perro… y aguardará hasta la madrugada… Hoy… dejaré las puertas y las ventanas de mi casa, abiertas, para siempre…

La humanidad indiscutible del “escritor” Alfredo Zitarrosa

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